Crítica de literatura contemporánea.

Saturday, January 17, 2004

BLOGNOVELA

EL PERRITO DE PELUCHE
(EL DEFENSOR DE LAS FEMINISTAS)

Por éktor henrique martínez

CAPíTULO 5
LA SECRE

No entendía porqué la doctora tenía tanta necesidad de dinero; parné que entraba a su bolsillo le partía la madre. Todo el tiempo endeudada y taloneando el villano. ¿Qué hará con la mosca que aperinga?, me preguntaba yo. La ruca tiene su carterita de clientes, no es ninguna sarreada en su profesión; la ubicación de su changarro está en la Rosales, lugar céntrico; trae buena ranfla y cantonea en la colonia Pitic; del marido no sé ni qué ondas ni me interesa. ¿Qué pedo entonces con la ñora? Puta madre, ya me parezco al Perry Meison. Mis dudas se disiparon cuando su secre me explicó cómo estaba el birote. La doctora resultó una fichita en los juegos de azar; era una jugadora compulsiva, adicta dura al black jack y a la ruleta. En efecto, eso ocurría con la doc; su recepcionista me soltó toda la sopa, santo y seña de lo que hacía. No podía ser para menos, la chamaca estaba agradecida conmigo porque le crucé una firulita leve para sus chuchulucos. Circunstancia que la hizo vomitar esa información. Con razón ni joyas trae la doctora, le comenté a su secre.
--"No, pos ya las apostó en la baraja." --agregó la muchacha-- Y no piense usted que soy una chismosa. Esto se lo cuento acá entre nos."
--"No, no tenga cuidado. Yo soy una tumba. Créame."
--"Usted discúlpeme, y que la doctora me perdone si he hablado más de la cuenta --dijo pensativa y apenada-- Si se entera de lo que platiqué con usted me corre."
--"No tema, no ocurrirá eso" --le dije para que se tranquilizara--.
--"Lo que le falta a la doctora es un hombre con carácter fuerte que la controle y la saque de ese cochino vicio de las cartas y la ruleta. Si usted tuviera unos diez años más... pero..." --comentó un poco inhibida--.
--"¿Pero qué?" --le inquirí--.
--"Pero usted está muy tiernito todavía para ella."
--"¿Qué no tiene marido?"
--"¡Para qué sirve el viejo ese! Es un parásito. La doctora lo mantiene."
De lo que se viene a enterar uno me dije a mí mismo.
--"Pero el señor debe tener alguna virtud" --agregué--.
--"¡Qué bah! --murmuró la recepcionista-- Ni siquiera le cumple en la cama."
--"Hay anda la pobre doctora encargando los aparatos esos que se usan para el sexo."
--"¿A poco?"
--"Sí, fíjese. Ella tan guapa y fina. Si pretendientes no le faltan. ¡Oiga, invítela a salir!"
--"¡Qué pasó?"
--"En verdad, anímese."
--La doctora nunca se fijaría en un chamaco como yo. Además, ¿a dónde la invito?"
--"No se crea; a ella usted no le es indiferente. Invítela a salir" --insistía la morra--.
--"Y ¿adónde la invitó?"
--"Llévela al Bloqui Oh. Una vez ella me platicó que le gustaría ir a esa disco. Si quiere yo le digo."
--"No, no, déjese de cosas."
--"Sssshhhh. Ahí viene llegando."

El parloteo de la secre era un tejido de chismes espantosos; la morra ni tehuacán necesita a la hora de unas calientes si los juras le quisieran sacar información; soltaba la sopa a lo cabrón. Peligrosa la ruca en el arte del chinchorro. Como ya lo señalé, la chirimola fluyó de su boca por causa de una bicoca que le aflojé como un guiño dadivoso. Y es que le regalé trescientos baxs; así que cuando la morra guachó los billetes de cien dólares puso una carita de perro atropellado. Me veía como si yo fuera un millonario; a partir de ese momento ya era digno yo de la afabilidad y de la cortesía. Pensar que antes a duras penas le sacaba un saludo. Cada vez que acudía al consultorio la pobre me restregaba en el rostro las gracias por mi gesto magnánimo. Las virtudes del dinero, nada más y nada menos.

