Crítica de literatura contemporánea.

Sunday, January 11, 2004

Vertedero de cretinadas


BLOGNOVELA

DE

éktor henrique martínez


EL PERRITO DE PELUCHE
[EL DEFENSOR DE LAS FEMINISTAS]


CAPíTULO 3
LA DOCTORA Y EL ALTER EGO

Mientras esperaba que la doctora me atendiera comencé a ojear las revistas que estaban en la mesita de centro de la sala de espera de su consultorio. Intervieú, Vanidades, Geomundo, Sabías que... ¡ey, qué saico este pedo! Me quedé clavado leyendo:
* Si gritaras durante ocho años, 7 meses y 6 días, producirías suficiente energía como para calentar una taza de café.
* Golpear tu cabeza contra un muro consume 150 calorías por hora.
* Una cucaracha vive 9 días sin cabeza, antes de morir de hambre.
* Algunos leones se aparean más de 50 veces al día.
* Las mariposas saborean sus propias patas.
* El elefante es el único animal que no puede saltar.
* La orina de un gato brilla bajo una luz fosforescente.
* El ojo de un avestruz es más grande que su cerebro.
* Las estrellas de mar no tienen cerebro.

--"Yo también conozco gente igual."

* Los osos polares son zurdos.
* Los humanos y los delfines son las únicas especies que tienen sexo por placer.
* El orgasmo de un cerdo dura 30 minutos.

Yo nunca le dije a la doctora que se me pasó la mano con los golpes que le arrecié a la Michel. No, capaz que la ruca balconea y me enjaulan por homicidio, pensé. Solamente le platiqué lo de mis alucines. No podía creer que Michel estuviera muerta. Sus padres deben pensar que ella se vino conmigo. Pobres rucos, es mejor que crean que su hija los abandonó. No hay otro remedio que mantener las cosas así. Tan bella y aventada que era la morra. Quién hubiera pensado que dentro esa joven tan linda y delicada, de escasos 22 abriles, se escondía una peripetatética masoquista que le fascinaba recibir chingadazos. Mi mente evocaba los recuerdos con pena y temor. Debo olvidarme que la conocí. Cómo si fuera tan fácil.
Le expuse a la doctora mi situación sin comentarle la aberrante diablura que había cometido. ¿Diablura?, es poco; culerada fue lo que hice.

