Crítica de literatura contemporánea.

Sunday, November 09, 2003

Vertedero de cretinadas

Por éktor henrique martínez


"El crítico se parece un poco a esas personas que
cada vez que quieren reír enseñan dientes feos"
Jean Joubert

"El crítico es un administrador de la vanidad"
Christopher Domínguez


Aforismo
Lo malo de muchos escritores y poetas no estriba en que sean plagiadores; lo peor es que, aparte de eso, sean mediocres y pendejos.

Mis primeras chingaderas
En 1982, cuando yo era un estudiante y cursaba el primer semestre en la escuela de derecho, escribí un poema papal que años después mis extrañales compas María Eraña, Marcos Vinicio y Guillermo Gómez Peña (a quienes ya no he vuelto a guachar desde hace rato) publicaron en el primer número de la revista Línea Quebrada (creo que fue a principios de los 90). Dicho poema apareció publicado por vez primera en el poemario de Agit-Prop, especie de revista-plaquete que editorial El Charquito sacó a la luz en 1985. Agit-Prop, en sus orígenes, estaba conformado por Francisco Mendoza, Neiro Fernely, John Grandson y yo merengues de gamesa. Por angas o mangas, el grupo se fue desmoronando; el primero en desertar fue Panchito Mendoza y tiempo después, luego de dos ediciones, se incrustó en el grupo, en calidad de colaborador, el edípico pintor tabasqueño Roberto Jiménez Rosique, quien ilustró algunas páginas del fancín. Tambien participaron con sus dibujos los pintores Óscar Ortega y José Hugo Sánchez. Agit-Prop fue una ganga literaria curada que trabajaba por pasión y convicción a las letras, pero al ratón vaquero se fermentó en el grupo un pinche choque de egos que motivó purgas y salidas voluntarias. Yo me desafané y me ocupé de mis menesteres jurídicos como abogado, pero continuaba escribiendo. Neiro y el pintor tabasqueño se amacizaron del nombre del grupo y publicaron otro número de edición ya como machines de la revista. Tiempecito después, Grandson pintó venado pa Los y yo solapas, junto con mi buen jomi Juanito Martínez, a quien aprecio un chingo, y con otro men, Leonel Flores Magallanes, a quien también estimo un chingatamadral, formamos el grupo Prop en 1990 y sacamos a flote la edición número cinco. Enseguida preparamos el siguiente numero, diseñamos la estructura, formateamos, hicimos la tipografía, colocamos los dibujos, etcétera, y... ¡qué nos truena el culo! Pues cerraron el yonke de papel donde nos surtíamos y valió madre el pedo porque no ya no pudimos sufragar los gastos de la revista, supeditados a los precios convencionales que tenían en el mercado formal los materiales que necesitábamos para la impresión. Así que hicimos un impeis.
-Creo que enganchado por la nostalgia te perdiste en divagaciones pretéritas y agarraste monte, pinchi éktor. -¡Ah, sí! El asunto era que hablaba de un poema papal que escribí como primeras chingaderas poéticas (o antipoéticas, según sea el caso. Por aseverar esto una vez Edward Coward me dijo encabronado: "¡No mames, que sí son poemas, güey!").
El poema del que les hablo me vino a la mente cuando guaché una fotografía de Juan Pablo II en la que el ruco provoca más lástima que la de perro callejero apaleado. Y como el sepulturero del socialismo acartonado y precursor ideológico de la globalización ya casi está a punto de chupar faros y rendirle cuentas a su colega el misógino san Pedro (o ¿es san Pablo?), procedo a transcribir el referido poema como un réquiem anticipado al señor Karol Voitigua:


Civitatis Vaticanea

En Ciudad del vaticano
Alguien se masturba con pedazos de hígado
Mientras lee a Nietzsche en la edición alemana
Lleva la Biblia bajo el entumido brazo
La pupila gastada como gatillo de metralla

En Ciudad del Vaticano
Condenan el suicidio
¿Y los crímenes en América Latina?
Se habla del subdesarrollo tiernamente
Como un castigo divino

En Ciudad del Vaticano
Alguien es mortal
Pero la gente es terca
Y opina lo contrario
Alguien levanta su mano
Y es una bendición

En Ciudad del Vaticano
Se habla en Baudelaire
En Lukács
En Cantinflas
En Rockefeller
En Mussolini
A veces en Kremlin o en Mao
Mientras los perros se mean
En la ilustre plaza de san Pedro *


Aforismo
En el mundo de los estetas el que se vuelve humilde pierde.

