Crítica de literatura contemporánea.

Friday, July 02, 2004

EL VIZCAíNO QUE CONOCí



«Ha muerto don Rubén Vizcaíno Valencia. Mi primer encuentro con él: 1992. Lugar: vestíbulo del omniteatro del Centro Cultural Tijuana. El marco: la Feria del Libro de ese año. El evento: la presentación de Remontar el oasis, antología del taller literario del CETYS campus Mexicali. En la mesa: Cynthia Carrasco, Eric Sada, Jorge Romero, Luis Polanco, Alejandro Corona y quien esto escribe. José Manuel Di Bella, coordinador del taller, nos había citado ahí. Yo había realizado el viaje desde Mexicali acompañado de los amigos Oscar Adame y Gerardo Salazar. Comparecieron cada uno de los miembros del taller, cuentistas todos a excepción de mí. Al término de mi participación, la última de la mesa, el coordinador del taller abrió la fase de preguntas y comentarios. Una persona mayor, robusta, de pelo y bigote cano, fleco a la James Dean pero sin goma, segura de sí misma, sentada en primera fila, pidió la palabra: “Tengo una petición: quiero preguntar al jovencito que acaba de leer si no tiene poemas de amor y, de ser así, quiero pedirle que nos lea uno; es más, corrijo, no de amor, eróticos”. Para bien o para mal, era mi primera lectura pública. Entre los poemas de la antología figuraba uno titulado “Odalisca”, marcado por Nerval y López Velarde. Tímidamente, con nada que perder, empecé a dar respuesta a la solicitud de ese señor, que sonreía pícaramente desde su silla, con una bolsa de plástico transparente entre los brazos llena de papeles y periódicos. Concluí el poema. Respiré con alivio. El señor asintió guiñando un ojo. Tras la clausura de la presentación, abordó a Di Bella con un saludo efusivo. Unos minutos después, cuando ya me encontraba de nuevo con mis acompañantes, lo vi caminar hacia mí, saco de pana, sonrisa permanente. “Vengo a presentarme. Soy Rubén Vizcaíno. Disculpe que le haya pedido un poema distinto a los otros. Creo que toda lectura de poesía debe considerar siempre la de un poema erótico, es la pieza infalible del repertorio ¿no? ¿Está de acuerdo conmigo? Más entre los jóvenes, como usted comprenderá”. Yo a todo contestaba que sí. “Claro, señor, por varias razones los chavos de ahora estamos obligados a seguir reivindicando ese tópico que muchos dan por sentado”. Al paso del tiempo, conforme fui sumergiéndome en el corpus de la cultura y la literatura bajacalifornianas, supe cabalmente quién era aquel atento escucha. Seguí encontrándome con él durante casi toda la década de los noventa. Viajaba a Tijuana a presentaciones editoriales, encuentros literarios, y en cuanto entraba a un recinto lo veía descollar entre la multitud por su estatura, su ondulado cabello de espuma, sus finos (mas no solemnes) ademanes, su elegancia casual, su distinción: faro luminoso frente al vaivén de la prole. Pero siempre quedó en mi mente el cuadro de aquel fugaz entrecruzamiento personal de 1992. Un Vizcaíno concitando a los jóvenes a escribir poesía erótica, a firmar sus experiencias vitales como un testimonio de paso por el mundo. Un Vizcaíno de carne y hueso, congruente con la fuerza interior que lo animaba, la del erotismo más decantado y esencial, el la vida misma. Torrente, papá Noel, piedra imán. Piedra angular de lo que somos».


JORGE ORTEGA
1 de julio de 2004

*

No comments:

Followers