--"¿Qué te pareció la doctora, Éktor?", me preguntó mi alter ego.
--"La verdad es que no me fije mucho en ella. Me agobia la tragedia de la Michel. Pero la ruca no se me hace muy interesante."
--"Pues que pendejo estás" --murmuró el alter ego--.
--"¿Porqué me dices eso?"
--"La ruca te miraba con ganas de cogerte. Y todavía más; cada vez que agarraba la pluma para anotar tus datos se imaginaba que empuñaba tu miembro."
--"Perdóname, pero me parece que mientes. ¡Cómo te atreves a sostener semejante bobería!"
--"Es la pura verdad lo que te digo. A la ruca le gustaste. ¿Qué no te diste cuenta cómo te devoraba con la mirada? No la dejes ir, chíngatela."
--"No, yo no tengo intención hacia ella que no sea la de un asunto siquiátrico. Ni estaría bien que yo la cortejara. Además, se ve que es una señora decente de regios principios, una profesional con mucha ética."
--"¡Qué bah, es una putona que juega la parte! Muévele poquito la machaca y verás que afloja las nalgas más pronto de lo que canta un kikiriquí."
--"¡Mentiroso! Todavía no salgo de una bronca y ya me quieres meter en otra."
--"¡Aviéntate el tiro, no seas güey! Si tienes miedo yo te acompañaré, seré tu guía."
--"Así me dijiste con la Michel y me dejaste morir solo. Te escabulliste cuando tronó el pedo."
--"Porque tu me lo impediste. No quisiste que estuviera a tu lado. Te quisiste divertir haciéndote la idea de que eras otro, ocultaste tu verdadera personalidad. ¿Qué querías que hiciera?"
--"¡Mentiroso!"
--"Bueno, total, ¿así lo crees?" Creo ya no distingues entre lo que es la mierda y la mermelada."
--"Mira, pinche alter, si quieres que sigamos siendo acoples déjate de mamadas. No está bien que yo le tire los perros a una tía cuarentona y formalona."
--"Ese es un burdo disfraz que se pone para que no sospeche su marido y guardar las apariencias. La ruca se muere por acostarse contigo, y está esperando que le tires la onda. La fiebre vaginal que le provocas apenas la puede disimular. No le tengas miedo, su perro no muerde. Casi te ladra con la panocha, parece que quiere lanzarse sobre tu verga. Aprovecha las circunstancias."
--"¿Tú crees que sea así?"
--"¡Agüevo! Finge, la rectitud y la seriedad que manifiesta es un disimulo. La misma hipocresía social que vive la ha obligado a portarse como una mojigata que no quiere ser. Con esa compostura falsa podrá engañar a los demás pero a nosotros, ni madres. Le cuesta mucho trabajo cumplir con su papel de dama de sociedad. Ganas no le faltan de darle rienda suelta a la lujuria reprimida que se carga. La ñora no se ha abierto de capa porque tú no le has dado quebrada. La tienes cautivada pero no se anima a sacar a flote su putañería, te cree un hijito obediente. ¿No te la cogerías si se pusiera de pechito? ¡Mírale las regiones pudendas cómo las tiene! Las encantadoras tetas, las preciosas nalgas, y de su changuito peludo que le caldea el calzón y casi grita pidiendo disparos de semen caliente ¿para qué te digo? No te apendejes, no dejes escapar ese seculento culo que la perra te ofrece. No te vayas con la finta con la que cubre su condición de matadora. Seguramente a estas alturas ya trae todo empapado el calzón. Hazla feliz, arrímale una verguiza; la está pidiendo a gritos. Su única ambición, aparte de ganar lana, es disfrutar de un palo. ¡Imagínatela cómo aullaría de placer dándose unas sentadotas encima de ti! Ya parece que la escucho gritando 'más, más, más' y desmayándose en el éxtasis. No desperdicies esta oportunidad, no la desaires. Demuéstrale tus dotes de buen amante. No te inhibas, esa carne quiere que la pongan en el asador."
--"¡Ya estuvo bien, mejor cállate! Lo que me has dicho ni de loco lo pensaría."
--"Tú no; por eso me tienes a mí, para que yo lo piense por ti."
--"Es más, la doctora ni siquiera se me antoja."
--"Entonces debe ser verdad lo que dicen."
--"¿Qué es lo que dicen?"
--"Que no solamente pareces, sino que eres..."
--"¿Qué soy qué?"
--"Que eres joto."
--"Jajajá. No intentes traumarme con esas mentiras tan ridículas. Te puedo demostrar mi virilidad hacia las mujeres con cualquiera que me propongas, siempre y cuando no se trate de la doctora. Ella es una mujer fina y decente que ama y venera a su marido. Esa dama tan bella e inteligente jamás osaría cometer infidelidad.
--"Bueno, resuelto el barullo, hablemos pues de otro asunto", concluyó el alter ego.
--"Conversemos acerca de Dios para alejarnos de cuestiones sexistas."
--"Me parece bien, --aseveró el alter ego-- yo inicio. Así como Dios ha sido desde siempre el objetivo de todas las religiones, con la panocha sucede lo mismo: todos los cabrones a la pucha suele ser hacia donde dirigen su finalidad primaria en la vida; es allí a donde tienden ir antes que nada. Hay personas que aseguran que en la chutama es donde se fragua el poder del amor y se burlan de aquellos que creen que el amor es ajeno al coito. ¿Tú qué opinas al respecto?"
--"Quedamos en que hablaríamos de Dios, o ¿ no?, y sales otra vez con sexo. De todas maneras daré mi parecer. Afirmar que el amor equivale sexo suena medio incongruente. Es verdad que el amor guarda relación con el acto carnal, pero el sexo no implica necesariamente la existencia del amor. Reflexionemos un momento: si el amor es sexo y el sexo en ocasiones se prostituye; entonces la prostitución también sería entendida como amor. Y cuando escuchamos decir que Dios es amor, entonces ¿acaso Dios se prostituye? Yo no creo en tal tesis. Contrariamente al amor, tenemos el odio, o sea una fuerza de maldad, un deseo de dañar al prójimo. ¿Sería factible asegurar que el odio es una actitud que nos purifica de las perversiones y que se opone a la prostitución? No estoy de acuerdo con esta teoría."
--"¿Qué piensas tú, alter ego?"
--"Cosas que te sucederán. No me creerías si te platico lo que pienso de ti y de la doctora. Te meterás en un pedototote con esa tía. Lo peor es que yo también terminaré condenado por pecados ajenos; pues estoy dentro de tu pellejo. Deja que yo me haga cargo de la situación, tu solo no la podrás controlar."
--"¿Me crees un pendejo?"
--"No, yo no dije eso."
--"Sería como confiarle un bife a un perro jarioso."