Gabriel Trujillo Muñoz se desmelena
Con un grosor de 84 páginas, en el mes de julio de 2000, bajo el sello de editorial Larva y auspiciado por el IMAC, el chicalense Gabriel Trujillo Muñoz, medico, poeta, ensayista, narrador, polígrafo, editor y profesor, sacó a balcón su Diccionario Biobibliográfico de Escritores de Baja California, el cual, según palabras de su autor, "nace con un doble propósito: servir de libro de consulta para el público en general, ofreciendo a los (as) lectores (as) información concisa y pertinente sobre los autores de nuestra entidad" (ojo: dijo sobre los autores de nuestra entidad, entendiéndose a oriundos o residentes), "y ser, a la vez, una guía comprensible" (esto de comprensible no queda muy claro, como se verá más adelante) "y manejable de las aportaciones literarias que Baja California" (otro ojo: dijo Baja California, y que conste en acta) "ha dado al resto del mundo en forma de libros de viajes, poemarios, novelas, memorias, crónicas históricas y obras de teatro" (con excepción de aquellas obras que fueron escritas en servilletas de Sanborn's y que no fue posible recuperar, sea porque se perdieron o fueron destruidas; por tanto sus autores no pudieron darle al mundo su creación estética. ¡Qué pena!).
Hasta aquí parece que la cosa medio pinta, sin embargo al analizar las fichas del diccionario en cuestión nos damos cuenta que el señor Trujillo Muñoz se porta como un escritor transa porque capuchinea la realidad objetiva (aunque eso de objetiva es un decir, ya que la objetividad no existe). En su lexiconcito el autor empotra personajes que van desde militares (Esteban Cantú Jiménez), exgobernantes (Miltón Castellanos Everardo) que redactaron en sus ratos de güeva alguna insignificante mamadita literaria; escritorcillos diletantes que jamás publicaron libro alguno (Jissel González); pintores que de vez en cuando garabateaban un seudopoemita o llenaron de palabritas el reverso de alguna tarjeta postal (Felipe Almada); residentes de otros lares que sólo estuvieron de pasón rozón en Baja California, como un lapso de tiempo necesario para recibir de manos del presidente municipal en turno un premio de poesía y después largarse (Edmundo Lizardi); gente que nació en este estado y que a partir de su adolescencia peló gallo pa Los y ya no regresó, a no ser que fuera para ponerse una peda, refinarse unos tacos o retratarse sobre el lomo de un burrito en la Revo (Yolanda Luera).
Si esas vamos, entonces ¿porqué don Gaby no fue parejo e incluyó en su lexiconcito las fichas biobibliográficas, ya no digamos de Fortún Jiménez, cartógrafo y descubridor de la California del Sur, o de Hernando de Alarcón, el navegante español que recorrió las costas de California y que bautizó a esta tierra con el nombre encontrado en las lecturas de la Sergas de Esplandián para ridiculizar a Hernán Cortés, sino de Héctor Félix Miranda, alias el Gato, o de Wulfrano Ruiz Sainz, autor de los libros Carteo con Motini (Tijuana, 1990), Apostatos (Tijuana, 1991) e Iglesia de todos (Tijuana, 1992), o del sensiblero y cursilón Adolfo Morales Moncada, o del periodista farandulero y cultural Jaime Cháidez Bonilla, o, si se prefiere, del maestro Jorge Andrés Fernández, que también escribe y ha realizado importantes aportaciones al género teatral y ha formado generaciones de teatreros? Otra duda que tengo: ¿porqué Trujillo omitió incluir en la polla la biografía del Carnicero de Acteal, el Neto Zedillo, siendo que este harvardiano ha escrito libros y es originario de la ciudad de Chicali? O, ¿porqué no fue tomado en cuenta el autor del libro El Caballero Aguila, quien responde al nombre Mario Aburto, hoy huésped de Almoloya?
Muchas de las figuras que guapea Trujillo en su diccionario nada tienen hacer ahí, no obstante su oriundez bajacaliforniana o que siendo fuereños hayan escrito obras cuya temática es Baja California; y como muestra escojo dos: Raúl Acevedo Savín y Francisco Javier Clavijero. El primero, aunque es originario de Isla de Cedros, es identificado como escritor sonorense y no bajacaliforniano (que Trujillo en su libro Poetas bajacalifornianos del siglo XX, 1992, le asigne esa característica no es más que una mafufada). Acevedo Savín desde que era un puberto se abrió de la isla y peló gallo a Hermosillo, donde estudió literatura y se formó como poeta y narrador, adquiriendo por esa circunstancia de arraigo el quirite de escritor sonorense. En lo que atañe al padre Clavijero, Trujillo sí que se pasa de reatas, toda vez que estólidamente le endilga al autor de la Historia de la Antigua o Baja California la condición de paisano suyo, sin considerar la evidente incongruencia que apunta en la ficha correspondiente al jesuita expulsado por Carlos III: "Sin haber pisado nunca la Baja California, Clavijero, supo compendiar los principales conocimientos sobre nuestra península con prosa clara y exacta contundencia". (p. 19). En fin, don Gabrielito está en todo su derecho de entregarse al chacoteo poligráfico, pero eso sí, que no nos quiera dar a masticar un bagazo seco.
Creo conveniente hacer otro señalamiento particular que, a mi juicio, estimo que no es ocioso. Me refiero a la mengua curricular que sufren no pocos protagonistas que engalanan el libelo lexicográfico, así como el hecho de que algunos batillos son etiquetados con determinados clisés, encasillados en posturas ideológicas o políticas por obra y gracia del autor. Por análisis comparativo se advierte que la pluma de don Gabriel no es imparcial en cuanto a los detalles y contenidos informativos que presenta en sus entradas biobibliográficas. Y en efecto, es palpable la ligereza de datos en unos y el desenvolvimiento intencionado que brinda a sus elegidos. Tal parece que los primeros, sin haber recibido los aceites de la extrema unción, son arrojados en un costal a la fosa común y los segundos, con cantos de querubines y tocados con el hálito de la subjetividad, léase favoritismo o simpatía, son llevados a la rotonda célebre del parnaso literario. Ciertamente, a determinados invitados les recarga demasiado la tinta, casi al grado de elevarlos al nirvana, mientras que los del montón, arrejolados en un bohío, sólo pueden aspirar a la parquedad y a la anémica exposición sintética que les regatea su anfitrión; y que se den de santos que los toma en cuenta, ya conque aparezcan sus nombres, fechas de nacimiento y título del libraco que escribieron es más que suficiente, pues son pelanduscos que no merecen ni un breve comentario en lo que concierne a su labor creadora de palabras o de la estilística, temática, valor estético e importancia de sus productos literarios. A estos arrimados Trujillo no les puede dedicar más que dos o tres renglones. Y efectivamente, en la ficha de Juan Manuel Martínez Pérez (p. 48) sólo informa lo siguiente: "Martínez Pérez, Juan Manuel (Tijuana, B.C., 1938). Periodista de El Heraldo de Baja California. Autor de Mi Tijuana de ayer y hoy (memorias, 1996)" (y es todo, a chingar a su madre, a chingar a su madre...). Lo mismo pasa con "López, Waldo Vicente (Tecate, B.C., 1958). Poeta, periodista y promotor cultural. Ha publicado canto negro, Batucada en cinco movimientos (poesía, 1993)" (¡y basta, a volar, cabrón!). ¡Ah, pero que no se trate de su propia ficha (p. 75), porque ahí sí se deschonga!, y dedica casi una cuartilla para él solapas. O la de su comadre la Rosina Conde (p. 20), donde se desvive anotando las excelsas virtudes de la fémina, sus aportaciones trascendentales al mundo del arte y las peculiaridades estéticas de sus obras: quesque la ruca "hace vestuarios para Hugo Hiriart y otras compañías de teatro", que ha sido editora y ha ganado premios, que dirige un taller de literatura, que funda equis editorial, y que además "de escritora es cantante de jazz y blues, escenógrafa y guionista para televisión". Y el remate no podría ser más elocuente y visceral: "Su obra rompe con los convencionalismos de la literatura escrita por mujeres en Baja California e inaugura un lenguaje más directo y expresivo en temas sexuales y problemáticas de la familia mexicana".