Una vez, después terminada la terapia y bajando las escaleras que conducían a la calle, la morra me abordó, y mirándome directamente a los ojos me tiró esta túrica:
--"Señor --primera vez que la ruca me llamaba así-- discúlpeme si he sido un poco irrespetuosa con usted, es que a veces uno confunde a las personas y piensa que todas son iguales."
--"Sí, no te agüites. A veces el león piensa que todos su de su misma condición."
--"Creo que con usted me he equivocado. Si en algo le falté pido que me dispense."
--No te preocupes, morra. No me corresponde a mí juzgarte cómo eres. Me has caído bien porque has estado con la doctora en las buenas y en las malas. Ella te tiene mucha estima. Lo que sí te pido de favor es que no me digas señor."
La morra se sonroja y enseguida añade con una brusquedad que quita las palabras de la boca:
--"No se hubiera molestado al darme dinero" --decía mientras estrujaba con ligero nerviosismo una de las solapas de su saco--.
--"Eso es poco para ti, morra, te mereces más" --le espeté para que no se cuarteara de la emoción--.
Charlé casi un cuarto de hora con ella y le dije que no se sintiera apenada por lo que fuere, que el dinero va y viene. Lo más importante en la vida suelen ser la felicidad y la salud.
La recepcionista de la doctora, con tono melifluo, acabó el diálogo con estas palabras:
--"Disculpeme, yo estaba equivocada. Lo tenía en otro concepto. Sinceramente le confesaré: usted hasta me caía mal. Y ¿sabe?, hoy me doy cuenta que lo califiqué como no debí hacerlo, por las simples apariencias --tras un breve silencio agrego--:
--"¿Sabe usted lo que significa el dinero que me ha dado? Una bendición del cielo; y es que mi madre está enferma. La verdad es que ella requiere de una operación y no contamos con recursos, somos muy pobres. Parece que ha ocurrido un milagro. Gracias, Éktor. Si usted me dice ahorita 'tírese al suelo y béseme los pies'; yo lo hago."
--"No exageres. Yo solamente hice algo que me nació, siguiendo los consejos que mi madrecita me inculcó: haz el bien sin mirar a quién."
La muchacha pertenecía a un estrato muy humilde; su familia estaba tronadísima y chanteaba en uno de los lugares más culerísimos de la capital sonorense; la colonia Invasión Alicia Farías.
Pobre jaina, no hay duda que se le pone roja la boca con poquita sandía y a cualquier taco ella le llama cena; rasgo típico de una pobretona, nacida para morir si conocer el mundo. Todas sus expectativas de vida se subordinaban al servilismo. Yo le ofrecí una gratificación porque dos cosas siempre han hecho sentirme bien: coger y ayudar a la gente. Creo que el asunto salió contraproducente; la morra casi me mama la verga de lo agradecida que quedó con la firula que le chillé. Ella no tenía porqué darme explicaciones acerca del destino que le daría al biyuyo que le aventé; si se lo untaba cogiendo con el novio o se lo chingaba de coca o de alcohol, ése ya era pedo suyo. Pobre morra, le parecí un batillo rico; será mejor que se quede con esa impresión. Lo digo para tener la conciencia tranquila.
Todavía recuerdo a la jaina; Paulina Alejandra se llamaba. Carecía de porte de ruca chila; morena, desnalgadona y tenía un cutis más desagradable que cagar parado. Pienso que su novio nomás se divertía con ella o la usaba para meterle la bichola, o bajarla con la poca lana que la doctora le pagaba. Quién sabe. Pero el bato se cargaba una cara de baquetón que no podía con ella. Me he convertido en un malpensado. De lo que sí pude llegar a cerciorarme es que la secre estaba hasta la madre de comprometida conmigo. Yo sin imaginármelo. Las cosas se fueron dando por angas o mangas. Cuando yo le preguntaba algo no acababa de concluir mi frase y ella ya tenía la respuesta; era una chala. Qué poder tiene el dinero; y eso que solamente le había aventado una sarra de marmaja.
Gracias a la morlaca me atendía estupendamente, me traía cafecito, corría a alcanzarme cuando alguna cháchara se me olvidaba. En fin, la ruca casi me chupaba el pito.
Ya no era el pobre diablo que un mes antes había llegado al consultorio solicitando terapia. Pronto me vería en el cuarto de un hotel de lujo, tirado sobre una cama redonda y con espejo en el techo, besándole el culo a la doctora. Pero antes de que mi siquiatra le diera vuelo a la hilacha, cautivada por el moscón de firula que yo cargaba en la maleta, y conocedora del sitio donde yo me hospedaba, ideó con maña encuentros inesperados; se hacía la pendeja, como que topaba conmigo en alguna calle, inventaba coincidencias y súbitos encontronazos.

