Crítica de literatura contemporánea.

Saturday, October 18, 2003

Tijuana de Cercas

Ahí, en el burdel de los divanes rojos y las prostitutas de senos maternales, el escritor español Javier Cercas toma cerveza helada junto a “las prostitutas y los asesinos y los narcos” que le dan la bienvenida y él responde con un grito espontáneo “¡Viva Tijuana, cabrones!”. Ahí, cerca de la gran barra de un paraíso cuadrangular, el español adelanta su epitafio: “éste es el sitio donde me gustaría vivir y me gustaría morir”.


Por Jaime Cháidez Bonilla

La ciudad más visitada, la más cantada, la más escrita, Tijuana, la referencia obligada del turista mundial, el tema ideal del artista en turno que desea confirmar las sospechas o, en letras del escritor español Javier Cercas, conocer “el lugar desesperado donde confluyen todos los desesperados del continente, atraídos por la esperanza a menudo ilusoria de cruzar al ilusorio paraíso que aguarda al otro lado”.
Cercas visitó Tijuana el pasado mes de julio para presentar su libro “Soldados de Salamina”. Su estancia sirvió para que el escritor tijuanense Luis Humberto Crosthwaite le mostrara varios sectores de la ciudad y, producto de ello, un mes después apareciera la crónica de su experiencia en la revista “El país semanal” del periódico español “El País” (17 de agosto/ No. 1,403). Por cierto, en los últimos años Crosthwaite se ha convertido en el guía de turistas intelectuales que se valen de su persona para tener un conocimiento intensivo de cierta Tijuana, la ciudad preconcebida. Los beneficiados del tour de rigor han sido escritores como Antonio Skármeta, Juan Villoro, Jose Agustín y el cantante Joaquín Sabina, entre otros.
En esta ocasión, Javier Cercas fue conducido a Playas de Tijuana, a un restaurante de mariscos y a varios tugurios de la Zona Norte, mejor conocida como “La Coahuila”, un lugar que impresionó al escritor de tal forma que “Sodoma y Gomorra debió de ser un parvulario”. Todavía con los estragos de la venganza de Moctezuma adquirida en la ciudad de México, donde también presentó su libro, Cercas fue impactado por el baile de “criaturas que parecen salidas del Averno”. Una de las cantinas tijuanenses sirve para que Cercas describa con detalle un ambiente de zozobra:
“El peligro se palpa en el aire, como si en cualquier momento y con cualquier excusa –un codazo involuntario, una mirada que se prolonga demasiado, un mero tropezón-, la ilusión de paz fuera a romperse y los bailarines a convertirse en guerreros enloquecidos de furia y bañados en sangre de degüello entre el destello mortal de las navajas”.
El pavor se convierte en euforia, pasados los tragos y los minutos, cuando Javier Cercas conoce “Las Adelitas”, de los más famosos burdeles de la zona, y escribe “me siento más tijuanense que el mismísimo Crosthwaite. Este, hace unos meses, llevó a Joaquín Sabina, y al entrar le preguntó al rockero, casi en tono de disculpa, si prefería tomarse un copa en otro sitio, porque allí la música a duras penas dejaba hablar. “Hermano”, le contestó Sabina, tomándole del hombro y tratando de abarcar con una mirada atónita el local entero, “me has traído al paraíso”.
Ahí, en el burdel de los divanes rojos y las prostitutas de senos maternales, Javier Cercas toma cerveza helada junto a “las prostitutas y los asesinos y los narcos” que le dan la bienvenida y él responde con un grito espontáneo “¡Viva Tijuana, cabrones!”. Ahí, cerca de la gran barra de un paraíso cuadrangular, el español adelanta su epitafio: “éste es el sitio donde me gustaría vivir y me gustaría morir”.
Otro de los elementos tijuanenses que llamó la atención del escritor, y así lo manifiesta en su artículo, fue la presencia de la barda que delimita el encuentro de México y Estados Unidos. Ese “muro de metal carcomido por la herrumbre, el salitre y la intemperie” es calificado frecuentemente como “espantoso”, de “pesadilla”, “un metal leproso donde figuran centenares de calaveras blancas”, “un espejo” que parte en dos “una playa atroz y tristísima”.
Es en esa playa donde Javier Cercas advierte la presencia de la Bordel Patrol, “inmóviles como tigres en reposo”, y después de una referencia al fenómeno migratorio de africanos hacia España y de los cubanos hacia Estados Unidos, el escritor español inventa un sueno-pesadilla donde se enfrenta a los policías yanquis, “fuck you, bastards”, se baja los pantalones y les enseña el culo.
“La canción de Tijuana”, el texto de Cercas que contiene fotografías de Alex Webb, se viene a sumar a una extensa cantidad de reportajes, artículos, libros, películas y canciones que toman a la ciudad como un espacio límite, un depósito de vicios, un callejón habitado por personajes cicatrizados que el escritor español resume en prostitutas, asesinos y narcos.
Hace años, Sabina se fabricó una prostituta de nombre Viridiana y le dio trabajo en Tijuana (a pesar de no conocer la ciudad), Manu Chao se dejó llevar por sus amigos de Tijuana No! y el saldo fue una hermosa melodía con pésima letra, “Welcome to Tijuana” (“Tequila, sexo y marihuana”), Jarabe de Palo –recientemente- se impresiona con los muertos de la barda, la pared que divide, y construye “Las cruces de Tijuana”.
Desde los tiempos del periodista Fernando Jordán que ubicó a la frontera tijuanense como parte de “El otro México”, un poderoso reportaje que cíclicamente es reeditado, hasta las coberturas que regularmente realizan los medios de comunicación en sus suplementos culturales o revistas literarias, Tijuana es un foco de atención que absorve turistas con adrenalina.
Madre del estereotipo, Tijuana es un conjunto de platillos al servicio del comensal. Tiene veladoras cortesía de un soldado violador o santo, padece el tatuaje de un asesinato político que inició la descomposición de un país, contiene mil cantinas con prostitutas de todo el país, consume de segunda mano lo que al gringo ya no le apetece, reacomoda al nuevo tijuanense llegado del algún lugar.
Es paradójico que Javier Cercas se presente en Tijuana producto del intenso trajín cultural que se da en la ciudad – por lo menos en los últimos 15 años -, detalle somerante señalado por el escritor en su texto.
La crónica de Javier Cercas sobre su visita a Tijuana no sorprende en ninguno de sus datos y, aunque bien escrita, no debiera importar esa tendencia sensacionalista que dibuja a la ciudad como campo de guerra (“un lugar atroz”). Lo lamentable es que el trabajo periodístico venga insertado en uno de los medios de habla hispana con mayor influencia en América Latina. Triste publicidad para una ciudad que parece condenada a no sacudirse su leyenda negra.

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