Con LHC (p. 21) tampoco tiene reparos y se descoca a ultranza de porras. Veamos cómo se suelta pelo cuando aborda al Güicho: "Crosthwaite ha sido reconocido por críticos renombrados, como el peruano Julio Ortega y el mexicano Juan Villoro, como uno de los principales narradores latinoamericanos en ascenso" (decir como uno de los mexicanos es poco). Y así continúa con los santos de su capilla, verbigracia Angel Norzagaray y una que otra vaca sagrada como Federico Campbell, explayándose Trujillo con estos ecos febriles: "Es considerado el mejor narrador bajacaliforniano de su generación y un intelectual que ha reflexionado extensamente sobre el poder y sus claroscuros, personajes e imposturas". (Mentira lo que dice de Campbell, en el sentido de que es considerado el mejor narrador bajacaliforniano, el perrón es Daniel Sada).
En cambio con lo simples mortales como don Arturo Geraldo, Martín Romero, Alfonso García Cortez o Norma Bustamante, Gabrielito de volada atranca el boligrafo y en tres renglones los despacha; parece que a regañadientes los acepta en su libro. Con ellos es parco y frugal y con su fauna privilegiada -portento de virtudes- no sosiega la verborrea, la especulación de salón y el argumento de tertulia. Además, así como a unos les pega estrellitas de chinguetas en la frente, a otros les planta en las nalgas el sello del estigma ideológico. Por ejemplo, de esta forma tarja a José Luis Alfonso Vargas (Mexicali, 1945): "Poeta y activista político de izquierda". Y a propósito, Trujillo y sus compinches, ¿por cuál sendero militan?, ¿se identifican con la reacción opusdeísta, con la izquierda social y humanista o con la resistencia de Seattle? Prefiere callar.
En la ficha correspondiente a Gustavo Hirales (Mexicali, 1945), mister Gabriel elabora un retrato lastimero más parecido a un parte informativo redactado por un delator o espía al servicio de la policía secreta que a una biografía literaria: "Poeta y activista de los movimientos revolucionarios de México de los años setenta. Fue preso político por su participación en la guerrilla. Vive en la ciudad de México. Ha colaborado en periódicos como El Nacional y en revistas como Nexos. Autor de Memorias de la guerra de los justos (1996)". (¿Y el comentario estético y los aspectos literarios de la obra? ¡Coñetas, eso es para los amigos!).
Por otra parte, al revisar el diccionario de Trujillo nos damos cuenta que, gracias a su atinado criterio lexicográfico, eminentes personalidades y escritores de altos vuelos como Miguel del Barco, Eusebio Francisco Kino, Wenceslao Linck, Francisco Xavier Clavijero y Garci Rodríguez de Montalvo, comparten cartelera con individuos de baja estofa intelectual como Horacio Ortiz Villacorta, Daniel Serrano, José Galicot y otros cuyos nombres me abstengo de mencionar para no herir sensibilidades. Los primeros, de acuerdo con los lineamientos de un juicio de selección sanamente aplicado, aunque sus obras se encuentren vinculadas de cierta manera con la historia y cultura de Baja California, no debieron incluirse en el diccionario de marras; pero el hecho de que se encuentren inscritas sus biografías da lugar a pensar que el autor las incrustó con el propósito de engordar el libraco. Sino díganme ustedes ¿qué relación tiene con la naturaleza y la materia de la obra de Trujillo Muñoz la entrada correspondiente a Garci Rodríguez de Montalvo, autor de Las Sergas de Esplandián y recreador del Amadís de Gaula? ¿Se debe a que el autor de Las Sergas emplea en ese libro de caballería el topónimo referente a California? Es lo más cinchado. Si la razón de su presencia fue ésa, ¿no hubiese sido mejor meter al diccionario una nota concerniente al autor anónimo de siglo XI que escribió la Canción de Rolando, y que casi medio milenio después inspiraría al poeta Rodríguez de Montalvo en la invención de California? (Se lee por primera vez en la Canción de Rolando, escrita en francés antiguo: "E cid d' Affrique e cil de Califerne", y los de Africa y los de California).
Hay aberraciones en el diccionario de Gabriel Trujillo que se mecen de espurias. -¿Cómo cuáles? Como la que prevalece en la ficha de la página 67, y que se asoma sin recato a los ojos de los consultantes con el absurdo despropósito de alcanzar gloria eterna. Me refiero al dato biográfico que informa a cerca de las peripecias de una ruca, eso si muy intelectualona, que figura en el lexconcito de don Gabriel solamente porque la individua era nada más y nada menos que la nieta de José Manuel Ruiz -¿y ese güey quién es?, se preguntarán ustedes-, el fundador del puerto de Ensenada. El nombre de la mina es María Amparo Ruiz de Burton, una pinche gringa que toda su vida la pasó en el Otro Saite, y solamente caía a Ensenada cuando traía antojo de langosta o quería aventarse un palo con algún lanchero de la bahía, y que, según afirma Trujillo, "es una de las novelistas estadounidenses más importantes del siglo XIX". En rigor, pienso que esta ficha es una anotación subjetiva de mister Gabriel y huele a concesión sentimental para inflar la vanidad de la familia Ruiz; de a'i fuera no tiene más valor que el de un montón de estiércol.
La publicidad gratuita y la superchería literaria también deambulan por las páginas del diccionario trujilliano. Juzgue el lector los desvaríos en que incurre don Gabriel en su afán de echar candilejas a sus elegidos. Para hincharle más el ego al exdirector de la Caseta de Información del Pentágono, doctor Jorge Bustamante, el vate de Chicali riega estas flores: "Considerado la principal autoridad mexicana en temas migratorios de la frontera norte". (¡Bájale de güevos a tu licuado, güey!, -en tono chilango). Al tocarle su turno al neoborderlite Heriberto Yépez, don Gaby barbota esta candonga: "Discípulo enconado del filósofo germanomexicano Horst Matthai". (¡Tralalá!). En el siguiente requiebro habla de las linduras que produce su sayo Angel Norzagaray, en cuanto que este men fue fundador y director del taller universitario de teatro: "Este grupo ha sido considerado una de las compañías de teatro más reconocidas en todo el país". (¡Albricias!, pero no es pa tanto). Y como buen jonjabero, Trujillo lanza una joba camelera a la poeta, periodista cultural y cantante de trova Alma Delia Martínez Cobián, y guachen el cuneto: "Actualmente dirige Bitácora, el mejor semanario cultural de Baja California". (¡Y es que no hay otro, coño! Por eso nos quiere dar hueso por carne). Salvo unos cuantas complacencias más que prodiga, y que ya no quiero seguir presentando, el grueso de la perrada es ninguneado y visto con desdén, no quedándole más remedio que hacer como que la virgen le habla.
En el catálogo biobibliográfico de Trujillo desfilan muchas cositas similares a la que he venido señalando, y quien tenga ganas y habilidad para descubrirlas que lo haga. Yo, por mi parte, ya no quiero seguir desgranando la mazorca.
A tres años de distancia el diccionario de Gabriel Trujillo ya adolece de información y empieza a oler a anacronismo, toda vez que al escenario de la palabra han arribado como cochis sobre machigüis un carajal de clica -activos periodistas, poetas, perfomanceros, blogueros, promotores culturales de todas las tallas y layas-, como Patricia Blake Valenzuela, Juan Carlos Domínguez, Lucila Villa Pérez, Amaranta Caballero, Vilma Beatriz Ojeda, Roberto Navarro Camacho, Mélida Ojeda, Gilberto Licona, Mariana Martínez Esténs, Eliézer Navarro, Teresa López Avedoy, Mayra Luna, Jorge Alberto Villa Palafox, Laura Jáuregui, Mauricio Ramos, Camelia García, Elizabeth Villa, Úrsula Tania y otros y otras más. Por tanto, si la obrita del vate Gabriel Trujillo Muñoz, como es evidente, con sus méritos, cualidades, lacras y defectos, constituye un libro de consulta obligada para todo aquel que se menee en el ámbito de la cultura regional y en el mundo de las letras, también es verdad que resulta una obligación para su autor actualizarlo en caliente, más pronto que inmediatamismo. De lo contrario, será archivado como reliquia, basura de reciclaje o destinado para pastura de ratones en menos de lo que canta un gallo.