-- "Ay, Éktor, ¿qué haces por aquí?"
--"Me hospedo en el hotel que está a la vuelta."
--"¿A poco?"
--"Sí, fíjese" --yo le respondía aguantándome las ganas de reír--.
--"Nunca me hubiera imaginado que vivieras por allí."
--"Ya ve, doctora. Y ¿usted qué hace por aquí?"
--"Vengo a visitar a una amiga que llegó de los Angeles, pero no la encuentro."
--"¿Su amiga se hospeda también en el Calinda?" --le pregunté jugándola al ingenuo; sabía yo que era puro pedo--.
--"Eres muy buena persona, Éktor. Ya me platicó Paulina que la ayudaste con un dinerito para la operación de su mamá -- me di tinta que desvió la conversación-- Yo también quiero darte las gracias por el préstamo que me hiciste. Nomás que reúna el dinero te liquido la deuda."
--"No se apure, doctora."

Pasaron los días sin que nada sucediera hasta que una tarde la doctora me preguntó:
--Oye, Éktor, me comentó Paulina que tienes ganas de ir al Bloqui Oh. ¿Es verdad?"
La secre no solamente era un chismosa sino también una celestina.
--¿Qué te parece si vamos hoy en la noche?
--"¿De veras, sí quiere ir?"
--"¡Claro! Sería un privilegio salir contigo."
--"No exagere, doctora."
--"Mira, como ya somos amigos no me digas doctora, llámame Raquel."
--"Está bien, Raquel."
Y sucedió lo que tenía que suceder... y como canta el corrido: Cayó en las redes el león.