La doctora era una siquiatra acreditada que gracias a una beca estudió en una universidad de Londres. Su carrera no le rendía muchos beneficios económicos, según pude darme cuenta por ojos y oídos propios. El consultorio constituía su único patrimonio y apenas le alcanzaba para cubrir el sueldo de la recepcionista. Cuando yo me convertí en su paciente ella pasaba por una severa crisis económica. No obstante que andada urgida de centavos, no dejaba de contraer deudas. Mientras asistía a las terapias pude observar que sus acreedores llegaban con frecuencia al consultorio a exigirle el cumplimiento de pago, y dada la insolvencia no tardaron en caerle para embargarle bienes.

--"¿Cuánto es el monto de lo que debe la doc?" --pregunté a su secretaria--.
--"Es mucho dinero" --se limitó a contestar--.
--"Dígale a la doctora que yo le puedo facilitar el dinero, después me lo paga."
La recepcionista casi suelta la carcajada a causa de lo que dije. Sin embargo volví a insistir:
--"Pregúntele a la doctora cuánto equivale su deuda en dólares."
La secre con cierto enfado comenzó a realizar la conversión de pesos en dólares y me dijo:
--"Son ocho mil doscientos dólares, joven" --y como queriéndose burlar de mí, agrego--:
--"¿Los va a poner usted, joven?"
--"Sí" --le respondí con altanería, mientras sacaba unos fajos de billetes de mi maleta--. Los arrojé sobre el escritorio y le dije:
--"Cuéntelos y avísele a la doctora que ya no se preocupe, que yo se los presto. Eso es no es deuda para mí."
De ahí en adelante me convertí en el paciente consentido de la doctora, se me atendía como rey, pues de hecho yo era el machín rin del changarro. Me salió cara la terapia, pero... lo que sea de cada quien, la ñorsa sabía hacer bien su jale. Ella consideraba mi problema como una retirada antisocial, una desviación enferma y patológica per se, en cierto modo vergonzosa. Me comentó que mi bronca no era tan grave en sí; se había topado con casos más cabrones: gente quería meterse por los espejos, por la pantalla de la telera, atravesar el ojo de una aguja, piratones que defecaban y se comían la mierda, etc. Yo nada más estaba confuso y asustado. Cuando la ruca se dio tinta del guatote de firula que yo cargaba se quedó de a seis. ¡Puta, madre, se le cayeron los calzones! Y es que se me ocurrió abrir la maleta frente a ella.

--"¡Muchacho!, ¿porqué traes tanto dinero?" --sacada de onda me preguntó--.
De volada le inventé un cuentote que hasta yo mismo estuve casi a punto de creérmelo. Me acuerdo y me entra una risa. Je-je-je. Hijo de la chingada.
--"Uuuh, doctora. Si yo le contara mi vida. Este dinero que usted ve --abrí el zíper de una mochila de estudiante, hasta culo de billetes de cien bolas-- es la parte de una herencia que mis abuelos me dejaron."
Ni que fuera tan pendejo para soltarle la neta de dónde había sacado esa marmaja. Le dije que yo era hijo único, y que mi abuelo recién había muerto y que mi familia era una de las más pepudas del Valle del Mayo, parientona del mocho Obregón... y la chingada.

--"Así que ¿eres pariente del don Alvaro Obregón?, inquirió tratando de sacar hebra.
--"Sí, por parte de la familia de mi mamá."
--"Qué bien."

Seguí atarantándola con mi cábula --supongo yo, a lo mejor ni se tragó el churro, que es lo más cinchado, pues era siquiatra--; le conté que la morlaca la llevaba para cubrir mis gastos de estudios en la Unison, pues pensaba estudiar ahí en Hermosillo la carrera de derecho. Para mi mala o buena suerte, la ruca ya no me soltó hasta que nos untamos la lana. Con decirles que hasta cerró el consultorio para irse conmigo a San Carlos. Resultó más cabrona que bonita la mentada doctora (mi alter ego tenía razón). Y es que no hay coño que no esté venta, sino que le pregunten a su marido. Después que me dio mil y una cogidotas marca chillarás y me despeluchó la lana, la ruca me pegó una patada en el culo y muy fresca regresó con su bato. Yo pinté venado para Nogales.
El billete que nos gastamos era un clavo de feria que hice en tres meses cuando estuve camellando de burro. Mal habida la firula pero valía, me la rife para levantarla.