Aforismo
Como el escritor está a merced de los demonios nihilistas, da lo mismo escribir mejor o peor.

Condición papal
Juan Pablo II anunció que sí vendrá otra vez a México y que lo hará salvo con una condición, la cual nos informa el maestro Nikito Nipongo, y que fue vertida en estos términos por el representante de Dios en la Tierra: "Ok, voy de nuevo a México, pero ¡nada de que Martita se sienta a mi lado ni que Fox me ensaliva mi anillo!"

José Galicot, un poeta y empresario naco
¡Por las chichis de una cobra! Lo leo y no creo. En la página 29 del (Chapucero) Diccionario Biobibliográfico de Escritores (y Escritoretes) de Baja California del maese cachanilla Gabriel Trujillo Muñoz, en la letra G, me topo con la ficha de José Galicot; sí, ése que invitó a Luis Humberto Crosthwaite a formar parte del elenco de vanidades rastacueras en el Pasillo (o Corredor) de la Fama de Tijuana (en realidad, un escaparate de fotografías mugrosas tamaño yumbo colocadas en las paredes del aeropuerto de Tiyei para deleite o burla de los paisas y turistas), sólo porque se enteró -sin haberse chutado ningún libro de Luis- que el narrador norteño escribía bien. (LHC, por ésta y otras sanas razones, terminó mandándolo a la gáver).
Pues bien, mejor dicho mal, en la página ya citada del diccionario, Trujillo apuntala:
"Galicot Béhar, José. (Tijuana, B.C., 1935). Poeta y empresario. Ha publicado, entre otros, Poemas del sol, mar y tierra (1982), Carta a Josef (s/f) y Diálogo junto con Tomás Perrín, 1983)." (Tomás, uh, uh, uh, uh, úh. Qué feo estaaaaás... Perdón, me entró otra vez la nostalgia y me acordé de las rolillas de Cepillín que me jefita le ponía a mi carnalito menor. En el bosque de la China la chinita se perdió, como yo andaba perdido nos encontramos los dos... ¡Oh, que la chingamos!).
Y como la pedantería demente es la que manda, doy cuenta a mis lectores y lectoras que el señor Galicot, jugándola al cochi con maldiojo, es autor de unos rebuznillos soflameros que publica en el hebdomadario Zeta. La sintaxis con la que construye sus mafufadas produce agruras, su prosodia es de un infantilismo patético y su sindéresis resulta desquiciante (en vez de andar estropeando el trabajo de los grafiteros, mejor debería instalar una escuela de primeras letras, que mucha falta le hace).
En la edición del periódico Zeta, correspondiente a la semana del 24 al 30 de octubre de 2003, mister Galicot, sin la más mínima dosis de pudor intelectual y con una prosa pedestre a la que mete mayúsculas donde más se le antoja, saca a relucir un tartajo periodístico que lleva el mariguano título de "¡¡Ole Mexicali!! Pavarotti en el desierto". Desde su cabezal se avizora que la nota deviene en fallas ortográficas, pues la alocución empleada contiene un vocativo que debió quedar escrito de este modo: ¡¡Ole, Mexicali!!; o sea con una coma en medio.
Refiriéndose al concierto del presunto malandrín Pavarotti, el ñor articulista apunta: "Sí hubo un poco de desorden; los lugares estaban confusos (no es fácil sentar a cuarenta mil gente en un lugar improvisado ' in the middle of no where' –en medio de la nada-)". Escudriñando el texto, preguntémosle: ¿de qué lugares habla si solamente es uno, el desierto? Además escribe que "los lugares estaban confusos", cuando quiso decir que la perrada era quien estaba confundida debido al "poco desorden" que ahí prevalecía (ningún lugar puede estar confundido, es la pelusa la que puede llegar a confundirse). Hace uso del vocablo "gente" queriéndole dar significación plural, cuando la gramática lo prohibe, pues se trata de un sustantivo colectivo que resulta aberrante aplicarlo en tal sentido ya que por su naturaleza intrínseca el vocablo contiene el accidente plural numérico (mejor debió haber escrito: cuarenta mil personas, en vez de "cuarenta mil gente", o, ya de plano, colocarle la 's' pa que el enunciado tuviera concordancia). Por otra parte, ¿a qué viene el churrito ese de "in the middle of no where", si le agrega su correspondiente traducción? Supongo que para que la raza intuya que el ruco mandunga la totacha del Tío Sam. (o ¿quiere practicar la técnica pochoñola que aplican algunos nopaleros mamones y malinchistas?).
Ahora analicemos el siguiente parrafito donde el Galicot, de nueva cuenta, serpentea arbitrariamente las reglas de la correspondencia de accidentes gramaticales y, de pilón, se traga las comas que deben llevar los incidentes: "Hubo desorden para salir (cuarenta mil gente simultáneamente en casi estampida, y sin embargo no hubo accidentes.)". Asimismo, la coherencia se pierde porque al adverbio "simultáneamente" y a la frase adverbial "casi estampida" les da un valor sintáctico de adjetivos, cuando vemos que funcionan como modificadores del verboide infinitivo "salir", y no como determinadores directos de un sustantivo.
Guiados por la mala ortografía, que mejor prefiero irme saltando, renglones más adelante nos encontramos una sinécdoque feamente cocinada y aderezada con esa muletilla enfadosa del verbo "hubo": "Los precios eran altos (sic), pero hubo lugares para 'todos los bolsillos". (Ni los tropos le cuajan bien al ruco).
Ahora reculemos hacia donde Galicot escribió que "no es fácil sentar a cuarenta mil gente en un lugar improvisado...". ¡Qué bien!, llama "lugar improvisado" a esto que transcribo y que saco de su mismo texto charamusquero: "Si hay que hacer un escenario, traer una orquesta, contratar a un divo, hacer propaganda, construir un teatro a la intemperie, conseguir seguridad, tener ambulancias, llenarlo de sillas, ponerle pantallas gigantes, traer sonido a la altura del cometido", etc., ¿¡cómo puede hablarse de improvisación!? ¡Qué falta de congruencia!, ¡qué atropello a la razón! Quien se atreva a decir que todo ese movimiento efectuado es el resultado de una acción improvisada, sin duda que anda muy mal de sus entendederas. Pero eso no es nada, don José también afirma que hasta el ocaso o crepúsculo (o como se lo quiera llamar) es un fenómeno espontáneo, "improvisado", y no un hecho objetivo generado por una ley natural de causa-efecto: "Pero qué hermoso cielo de desierto cuajados de estrellas" (por favor, cuajados debe estar en singular) "una puesta del Sol (aunque improvisada) con toda la belleza de la Laguna Salada". (¡Glup!).
La nota periodística de Galicot alcanza la cúspide de lo infame con el uso de las letras mayúsculas; se empecina en rendirles reverencias y meterlas en palabras que no las llevan, por ejemplo: "...lograron que el mundo admirara el Bel Canto...", "...la Colonia China, los estudiantes universitarios, los campesinos, el Gobierno Municipal, el Gobierno Estatal, Cuauhtémoc Pérez, la iniciativa privada, los pobres, los ricos, los niños y los viejos forjadores de Mexicali, todos juntos con los invitados de el Estado" (aquí la preposición y el artículo deben sufrir contracción y quedar así: del) "y del País le cantan felices 'Las Mañanitas'..." (¡Qué barbaridad!).
Con justa razón señala el Frivolín Jaime Cháidez Bonilla en su columna Frivolitos de la Olla (suplemento cultural Identidad de El Mexicuin) que José Galicot no es más un empresario naco, ya que aparte de que carga a cuestas una fílipa ignorancia, apenas garrapatea lo que escribe.

Aforismo
El silencio también es una opción poética.

Yépez sí está en el canon de Gabriel Trujillo Muñoz
Si usted, paciente lector o lectora, intenta buscar la ficha de Heriberto Yépez en el Diccionario Biobibliográfico de Escritores de Baja California de Trujillo Muñoz, tomando como punto de referencia la letra 'Y ' (que sería lo más logico), seguro que no la encontrará, por que el apellido Yépez no es el patronímico del prestigioso escritor fronterizo (o neoborderlite, dixit Julio de Suecia). Según da fe Trujillo en su canon de literatos (página 48), el primer apellido de Heriberto es Martínez (¿por qué el batillo prefiere usar el maternal? -Pregúntaselo a Layo o a Yocasta, carnal).
Adentrémonos a leer lo que don Gaby anota como pedigrí del Yépez (que por cierto, dicho sea de paso, y lo digo en serio, es el ensayista que más admiro en esta zona fronteriza):
"Martínez Yépez, Heriberto (Mexicali, B.C., 1974). Poeta y ensayista. Licenciado en filosofía por la escuela de Humanidades de la UABC en Tijuana. Discípulo enconado del filósofo germanomexicano Horst Matthai" (¡guau!). "Ganó el primer lugar en el premio del XL aniversario de la UABC en a rama de ensayo, en 1997. Becario del FOECA en la categoría de jóvenes creadores en 1998. Ha publicado Por una poética antes del paleolítico y después de la propaganda (poesía, 2000). Actualmente es editor en el COLEF y miembro de la editorial independiente Anortecer. Ha ganado el premio regional del noroeste de poesía (1995) y el premio Abigael Bohórquez de ensayo (1996)."
Ahora intente usted, lector o lectora, localizar en la letra 'J ' del diccionario trujilliano la ficha curricular de Roberto Jiménez Rosique. Si usted la busca en esa grafía, seguro que no la encontrará, pues el pintor tabasqueño aparece con el apellido de su señora madre y no como debiera ir, o sea con el patronímico, de acuerdo como lo establecen las reglas de un diccionario decente. (Bueno, esas son nimiedades, dirá Trujillo Muñoz).
Debo suponer que el diccionario de Trujillo es un lexiconcito que registra a los escritores de Baja California (sean oriundos o residentes), como él lo señala en la presentación (página 4): "Aquí se reúnen más de 320 bibliografías de los más importantes escritores de la parte norte peninsular" (sic). Pero como don Gueibi también decidió meter a pintores que han garrapateado unas cuantas letrillas (verbigracia Felipe Almada y Roberto Rosique), pues qué mejor sería que su libro llevara el rimbombante ribete de "Diccionario Biobibliográfico de Escritores y de Algunos Pintores de Baja California".

Aforismo
La izquierda es un viejo caballo flaco sobre el cual cabalgan chaqueteros y tránsfugas de la derecha.

El izquierdismo chaquetero de Edith González
En una nota farandulera que escribió Nora Marín Chiquet de la Agencia Reforma y que publicó el periódico El Mexicuin en su sección Telón el domingo 26 de octubre de 2003, leí que la actriz Edith González, a quien relacionan sentimentalmente con Andrés Manuel López Obrador, el efectivo del DF, declaró que ella es "izquierdista". Pedo serio, no es cura. Y con estos términos manifestó tal postura: "Imagínense que alguien como Andrés Manuel se fije en mí y que dijera algún comentario, ¡guau!, es un halago de una persona tan inteligente, carismática... Él es de izquierda y yo soy de izquierda; a mí me encantaría". ¿Cómo la ven con la ruca?, ¿será verdad que sea esa su posición política o ideológica?, ¿no será pura chaqueta? En definitiva, creo que es un mero juego de palabras lo que la jaina tira pa ver si acaso pega su chicle con el Pejelagarto. Una ilusión fetichista como forma de apariencia que equivale a cambiarse de maquillaje para esconder las viejas manchas. (Pero viendo el asunto por el lado amable, la morra ya está en la trinchera de Ernesto Guevara, Ernest Mandel, Alberto Mora, José Aricó y Charles Bettelheim, para no mencionar a Marx, Lenin o Gramsci). Y por lo pronto, como dijo Rosa Luxemburgo: "sólo hay que aguardar con los brazos cruzados a que la dialéctica histórica nos traiga sus frutos maduros" (y entonces sí, a darse la yuca).