CAPíTULO 6
ATRAPADO EN LA TELARAÑA

Nos reunimos en la entrada de la discoteca; yo le dije a la doctora que antes de tomar algo primero cenáramos. Una vez en el antro comenzamos a beber y llegó el momento en que las copas se excedieron; las horas pasaron sin que nos diéramos cuenta. Ya medios sarazones y como a eso de las tres de la baraña decidimos abandonar el tugurio. Ella me dijo que me llevaría al hotel, que no agarrara taxi. Cuando caímos al cinco letras donde me hospedaba la invité a pasar al cuarto. Ya pedernal uno entra en confianza. Se sentó en un sillón y comenzó a hacerme confesiones de su vida marital, entanto que yo preparaba unos chatos de agualoca. Me comento que tenía serios problemas con su marido, cosas de mujeres insatisfechas; que ya no se llevaban bien, etc. Repentinamente se acurrucó sobre mi pecho como buscando consuelo. Le pregunté si en algo podía ayudarle y me contestó, agradecidamente, que la abrazara y nuevamente me agradeció que la hubiese ayudado con el dinero que le preste. Después de aludir una serie de pormenores a cerca de mi existencia, verbigracia: que yo le había caído bien; que había despertado confianza en ella; que le recordaba a un novio que había tenido en la preparatoria, etcétera. Por mi condición de viejo lobo, tinto viejo en el oficio, de volada deduje que las intenciones de la doc rebasaban los lineamientos de una simple charla o paño de lamentaciones. Dado que la ruca era beata de hueso colorado, ya entrados en el gürigüiri y el chacoteo yo medio le recité de memoria pasajes de la Biblia que recordaba (específicamente lo relativo al libro del Cantar de los Cantares; hasta unos pasajes le escupí en inglés para presumirle la totacha que me mascaba: Song of Salomon, o como decía un cieguito apellidado Borges: Song of the songs), que había macheteado en mis tiempos de monaguillo. La doctora quedó encantada con los churros místicos que yo le aventaba. Después de que terminamos de parlar, y dado que yo no traía carro, la señora me ofreció su ranfla para que me meneara en la ciudad. Por supuesto que acepté, no sin antes rechazar tal propuesta jugándola al cochi con maldiojo, y desde luego dándole gracias por tal cometido después de hacerme el interesante.
La doctora se puso muy nostálgica debido a que empezó a hacer remembranza de los años felices que vivió durante su matrimonio; le brotaban las lágrimas. Yo me sentía consternado ante tal situación y lo único que le decía era que se tranquilizara y que ya no llorara. La abracé tratando de consolarla para darle ánimo. Me dijo que se sentía muy sola porque su esposo ya no la amaba. Entre moqueo y moqueo, la doc, de forma reiterada, me decía que sufría mucho, mientras yo la consolaba con abrazos y arrullos. De pronto acercó su rostro al mío, parecía que sus labios buscaban mis labios. Yo me desconcerté (momentáneamente), y dudando pensaba: "Esta ruca hizo todo este pancho nomás pa que me la flete" (anda urgida por un paliacate, sincho). Y en efecto, así fue, la ruca traía una hambre de sexo más cabrona que la de un maestro de escuela. Después que nos besamos y nos manoseamos recíprocamente, en forma brusca se apartó de mí y dijo:
--"No, no debemos hacer esto" --yo me las malicié que solamente era una táctica de vieja mañosona; lo sabía porque fui un tiempo padrote de una puta en la zonaja de mi pueblo--. La deje actuar. A pesar de sus cuarenta abriles, la doctora era guapa y escultural. Le dije que tenía el cuerpo de una diosa. No pocas morras veinteañeras desearían ser dueñas de un cacharro con el de la ruca. Esas pompas que veía desbancaban a cualquier pendeja; voluptuosas, hermosas. Un culo de oro. No valorar ese pedorro sería una hipocresía, y desperdiciarlo, pues una estupidez de las más grandes. Así que mi fierro empezó a estilar caldo.
--"No te voy dejar ir viva, hija de la chingada --pensé-- Te voy meter la chaira hasta que digas papá. Éste es tu anhelado trofeo. Se ve que eres una golosa de la leche. Dios quiera que la pistola no me falle a la hora de cuetear ese suculento relingo."
La doctora continuó su perorata:
--"He tenido meses de mucha angustia, Éktor. Paco, mi marido, ya ni siquiera se fija en mí. Estoy muy triste, pero lo que me consuela ¿sabes qué es?; que desde que te conocí, tu y yo hemos hecho buena química. ¿Tú me entiendes, verdad?"
--"Sí, sí, doc... perdón, Raquel."
--"La culpa es que yo me casé con mi marido sin que hubiera amor. Tú nunca te enganches a alguien si no hay amor verdadero; eso es lo más importante."
--"Tiene razón en lo que dice, pero hay mujeres que son capaces de embrujar a los fulanos con tal de atraparlos, los entoloachan."
--"Es muy cierto lo que afirmas. Hay gente muy mala.; y casi por lo regular el toloache lo ponen en los alimentos. Por eso es bueno que antes de ingerirlos se rece una oración para protegerse." Es un rezo fácil: 'Señor, bendice estos alimentos. Yo te lo pido.' Con esas palabras, veras que nadie te embruja."
--"Las tomaré en cuenta, Raquel. Gracias."
La doctora estaba ensimismada en sus pensamientos. Había un completo silencio en la madrugada. Yo le daba la espalda mientras preparaba las siguientes bebidas, entonces ella me rodeo con sus brazos la cintura y repegó su rostro debajo de uno de mis hombros; enseguida me dio un beso en el cuello. Me di vuelta para responder su caricia y vi que ella ya estaba desnuda, completamente bichi y abrazándome.
--"Ay, baboso, mira nomás lo que te vas a comer --me dije-- Te voy a dar lo que quieres, mamacita."
Ya no hubo palabras que pronunciar, nada nos dijimos. Debido a la excitación que nos invadía nuestros cuerpos eran los que hablaban.

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