CAPíTULO 4
LAS HIJAS Y LOS BISNIETOS DE MUSTAFÁ

Cuando caí con la doctora yo andaba cuajado de lana porque que durante las vacaciones de verano había estado chambeando con unos mañosos meneando mota de Tepic a Nogales, me dejaba caer dos viajes por sema. Entregaba la merca en el estacionamiento de un restaurante de comida árabe. Al dueño del changarro le caí bien, y de volada nos hicimos compas; claro que yo le guardaba cierta distancia porque el ruco era macizo y aparte serio, como de pocas pulgas. La raza que lo conocía le decía el Mustafá, le gustaba que así le dijeran. Por respeto nunca le dije Mustafá; me dirigía a él por su nombre. Un panzón, alto el cabrón; cejudo y bigotón y con unos pinchis ojones negros. Parecía el chamuco cuando se encabronaba. Tenía dos hijas bien chulas pero muy leandras, más putas que las gallinas, las morras. Las rucas eran de mi saiz y les encantaba la grifa. Las morras no tenían camotes porque los sayos que las rondaban se paniqueaban en el jefe. Yo me di tinta que el Mustafá me entorilaba a la más morra, me decía que la invitara a salir, al cine o algún cotorreo. Los batos que las pretendían eran pendejos porque el ruco lo que quería era que las jainas se arranaran, haber si se calmaban de la loquera y no anduvieran rolando el cacharro.

Yo traía muchas broncas encima por eso no le seguí mucho el rollo a don Mustafá, y apenas era un aprendiz de capo, preludio de lo narcojuniors (diez años antes que esa bola de pendejos hiciera de las suyas); y luego estaba muy morro para arranarme con su hija; además, mi tirada era irme a la Uni de Hermoso a estudiar leyes. No tengo intenciones de clavarme toda vida en está pinche negocio de escoria gacha. Dios guarde y cualquier rato me truena el culo en una torcida. Aunque dice el patrón que él no deja morir nadie de su plebe. Habrá que ver, qué pedo. Por lo pronto a pegarle machín al camello. Ya le cuelga poco a las vacaciones y hay que retacharse a la escul.
Mientras iba enfierrado por la carretera en el picucho cargado de pura mota pelirroja, pensaba chingadera y media, los planes que traía en la chompeta. La edad me servía de parote en los retenes de revisión; la troca me daba la fintón de robavacas, había menos pedo. Ah, pero... ¿un cabrón camuflado de chero escuchando al Jimi Hendrix? Como que desentona con la mengambrea. Mejor apago el chillón o meto un teip de los Cadetes.
Me urgía cruzar a las cuatro de la madrugada la revisión de Santa Anna, ya la había armado en la más culerona que es la del Carrizo, Sinaloa. Si allí me pelaron la verga los guachitos y los feos, en la que sigue me la van a mamar, los putos. Y así fue, esa es la mera hora para tenderse, los trafiques colmilludos le dicen la hora del perro y también es la pura hora en que los ratones salen a caquear. Casi todos los güeyes están bien getones y los que no, pues andan apendejados. En cuanto salí del puto retén me dejé caer un par de captagones para no dormir. Emputiza iba tendido, con la chancla metida hasta el fondo del acelerador. En la madrugada es menos enfadoso el desierto. Nomás se prende la mecha del soldado y comienza uno valer madre, se cansa el caballo.

Ya la hice, dije cuando divisé el tragadero del Mustafá, mi "futuro suegro", pensé mientras me las curaba yo solo. A lo mejor son las cacayacas que me fleté las me provocan el tripeo que agarro. Metí de culo el picucho por el zaguán del patio del restaurante y me tendí a reportarme con el viejo mañoso. Abrí la puerta del changarro y una de las jainas, la hija gandalla de Mustafá estaba haciendo la talacha. La saludé:
--"¡Qué ondas, morra!, y ¿tú carnalilla ya se levantó?"
--"¿Vienes a ver a ella o vienes a ver a mi papá?, y ni siquiera dices buenos días. Parece que no fuiste a la escuela."
--"Pinchi ruca mamona" --le contesté, pero con la mirada--.
--"¡Papaiiito, te habla el burro!"
--"¡Qué ondas, morra!, ¿Por qué me dices burro?
--"¿Qué no eres burro? Así le dicen a la gente que trabaja como tú. O ¿no?"
--"Pues, sí" --y luego le dije sin que me oyera: "Al rato me las cobro, culera"--.