Aforismo
Los darvinistas están equivocados: no sobreviven los mejores sino los peores.

Propaganda inane
Me da risa mezclada con coraje cuando leo o escucho ramalazos de pedantería como estos:

"Por la realización plena del hombre"
"Por una cultura sin límites"
"Por una nueva Tijuana"

y que suelen pasar por consignas del más estricto y fiel realismo literario. En cambio lo que sigue es considerado como una atea alharaca ficticia, vil reduccionismo degradador y sarta de miserables embustes:
"El Papa es un sucio hijo de perra;
don Norberto Rivera un cerdo comecaca
y el cardenal Sandoval Íñiguez un pinche chupapitos."

Aforismo
No hay otra forma más feliz de vivir la vida que sumido en un mundo de estupidez.

Desmanes lingüísticos y pochoñol
Existen muchos profesionistas -principalmente los difusores de chatarra mediática- que a pesar de haber calentado las sillas en las aulas universitarias aún continúan en condiciones similares a las de los inocentes párvulos, y negándose a abandonar su ignorancia vemos cómo al escribir o hablar chamaquean groseramente la verba, nalguean la sintaxis, se enamoran de sus errores gramaticales, dejan caer babas de galimatías nauseantes y no tienen desperdicio en usar pleonasmos, retruécanos, rumiar malas conjugaciones, colocar acentos en sílabas que no los llevan y tratar a coces las palabras. En fin, mandan al carajo las reglas de la prosodia y el buen parlar. (Pero eso sí, con estoica indiferencia y muy envalentonados manifiestan que las cuestiones de la lexicografía les valen queso). Al respecto escribe Federico Campbell en su columna La hora del lobo (Frontera, 31-XII-1) esto que reproduzco: "Salen lo 'universitarios' con títulos de abogados, ingenieros, arquitectos, cirujanos, 'técnicos' y 'científicos' de la comunicación, y ni siquiera pueden redactar una carta comercial. Sujeto, verbo y predicado. La estructura mínima, elemental, no la dominan. Y cuando hablan en público, son de los que dicen habemos, ha habido, vaso con agua y hubieron".
A continuación reúno algunas muestras de aberraciones gramaticales y margallates conceptuales fraguados con una ortografía maltrecha y una pastosa retórica. Y como estos desaguisados lingüísticos y desverbados engendros están que ya no caben en mi catálogo vocabular de disparates, sin abusar de su paciencia, lector o lectora, sólo me limitaré a señalar dos que tres, añadiéndoles sus correcciones pertinentes. (¡Arre, Lulú!).
Es un error escribir o pronunciar la palabra escalofrío; lo correcto es calofrío.
Es incorrecto el término virreinato; el correcto es virreino.
Es un error usar la palabra concretizar; la grafía adecuada es concretar.
Craso yerro es utilizar el vocablo controlabilidad; lo adecuado debe ser control.
No es apropiado el uso del término predador; lo conveniente es depredador. (Debe evitarse usar predador porque es término pochoñol derivado del inglés predator).
También se recomienda no usar el concepto ecologista, toda vez que se trata de otro vocablo pochoñol cuyo origen es el anglicismo ecologist. La palabra idónea es ecólogo.
Tampoco es digno del idioma mexicañol el concepto extender, pues se trata de un espanglicismo derivado de extend, que no pocos melolengos emplean como sinónimo de dar u otorgar. Por ejemplo, es un desatino decir "extendemos una cordial bienvenida", lo procedente es "damos una cordial bienvenida".
Se debe evitar el uso de la palabra flamingo para referirse al ave llamada flamenco, ya que aquella voz es una grafía pochoñol que, aunque de raíz latina, proviene del inglés flamingo.
NOTA: Dado que muchos pedantes, cretinos y malinchistas emplean directamente en la escritura y en el léxico de la castilla voces del idioma patronal, la gramática crítica, en razón de que la transculturación y el agringamiento de los nacos parece ser inminente e inevitable, recomienda que mejor se castellanicen los pitos idiomáticos que el inglés les mete constantemente por el culo, de tal forma que en vez de decir o escribir watch se anteponga la deconstrucción o analogía por deformación guachar. Lo mismo resulta aplicable en las voces stop, estopear; look, luk; tire, taira; like, laiquear; bike, baica; quit, cuitear; domp, dompear; freak, friquear; knife, naifa; shine, chainear; time, taima, etc.
En cuanto a los pleonasmos, es defección gramatical y semántica expresar la locución "casi siempre suele", en razón de que "casi siempre" y "suele" son voces adverbiales de igual significado. También es pleonasmo decir "se llenó todo"; como ese enunciado ya tan choteado "oríllese a la orilla".
Frecuentemente la perrada hace uso de formas verbales acentuadas indebidamente. Es común escuchar adecúe, cuando lo correcto es adecue; licúe, cuando se debe decir licue; evacúe, cuando lo conveniente es evacue. (El elemento referencial para acentuar correctamente los términos ya citados es el verbo averiguar). Igual sucede con la conjugacion del verbo tostar; no se dice yo tosto sino tuesto, o soldar: no se dice soldo, sino sueldo.
Hay cretinismos agudos, productos de la mercadotecnia publicitaria y de la idiotez consuetudinaria, que ya están demasiado arraigados en el inconciente colectivo; por ejemplo invidente como sinonimia de la palabra ciego y otro que resulta una burla para los ancianos viene a ser la pendejada esa de "adultos en plenitud", o el neologismo gazmoño y mojigato de sexoservidoras para dirigirse a las putas que cobran una firula por aflojar la chutama y dejarse playar. (¡Hijos de su pu..!).
Y para tumbarme de rollo (porque este birote no tiene fin), haré mención de las preposiciones 'a' y 'para', que a veces llegan a presentar confusiones. Por ejemplo existe error en la expresión "este medicamento puede resultar dañino para la salud". Lo correcto es que se utilice la partícula 'a' y no 'para'. Tampoco es adecuado escribir o emplear oralmente la alocución "dedico este poema para mi madre"; evítese tal cagazonería y diga mejor "dedico este poema a mi madre". Acaso ¿alguien dice "voy para el cine?" No, ¿verdad? Solemos decir "voy al cine".

Aforismo
En estos tiempos de hipocresía la franqueza no suele ser la mejor virtud.

Icono en español e icono en pochoñol
La plebe que muy maja pronuncia el término icono acentuándole la 'i' como si se tratara de una palabra esdrújula, debo decirle que anda miando fuera de la bacinica. Icono (del griego eikon: semejanza, imagen) es una palabra grave que contiene acento prosódico en la 'O' intermedia. En los Yunaites el vocablo icono (del inglés icon) tiene una significación diversa del español, en la tierra del Pato Lucas se concibe como ídolo. Y algunos majes hasta le dan un sentido totalmente ajeno y disparatado: mito. Evítese emplear el vocablo en las dos últimas acepciones, como ídolo y mito. Escuché un incomunicador en la radio que eructó esta pendejez tamaño caguama: "El dictador Fidel Castro sigue siendo un ícono para el pueblo de Cuba". El babotas pronunciando mal el vocablo icono lo empleó en pochoñol, o sea que quiso decir que Fidel Castro sigue siendo un ídolo.

Aforismo
Utópico es aquel que cree que algún día la poesía llegará a tener tantos aficionados como los que tiene el beisbol.

