Crítica de literatura contemporánea.

Monday, May 10, 2004

Vertedero de cretinadas





Por éktor henrique martínez







CARTA DE RAÚL ACEVEDO SAVÍN




Hermosillo, Sonora a 4 de mayo de 2004.


"HORAS DE JUNIO", HOMENAJE A JUAN BAÑUELOS



Mtro. Éktor Henrique Martínez

P r e s e n t e

Nos es muy grato dirigirnos a usted para invitarlo a participar como
lector de su obra literaria, en el IX Encuentro Hispanoamericano de
Escritores Horas de Junio a realizarse los días 3, 4 y 5 de junio del
presente año en la Ciudad de Hermosillo y en el Puerto de Guaymas, Sonora.

Horas de Junio se ha constituido como un espacio y tiempo de encuentro
entre escritores y amantes de la literatura para compartir la creación
literaria así como planes, ideas y experiencias.

En esta ocasión le rendiremos un reconocimiento al estimado poeta Juan
Bañuelos, por su obra y trayectoria en las letras nacionales.

Esperamos que su respuesta a nuestra invitación la pueda confirmar a la
brevedad para incluir su nombre en le cartel-souvenir y en el programa
del evento.


A t e n t a m e n t e


Raúl Acevedo Savín
Coordinador General
del IX Encuentro Hispanoamericano
de Escritores “Horas de Junio 2004”


raul@extension.uson.mx

horasdejunio@hotmail.com









¿Y YO PORQUÉ?




"Porque el lenguaje siempre ha estado al servicio
del coraje del hombre; y la forma de su pie no
puede estar fuera de la huella que deja."
Leopoldo Ayala







Maese Raúl Acevedo Savín, coordinador general
del IX Encuentro Hispanoamericano de Escritores
"Horas de Junio 2004":



Doy respuesta a su misiva-invitación con injustificada tardanza, y disculpe usted mi actitud morosa. Espero que la presente contestación no esté muy a desatiempo.
De antemano le agradezco el cometido que me hace; no obstante, creo yo, no ser el benjamín indicado para "participar con [mi] obra literaria en el IX Encuentro Hispanoamericano de Escritores", próximo a celebrarse en la ciudad de Hermoso y, asimismo, en el puerto de Gueymas. Parafraseando a nuestro inculto preciso y mandatario con poder bicéfalo, pregunto a usted: ¿y porqué yo? Existe gente más merecedora que el suscrito en el ámbito de los culturosos (hablo, por ejemplo, de los patricios culturales que usted ya conoce y ha tratado; acuérdese del malogrado Festival de Literatura del Noroeste quimerado por el CECUT, allá por el mes de noviembre de 2003; ¿le siguen gustando esos fracasos?). Créame que no me siento un suertero ni un afortunado con la invitación de marras; por el contrario, me ha puesto de culo contra la pared. Mi estrecho cerebro no logra dilucidar porqué razón debo yo estar en un acto literario que paralizaría mi pensamiento y mis tanteos subjetivos como escritor (claro que tal cosa ampliaría mis escuetas relaciones sociales y me llevaría a conocer y tratar en directo a algunos productores letreros, y hasta una que otra suripanta culturosa que —ya muy picada, quiénquita— soltara el cacharro, como sucede en tales "encuentros"; por algo los nombran así, ¿qué no?).

Su invitación, más que regocijo, como dijera Artaud, me produce hormigueos en el cerebro, toda vez que no acostumbro a deleitar a oidores a través de reuniones tertuleras; pues en tales círculos literarios, por cierto, más cerrados que un locutorio de monja, es precisamente donde el ejercicio literario no debe procurarse la clientela. De antemano hay suficientes razones para sospechar y al final sacar a colación la certeza de que los encuentros literarios no son otra cosa que un repujo de vanidades, fullerías del egocentrismo, de la poses de ocasión y de otras simplezas parecidas. No obstante, mi emoción es más fuerte que mis convicciones (y conciente de que ningún provecho obtendré para mis musas en semejante convite que, duda no cabe, será un mentir a Juan Bañuelos, un seguro mentir porque nadie podrá ir a preguntársele al poeta), he decidido enfrentarme a las circunstancias que el destino me depara, sin saber siquiera por donde empezar. La cosa no es quedarse callado ni desdeñar las invitaciones que se brindan de buena fe, pues como ya lo advertía al autor del Periquillo Sarniento el silencio y el disimulo son tapaderas de la poca instrucción y del escaso espíritu de hermandad. Entre toda mi vulgaridad y bellaquería aún me queda un poquito de educación civica, reducto de la buena crianza que poco a poco voy tirando por la borda para que el sentimiento no recaiga en resentimiento. Así que reitero el honor que me brinda al invitarme y por este conducto le retacho respuesta de aceptación, manifestando que ahí estaré a efecto de chasquear con mi lengua, de epiléptica timidez, palabras fenecen cuando uno las pronuncia. Por ende, solicito, si es que todavía hay quebrada, incluya el nombre de este cretino en el "cartel-souvenir y en el programa" del dietario letrístico que usted cabildea.




ACEVEDO SAVÍN SIN CONOCERLO?


Antes de clavarle el punto final a esta mengambrea, esmuñiré algunas consideraciones respecto a Raúl Acevedo Savín, no tocante a su producto literario porque de éste a lo mucho he leído unas cuantas narraciones dispersas en revistas o suplementos culturales, sino de su persona misma. En el año de 1983, cuando yo era estudiante de derecho en la UABC, recién había cumplido la mayoría de edad. Y como contaba únicamente la la precartilla del servicio militar, debía, entonces, pasar a recogerla ya liberada en un cuartel de Navojoa. Pero cuando llegué ahí los guachinangos me mandaron a la gáver; me dijeron que mi cartilla ya la habían quemado porque la fecha de entrega había fenecido. No tuve más remedio que caerle a Hermoso a efecto de solicitar un duplicado de la misma en el archivo de la base militar de Sonora. Y así fue, aprovechando las vacaciones de navideñas me dejé ir liso a la capirucha sonorense. Para realizar el trámite de la cartilla en cuestión necesita arranarme un par de días en Hermosillo, por lo cual un compita mío que estudiaba letras en la UNISON, y a quien estimo mucho (porque él fue quien me metió en el pedo de la literatura), me tiró el sablazo diciéndome que dijo que le cayera al chante donde cantoneaba; su nombre es Leonel Flores Magallanes, alias el Lión. Y dicho y hecho, una noche, a principios del mes de enero de 1983, como a eso de la una y cacho de la baraña aterricé en su cantón, una casa de huéspedes que compartía junto con otros compañeros de estudio y unos profes. El bato me recibió con un flavio. Ahí conocí al Popeye, un ruco de aquellas que impartía clases en la uni, creo que era el machín rin del cantón. Tambien conocí a otro compa que le decían el Pineli (o así se apellidaba). Asimismo, a un morro medio mamerto al que le apodaban el Cholo; y un piratón que no recuerdo su nombre. Días después cayó a ese chante el Acevedo Savín, acababa de llegar de vacaciones de la Isla de Cedros. Cruce con él unas cuantas palabras; con el que más me acople —por razones musicales— fue con el Pineli. Estuve en ese chante, sito, creo, en la calle Doctor Licona de la colonia noséqué. Mis dos días de estancia se volvieron como siete (tan bueno estaba el cotorreo que me engrane). De esta forma fue comole di tinta al Raúl Acevedo Savín. Creo que el bato ni siquiera se ha de acordar de miguel. Y colorín colorado.



Culo de San Diego, a 9 de mayo de 2004

Éktor Henrique Martínez


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