Las hijas del ruco ya sabían en que se meneaba su jefe. Lo curado de ellas es que no tiraban cuacha de fresonas, y eso que tenían el fintón de morras cremas. Estudiaban en el otro saite. Mustafá apareció entonces.
--"Qué paso, chamaco, ¿cómo te fue en el viaje?"
--"Bien. Cuando no llegue será cuando me vaya mal."
Mustafá enseguida me dijo:
--"Entrégale las llaves al Guajaco y dile que meta la troca en la bodega."
Cuando regresé me tiró este sablazo
--"Mira, muchacho, te quiero proponer un negocio. Ai, tú sabes si le entras."
--"Nomás dígame en qué consiste."
--"Se trata de entregar en Caborca unas cajitas de parque, de tiros, balas. Son para camaradas que se dedican a la cacería de venados y me pidieron que les echara la mano."
Me quedé viéndole a los ojos, y se las malició que yo desconfiaba. Si tiene dos tres chalanes que se avienten el jale, ¿por qué quiere que yo sea el bueno?, pensé. Luego dijo:
--"¿Puedes o no puedes?"
--"Simón. Pero, ¿no se agüitaran sus chalanes porque me da el jale a mí?
--"A usted que le valga verga si se agüitan o no. Se lo estoy dando a usted para que agarre un billete y se aliviane. Entonces, ¿se avienta el tiro?"
--"Cincho. ¡Qué tan cabrón puede estar el jale?"
--"No te creas que está fácil porque el flete lo vas cruzar por la brecha. De aquí vas a irte vacío.
--"¡Ah, cabrón! ¿Cómo esta ese rollo? A ver, explíqueme cómo está el birote.
--¿Conoces la brecha?"
--"Si, dos veces pasé unas ranflas calientes por allí."
--"Bueno, fíjate bien, y pon atención. La merca te las va llevar de Sonoita a Caborca, pero por el monte. Tienes que caminar casi cuatro horas por el desierto de Altar, pero sin agarrar el camino de terracerría porque te pueden tronar allí. Sino te truena la federal te truenan los bajadores. Mira, cuando llegues a Sonoita te quedas esperar en la terminal del Pacífico a los hijos de don Chema.
--¿Cuál es el apellido del ruco ese?
--"Eso es lo de menos. Los muchachos te van a recoger y te van a llevar con don Chema. Yo al rato me comunico con ellos y les doy tu señas. Cuando llegues con don Chema, él te va a entregar un croquis para que no te pierdas, y también dos mulas que estarán con la carga. Las vas arrear por el monte. No las sueltes porque esos animales son muy cabrones. Don chema te va encaminar unos kilómetros y luego tu seguirás hasta Caborca. Cuando estés casi por llegar a San Emeterio te jalas más para dentro del monte, uno o dos kilómetros. Ponte muy abusado en ese lugar, es el más riesgoso. Allí se puede venir abajo todo el negocio y valimos madre si te agarra la federal en ese rumbo. Pasando San Emeterio, ya lo que sigue es pan comido."
--"Sí, como tú no te la vas a rifar, cabrón" --me decía yo mismo--.
--"Antes de llegar a Caborca, unos dos o tres kilómetros, te van lamparear cinco veces, allí te detienes; sacas tu lámpara y dejas que transcurra como un minuto; luego tú les vas contestar también cinco veces. Y eso es todo."
--"Oiga, y, ¿cómo vamos a quedar con la feria? ¿Quién se discutirá con la marmaja y de a cómo va ser el billano?"
--"Espérame, ahorita te digo. Yo ya me arreglé con ellos, pero... como tú te vas a ir de allí y no regresas hasta la próxima semana, pues, ¿cómo le hacemos? Bueno, yo les digo a mis camaradas los rancheros que te entreguen tu dinero. Te voy a pagar más de lo que les doy a los otros que ya han pasado merca. El treinta por ciento, te toca. Siempre les doy el quince o veinte.
Dos jales y tres meses de camello; en ese tiempo levanté un billetito muy noble.

Tiempo después, sin la menor discreción, extraviado en el túnel del regosto, me abandoné a los comportamientos degenerados. Mi yo crápula me está corrompiendo, decía. Supuse que el poder de la testosterona se estaba transformando en una compulsión que en algún momento seria incontrolable. Se apoderó de mi voluntad y acabé boleándole las nalgas a una doctora. Todas mis expectativas estaban supeditadas al desparpajo del coito. Por esa razón mis actos no dependían de mi volición sino de la voluptuosidad de la hembra.
Trastorno lúbrico; conmoción impúdica difícil de verbalizar en este relato. Ay, nomás de acordarme me estremezco. Bien dice el refrán que puede más un par de nalgas que una recua de bueyes. (pero lo que no saben los güeyes que cocinaron el refrán, es que el relingo que andaba yo matando se cargaba unas nalgas dignas de concurso).

CONTINUARÁ

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