Los poemas de Margonaro Buitimea
Margonaro Buitimea es un indio yaqui de Pótam, Sonora, a quien di tinta durante un verano de 1989 cuando viajábamos en el tren que iba de Navojoa a Guadalajara. No me acuerdo qué día fue el del encuentro, pero sí de la oreja, era como la una de la baraña y esa noche llovía de a madre. Hacía un puto calorón a pesar del aguacero que estaba cayendo, y el vagón donde yo me fleté apestaba a pura joroba de camello. Pues qué quería por el precio de un boleto de secundaria, y para acabarla de chingar viajaba en el Burro, un trenzudo mitad carguero mitad de pasajeros. Mi tirada era irme en la Bala, un gusano de fierro más decente que venía de Chicali, pero nunca llegó; así que me tuve que conformar con el Burrito, tren jodidísimo que venía de Nogales. Unos morros mocochangos que camellaban de tamemes de maletas en la estación me informaron que la Bala llegaría hasta las seis de la baraña. Después de confirmar que los morros me decían la neta, mejor me abrí en el traste sarreado que llegó primero. Compré el boleto con viaje hasta Guadalajara, ya de allí me la rifaría de camionazo hasta Chilangolandia. Antes de que saliera la máquina, que como ya dije venía de Nogales, levanté un agasajo de birrias, estaban como culito de pingüino, bien heladas; las paré en un tanichi frente a la estación del ferrocarril. No cargaba mucho equipaje, apenas una sarra de ropa que cupo en una maletita pitera de esas que se cuelgan en la espalda morros cuando van a la escul. En cuanto abrieron las puertas de los vagones me fleté en el que estaba más en corto. Todos eran iguales. El tren no duró más de veinte minutos en Navojoa y una vez anunciada la salida arrancó chicoteado rumbo al sur. Me fui cheleando por el camino y licando el panorama, a través de las ventanas de vidrios empañados tripeaba la negrura de un paisaje monótono, sin principio ni fin (en realidad puro chamizo, casas hechas con adobe o de paredes de pitaya embadurnadas de tierra de río, techos de ramaje, creo que tule; divisaba dos tres vacas que aun pastoreaban de madrugada), mientras a paso lento buscaba un lugar para clavarme y tirar geta. Al tren subía un madral de clica, comparada con la que bajaba, que era poca cuando el tren se detenía en una estación. Del bato que les hablo, o sea Margonaro, no sé si se encaramó al tren en Estación Don o en El Fuerte, Sinaloa. Ya ni me acuerdo del lugar que dijo. A pesar de que yo vestía short y camiseta el calor me castraba de a madre. Y pensaba quejumbrosamente: yo no sé cómo la raza que vive en estas tierras puede ser capaz de soportar y vivir con este clima tan jodido. No dan ganas de hacer nada; te pones a leer y te quedas dormido encima del libro; si trabajas, de volada se te cansa el caballo y siempre andas de mal humor. Ahora entiendo porqué la raza nomás se la lleva tragando cuacha y planchando oreja. El puto calorón más se sentía a causa de que los pinches vagones estaban atestados de gente. Ni soñar que encontraría un asiento desocupado, hasta en los pasillos había paisas tirando barra. Ya me la sabía, así que me tendí hasta la parte trasera del vagón, llegué a la terracita del anden final y me senté en una de las escalinatas. Guaché que Margonaro también andaba taloneando un asiento; recorrió el pasillo y al no encontrar lugar se dejó ir liso hacia donde yo me encontraba. Era el único sitio en el que no caía la raza, quizá porque ahí se escuchaba de a madre el ruido del tren, y eso le castraba a la pelusa, pues lo que quería era rolar. El bato se fue afocando cerca de donde yo estaba clavado tomándome las birrias, entonces reviré y lo guaché como quien ve a cualquier mortal. Al principio yo ni en cuenta que Margonaro se iba a acoplar conmigo, que nos ibamos a aventar un buen cotorreo de asuntos relacionados con la literatura. ¡Quién lo pensaría con tanto cabrón macuarro que viajaba? Pero ese pedo para mí no era raro ni excepcional, ya que en cada viaje que me aventaba, unos tres por año, siempre me topaba con gente curada y que tenía una cierta formacion cultural. Rara era la vez que cotorreaba con raza de mentalidad cerril, y es que en Sonora y parte de Sinaloa la clica, aunque se carga una fama de ranchera y bronca, está escuelada; dicen que la morrada sólo se dedica a tres cosas: estudiar, practicar algún deporte y pistear. Yo ya estaba refuegueado por estos lugares, anduve muchos años de vago por aquí cuando era trampero, y ya conocía la manera de ser de los indios de Sonora y Sinaloa (son los mismos: todos son cahitas), a veces ni los turiqueaba porque eran batos cerrados, desconfiados, muy altivos y orgullos (prefieren morirse de hambre que agarrarte un taco). Ese pinche idiosincracia fue la que les partió todito el culo. Los batos son muy truchas pero se cierran de a madre cuando la cagan. No reconocen su errores y se montan en su macho aunque sepan que la cagaron. Pinches indios, son bien mulas. Esa era la concepción general que yo tenía acerca de la yoremada. Se aferran a lo tradicional, rechazan el pragmatismo, no les gusta que nadie les dé consejos, te quieren pegar una putiza nomas se dan tinta que quieres ligarte a una ruca de su raza, no tienen control sicológico sobre el billete, el dinero los vuelve locos y son muy violentos a la hora de arreglar las broncas, todo lo quieren solucionar a putacazos. Esas son sus fallas, pero son muy solidarios, nobles y leales lo güeyes; siempre te hacen un paro a cambio de nada, no como los chilangos que nomas ven que te agachas y te la quieren dejar ir doblada y sin saliva. La yoremada del norte es muy noble y derecha, no te deja abajo, nunca te deja morir. Uno piensa: ¡qué raros son esos güeyes! Un día te dan la mano y otro día andan queriéndote cortar en pedacitos. Yo los comprendo porque los batos están todavía bien escamados debido al sistema de explotacion y esclavitud del que fueron víctimas desde 1530, cuando Nuño de Guzmán fundó la primera poblacion española en Chiametla, Sinaloa, bautizada como la Villa del Espíritu Santo. Para civilizar a la indiada Nuño de Guzmán aplicó el método propio de la empresa conquistadora: incendió, mató y esclavizó a los pueblos indígenas. (Chiametla tenía en ese entonces como unos 250,000 habitantes). ¡Pobre raza!, no se la acabó, y hasta la fecha. Cuando ví a Margonaro recorde todo este pedo que cuento; parecía que llevaba a cuestas todo ese pasado desvastador, lo guache con detenimiento: bato alto, como de uno ochenta de estatura, flaco, prieto brilloso, de trompa saliente y de labios resecos, de músculos garrochudos y con una greñilla rebelde, medio roquera, que le llegaba a los hombros, pelo tieso y con urzuela. Cuando lo vi de cerca de mí me dije a mí mismo: "este bato viene bien grifo, a parte que tiene toda la finta de mafufo". Me empiné el bote de birria y le di un chat, apañé otro y le chupé. El batillo me guachó, yo ni en cuenta; seguí tripiando hacia el monte. Margonaro se sentó sobre una maletita que llevaba, como a una distancia de mí de poco más de un metro. (Yo insistia que el bato andaba mafufo). Se me hizo una culerada que yo me estuviera echando unas birrias y el bato valiendo madre a un lado de mí. Pensé otra vez: "si anda grifo como supongo, lo más seguro es que traiga el gogote bien seco". Saqué un bote de la bolsa donde estaban las birrias y se lo rolé; "¡sobres, compa, lléguele! Y así fue como lo conocí. El batillo me dio las gracias y para abordarme y sacar plática usó la típica muletilla del sonorense: "¡Qué paso, loco? ¿Pa ónde la llevas?" -Pallá con los chilangos. "Uta, todavía te cuelga un buen tramo". –Simón, ¿y tú pa dónde la tiras? "A Peñitas". -¿Dónde queda esa madre? "Es el primer pueblo, llegando a Nayarit". -En corto, compa". Entre el turiqueo se mamó la chela; -"¿Quieres otra birria? "¿Trais más?" –Cincho. Sobres, apaña. "Ay, vienes carguero". –"Dos tres". En caliente le ajeré: ¿Y tú, qué ondas?, ¿no traes un flavio que me vendas? Se sacó de onda y me contestó: "No, compa, yo no le hago a la yesca". -¡Cómo no, si traes los ojos bien vidriosos! De perdida te hubieras goteado pa maliciarla. Bueno, sino me quieres vender un son, ya de jodido invitame una chora. No hay pedo conmigo, no te friquees. Eso déjaselo a los chivas. Después de ajerarle buen rato el bato capeó. Metió la mano por dentro del pantalón y cerca de las verijas desclavó lo que traía; de ahí sacó el clavo que llevaba; una bolsista de plástico con un guatito de moronga; agarró una madrecita y empezó a forjar un churro. Ya que lo terminó de liar me preguntó: "¿No hay pedo aquí si le damos fuego?". -¿Qué pedo va haber! Los únicos que la pueden hacer de pedo son los sardos que cuidan el tren, y vienen más grifos que la chingada en los vagones de atrás. Además si nos truenan no pasa de que nos peguen unas cachetadas y te quiten la mois. Así que préndele a esa madre de una avestruz. Mientras el flavio rolaba, Margonaro comentaba: "Oye, loco. Qué pinche ojo tienes pa plaquear a los grifos". -No'mbre, a los mariguanos y los putos de volada los identifico por más que la jueguen a la sordera. Y tú, compa, ¿de qué raza eres?, ¿eres mayo o eres yaqui? "¿Porqué me preguntas?". –Nomás de barbas. Es que tienes un fintón de yoreme. –"Soy de Pótam, cercade Obregon". –Son cabrones los indios ahí, ¿no? "Somos calmados pero cuando nos hacen alguna chingadera entonces sí se nos sale el animal". –No, si yo leí en unos libros de historia que los gringos les pelaron la verga a los yaquis de Arizona cuando les quisieron quitar el agua. Pinchis yaquis brincaron bien cabrón y no se dejaron que los bajaran. El gobierno de los Estados Unidos hasta les aventó a los rányers y ni esos putos la armaron con la plebe de tu raza. Entonces los gringos no tuvieron otra salida que negociar con ellos y comprarles el agua al precio que los yaquis fijaron. Me acuerdo que cuando yo estaba morro mi jefe me llevaba a las fiestas que celebraban en Pueblo Yaqui y guachaba que los yoremes duraban días tragando zoyate y sin dormir, los batos no se botaban. Eso sí, trague y trague guacavaqui los cabrones. Luego leí que, durante la época de la conquista, cuando los españoles andaban haciendo expediciones por el norte se toparon con los yaquis, y los gachupines se sacaron de onda porque tus parientes también montaban en caballos, y puro cuaco poni de grueso calibre. Cuenta el cronista que escribió esa historia, y testigo de todo el pedo porque era un soldado español, que los yaquis les pegaron una santa verguiza hasta por debajo de la lengua a los conquistadores y mejor se tuvieron que retachar. "¿A poco?" -Sí, bato, eso es lo que se cuenta. "Y tú, loco, ¿a qué te dedicas?" –"Doy clases en una escuela pa niños mongolos y también escribo". "¿Qué escribes?" –"Poesía". "¿Eres poeta?". –"Intento serlo". "Qué a toda madre, compa. Yo siempre tuve la idea de llegar un día a ser escritor". –"¿Y has escrito algo?". "Sí, algunas cosillas, pero no se las he enseñado más que a dos tres camaradas pa que las lean". -¿No traes algo que hayas escrito?". Margonaro saca unas hojas dobladas de una de las bolsas traseras de su pantalón y me las muestra. Son como cinco poemas. Los leí a la luz de la luna y le dije: –"Está bien como escribes, bato. ¿Tienes más poemas?". "Sí como unas dos carpetas y unos cuadernos. Cosas, tú sabes, pensamientos, que comencé a escribir desde morro y las guardé". –"Mira, bato, unos compas y yo tenemos una revista de literatura en Tijuana, si tu quieres incluimos algún poema tuyo en la próxima edición". "Ta'ría bien, fíjate". –-"Nomás es cuestión de que me des material y se arma la balacera". "Pues llévate éste". –"Pero son los originales, bato". "No hay pedo, yo al rato los vuelvo a pasar en un cuaderno". –"¡Sobres! ¿No quieres que te deje mi directa de Tijuana para que te contactes con nosotros". "Órale".
Margonaro y yo nos la pasamos cotorreando toda la noche, yo le platiqué quiénes eran los poetas malditos, y que en Tijuana la mayoría de los poetas valían verga; también le conté de poetas muy cabrones, viejos y nuevos, que él no conocía ni había leído sus obras, como Vallejo, Wihtman, Yeats, el Arcipreste, Mayakovski, Faltón. Él me dijo que ya había tripeado a Darío, Juan Ramón Jiménez, Neruda, Lopez Velare y Amado Nervo. –"Te falta leer a los chacas", le dije. El batillo me platicó que conocía a dos tres poetas yaquis muy chingones que no querían publicar sus poemas, y a pesar de que jamás han leído libros de otros poetas, los batos están bien perrones para escribir poesía. Eso que me dijo me puso a pensar, entonces deduje que los libros no hacen al poeta. Seguimos turiqueando de otros pedos ya ajenos a la literatura. Bueno, ni tan ajenos... borracheras, putas, pleitos, jambos...
Clareando el soldado el trenzudo entró a Nayarit, subieron nuevos pasajeros y dos que tres se apearon. Margonaro y yo nos despedimos con un fuerte apretón de baisas; agarró camino rumbo a una taquería y yo por fin aperingué un asiento y esperar que trenzudo llegara a Guanatos pa seguirle hasta Chilangolandia. El yoreme nunca se contactó conmigo, pero en el número 5 de la revista Prop, que salió en 1990, al bato le publicamos sus poemas.
Como mínimo homenaje a este amigo circunstancial aquí presento tres de esas piezas de cargada furia erótica que me dejo dejó en unas hojas arrugadas. Tal como se leen así estaban escritos, nada de modificaciones; y como no llevaban títulos, yo solamente les agregué el cabezal que ahora tienen, deduciendo que Margonaro se los había dedicado a alguna jainita yoreme que había pisado y que lo dejó prendido.

Yoremita
I
Del color de la tierra
nalgas son las tuyas
ondulación de sepultos traseros
trajinados en el desvelo
calles untadas en tu cuerpo
sabedora de toda caricia
ulular de morbideces eróticas
me oculto en tu sinceridad desnuda
noche ensartada
jugo
fuego a morir
soy un tarzán de tus vellos púbicos
lianas viciosas de un hoyo
oliendo a cantos de sirena *


II
Te quiero domar
no con un signo de pesos
vida rifa sin igual
un tintineo de senos
me acerca a ti
ruido impalpable de tu carne tibia
ronroneo lechoso
horizontal
espacio inerme de movimiento voluntario
haciendo sudar el cuero quimérico
desengañado
acepción prurita de lenguas
electrificadas en corriente aceital
manida forma
dibujo abstracto
cogida natural
sonido de flauta acabada
en el éxtasis entrehojado
bendita acción
la muerte sale sobrando *


III
Esta noche
la penumbra erótica
es una lágrima
me deformo
en el calor
de tus piernas
intersticios dedales
Infinito amor
viscosa compresión
chicloso andar
de aroma interminable *


Aforismo
Exigir una poesía perfecta es como pedirle un orgasmo a Santa Teresa.

Leonel Flores Magallanes y Rosanero Bucena
Voy a dar cuenta aquí de dos textos de un par poetas sonorenses que están en los márgenes del ambiente intelectual y que desde que los conozco han negado toda ayuda oficial; y aunque ambos son egresados de la carrera de literatura no ejercen formalmente su profesión; el primero es taquero y el segundo, albañil. No obstante eso, los poetas citados tienen un mismo objetivo: ofrecer sustancia literaria. Sus poemas destilan acidez, son ásperos en origen y en ellos predomina lo vulgar frente a lo sublime. No son la gran chingonería pero contienen un poderoso aliento lírico, colérico y de frustración neurótica, de rechazos y adhesiones viscerales. De versificación fácil y lacrimosa, constituyen una especie de desahogo a la hipocresía, un ejercicio libre y crítico de la palabra, y un himno a la escatología.

Epitafio
Se ha ido
Claudicación
Encuerado verbo
Balazo y cruel
Se recompone el pensar
¿Será fácil pensar?
Animales cabrones
En voces retailantes
Presumen del Ser
Artificio aledaño a la nada
Perdidez ufana
Sin lisonja puñetiada
Hablando claro
El Sol vale mis huevos
La Luna ha muerto
Has muerto en tus ideas
Simón
He muerto
Reconstruyendo voy
En acción vivo
He muerto
He dicho
He muerto
Camina calles
Llega al final para que mueras
Imbécil tú
Imbécil yo
Búsqueda revocada en podredumbre
Amelcochada cultura que me dieron
Sin razón
Metafísica
Liandra cultura
Me muero en mi conocimiento atroz
Valedor
Sin encontrar respuesta
Muerto soy
He muerto
Putos *

Leonel Flores Magallanes



****
Ni liendres
Ni pelos en la lengua
Se me ha cortado la inspiración
Porque traigo una tripa llena de giña

La vida es un birbiquín
Mundos enfrijolados me atan
Enchiquerada
Retailante vida
Voy navegando por tus venas
Mis pedos son los tuyos
Oledores a conciencia

Influenciado globo
Reventado con punta de pene *

Rosanero Bucena


Aforismo
La poesía es un círculo que nunca se cierra.
Los premios y los premiados
Escribir consiste en extender el poder de las palabras, aunque éstas, como djjo una vez Lucrecio, terminen cayendo en el vacío. Hay escritores que escriben para ser leídos y hay escritores que escriben con la intención de ser premiados. Los primeros buscan ese lector que Cervantes llamó cómplice y Baudelaire hipócrita y a quien consideran no sólo un disfrutador verbal, sino un interlocutor que se involucra y se reconoce en el texto, a veces, bajo la tipología de bicho raro, hereje u heterodoxo. A través de esta contorsión interpretativa me abocaré sobre los literatos orgánicos que se imponen un culto a la fama y salen a la caza de los premios, protegidos, casi siempre, por un mandarín literario que se oculta tras bambalinas, ignorando que ellos son los cazados, y mientras chupan cámaras y entrevistas se desvanecen ante los encantos del poder y de los supuestos de los mass media. Y quién no podría sucumbir ante ese caballo de Troya llamado premio Nobel que equivale a 10 millones de coronas suecas (¡un millón de dólares!); morlaca suficiente para neutralizar el cerebro más subversivo, destructurar ideales o desestabilizar una nación. Sartre y Camus, dos de los más emblemáticos del siglo XX lo sabían y, en un acto de salubridad moral, rechazaron el galardón, avizorando su valor de pacotilla decorativa, sus claras tendencias corruptoras de comercialización y mediatización política. Ambos crearon una ética de rebeldía sin dejarse enclaustrar por la mentira fetichista, a pesar de sus tropezones existencialistas. Ricardo Garibay tiene razón en afirmar que los premios no son más que un acto de prostitución y hasta una forma de desvirtuar un movimiento social. Parafraseando a Mario Benedetti, un premio es como el Lobo Feroz disfrazado de Abuelita y su fuerte jedor a coladera no debe causarnos extrañamiento, a sabiendas que tanto el arte como la ciencia se encuentran supeditados a categorías burguesas de trasfondo mentiroso. Pero al galardonado qué le importa si, entre valses, chotas y mazurcas, recibe el incienso de la adulación y con su melón de bolas entra a los círculos de la dolce vita, donde todo es jarana, hedonismo y simulacro postmoderno (autoficción del yo y pérdida de la identidad en una cultura vacía de contenidos). ¿Será este uno de los motivos por los cuales Hegel llamó "elasticidad absoluta" a la conciencia? Meibi. Y es que, como lo pone de manifiesta Benedetti: "La cultura de la dominación tiende al privilegio, a construir élites. Así como el capitalismo propone el poder desmesurado con base en el dinero, en la cultura burguesa se propone el renombre desmesurado con base en el talento individual, convenientemente apuntalado por la propaganda; y sobre todo el talento que, aunque revolucione el estilo, no contribuya a revolucionar el orden existente. Y ese renombre desmesurado también significa una escisión, una ruptura." (El escritor y la crítica en el contexto del subdesarrollo, El ejercicio del criterio, 1995, p. 55). El poder termina siempre por imponerse (y los intelectuales por resignarse), recalca Evodio Escalante. Y el establishment da luz a su vaca sagrada, o sea "aquel personaje que por su importancia o fama se vuelve, no sólo intocable, sino también depositario de toda suerte de becas prebendas por parte del Estado". (Evodio Escalante, Las metáforas de la crítica, 1998, p. 71).
Como el asunto suscita náusea inmediata, y para que el lector juzgue hasta dónde llega la bellaquería, remacho con una enjundiosa conclusión del maestro Raúl Prieto que contribuye a que la verdad desbarate las patrañas: "Está por investigarse, más que sociológica, patológicamente el concepto del premio, como a la vez la acción de premiar y la pasividad de ser premiado. Discutir sobre si determinado cabrón merece el premio Nobel de esto o de aquello se me antoja tan ocioso como querer averiguar si algún ateo es digno de ser canonizado por la Iglesia Católica. El premio, como cualquiera parecido, no significa, en sí, nada (verdad es que el mencionado, sobre todo, trae aparejada una bolsa muy apreciable pero es cierto, en rigor, es secundario); significa tanto como puede significar la distinción de Mujer del Siglo otorgada a cualquier putona. Un premio es una especie de mención honorífica; por tanto, de anotación en el registro de la vanidad; de título vacuo. Alguien supone: 'El otorgamiento del premio Nobel traduce el reconocimiento de los méritos del premiado que hace la sociedad.' ¿Cuál? ¿La fundación Nobel? ¿La colectividad sueca? Y ¿qué es, a fin de cuentas, la Nobel para imaginar que los premios que ella concede verdaderamente honran? La fundación Nobel está compuesta por vejetes marrulleros. Su inclinación a favor de los Estados Unidos, su perturbada actitud anticomunista bastan para provocar desconfianza. El honrado honra, pero el pillo no puede ser dador de honores. En cuanto a la sociedad sueca. . . Bueno, para ser franco, diré que a los suecos los premiados por la Nobel les interesan un puro y celestial carajo. Y si todo esto cabe opinar del Nobel, calcúlese qué podrá argüirse en torno a premios de ínfima categoría." (Madre Academia, 1977, p. 243). En síntesis, y para decirlo en forma simplificada: vanidad, oportunismo y publicidad.
Como punto y parte, huelga decir que del simple análisis semántico del concepto premio también se desprende una carga de sinsentido, donde a través de un relajo sicológico se reconvierte y se transfiere la cualidad de objeto a sujeto al denominar premio al premiado. Para ejemplificar lo anterior extraemos las siguientes palabras que, más que eso, parecen meros disparos de saliva: "En esta entrevista -el escritor Breyten Breytenbach, Sudáfrica, 1939-, habla de las noches que pasó esperando la muerte, del vigor de la literatura sudafricana y de su amistad con el Premio Nobel J.M. Coetzee." (Nota de Jorge Luis Espinosa, Cultura, El Independiente, 5-XI-2003). Y así deambulan muchos folicularios por el camino de los desatinos, sin considerar que quien recibe el galardón es premiado y no premio.

Aforismo
Una obra artística es trascendente cuando su autor ha sido derrotado por el status quo.

Leída de cartilla, cortesía de Roque Dalton
"La última experiencia histórica nos demuestra que, precisamente por nuestros prejuicios pequeñoburgueses, por el tipo de sociedad en la que hemos estado inmersos y que tanto nos ha deformado, tratamos de preservar nuestra individualidad hasta territorios que contradicen las raíces mismas de nuestros ideales humanistas. ¿Qué les ha pasado a los grandes poetas que han tratado de convertirse en fiscales intocables de la vida pública, o a los escritores que, en nombre de una supuesta libertad intocable, tratan de convertirse en víctimas de la historia? A pesar de lo conmovedores que puedan parecernos sus avatares, debemos reconocer que uno a uno han ido cayendo y han terminado por incorporarse, muchas veces a pesar suyos, a la gran industria del espectáculo editorial, del gran show editorial que detrás de su apariencia luminosa, tiene intereses concretos que pueden responder al enemigo. Cuando una personalidad que maneja los problemas de la conciencia, de la historia, de la cultura, y que muchas veces ha sido portavoz de grandes inquietudes de nuestras masas, cuando un poeta a quien el pueblo le ha dado su calor, cae en la industria del espectáculo a que aludo, se convierte de inmediato en un elemento más de la enajenación de nuestras masas populares y por tanto pasa a cumplir una labor histórica francamente negativa, reaccionaria. Estamos entre revolucionarios y dejaríamos de serlo en el momento en que entregásemos las armas de la crítica; pero no simplemente como escritores, sino también como ciudadanos de un país, como revolucionarios de fila. Ademas, como escritores tenemos derecho a la crítica, y a plantear los problemas en el nivel que sea, y con la profundidad que nos imponga nuestra conciencia."

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