Crítica de literatura contemporánea.

Wednesday, July 28, 2004


Vertedero de cretinadas

 

Por éktor henrique martínez

 
 


LA SILLA ELÉCTRICA DE MARTÍN ROMERO
 

Primera parte

 

 


 
«Ven Satanás, ven acá, hijo de tu chingada madre.
Ven a ver cómo se escribe la historia mía, cabrón.
Pa que no te hagas pendejo
»
Rubén Vizcaíno Valencia
 
 
 

LA LITERATURA FRONTERIZA EN SU JUGO
 

«-Lo primero que tienes que hacer es ponerte dos guantes de plástico -le dice el chino Way Lee a Mario Rojas-; luego, de este frasco de vaselina untas en las puntas de los dedos índice y mayor esta cantidad que pondrás alrededor y dentro de su ano; luego vuelves a untar, en los mismos dedos, la misma cantidad que usarás para limpiar su recto; en seguida pones cuatro pedazos de papel de baño sobre este papel especial, que ayudará a que las sábanas no se manchen de excremento».

«-Aun así, en pleno martirio, el chino era un chingón en el manejo de los dedos, que entraban en su culo y salían de éste una y otra vez (lo tenía del tamaño de una peseta)».
«-Cómo te sientes? -dijo Way Lee.
-Oh, siento que estoy en el paraíso -respondí.
-Mario, no seas sarcástico -dijo el señor Sampson-. Esto que has visto lo tendrás que hacer uno de estos días.
-Pero, señor Sampson -dije muy seriesote-, es una sorpresa fenomenal lo que he visto y olido.
-Es una experiencia nueva. Es todo -dijo el señor Sampson.
-¡Qué experiencia! -dije.
-Me gusta que seas optimista, aun cuando tengas que meterme dos dedos en el ano. Cómo respeto y estimo esos dos "dedos salvadores"; si no fuera por sus índices y sus mayores no sé qué sería de mí.
Guardé silencio por más de un minuto.
El señor Sampson, luego de bostezar, dijo:
-Mario, si logras pasar esta prueba sobrevivirás a cualquiera que la vida te ofrezca. ¿No es verdad, Way Lee?
-Sí, señor Sampson».
 

Al siguiente día, Mario Rojas se despierta recordando unos versos de Quevedo:
La voz del ojo que llamamos pedo,
ruiseñor de los putos...

y mientras pasan por su chompa las imagenes en que Way Lee le clineaba el toliro al gabacho, le pregunta a su esposa:
 

«-Sara, ¿no se te pone la carne de gallina saber que un día lo limpiaré?
-No.
-¿Porqué?
-Porque ustedes, los hombres, se asustan de todo, son muy cobardones.
-Óyeme, no creo que sea un privilegio limpiarle la cola a alguien por cinco dólares. ¡Ni las putas sufren como yo sufrí y sufriré! ¡Malíciala!
Sara siguió leyendo el periódico y dijo:

-Ya, escandaloso. Deberías visitar las salas de hospitales donde las mujeres dan a luz para que dejes de chillar.
Mandé a Sara a la chingada (claro, en mi mente porque no era conveniente decírselo en su cara: ella ganaba más dinero que yo y yo era quien iba irse a la chingada si le seguía haciendo al macho respondón).
"Mario, si logras pasar esta prueba sobrevivirás a cualquiera que la vida te ofrezca" - recordé las palabras del señor Sampson».
 

Lo expuesto anteriormente son trozos del tejido narrativo de los capítulos VI y VII de la Silla eléctrica (1998); novela Martín Romero, escritor norbajacaliforniano , que para los ojos de los lectores (de la buena literatura) y de los críticos (¿cuáles?) ha pasado desapercibida, por no decir que ha permanecido oculta. Y, en efecto, por angas o mangas, la obra no tiene la resonancia que merece. Y no me refiero a las dificultades de difusión editorial, sino particularmente al desdén cáustico y el ninguneo gratuito hacia el autor, quien no es ningún diletante en el quehacer literario, ni tampoco un pájaro nalgón inflado con pedos ganso de hortelano por razones de cuatachismo o apalabre mediático, como suelen figurar conocidos chupapitos que apenas son capaces de bosquejar ologofrenicamente unos cuantos garabatos. ¿Nombres? El descerebardo de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal, la sebosa de Regina Swain, las seudopoetilas y chamacas bobas made in Miquimaus Teresa López Avedoy y Lorena Cienfuegos, el varón castrado de la Cristina Rivera Garza y sus virtuales hijas putativas de La Línea, entre otros engendros yepezianos y existirosos. (La única que se salva entre toda esa recua de putillas y lesbianas culturosas es mi musa la Paty Blake; así ni me la toquen que las verán conmigo si algo gacho dicen de ella, culeros).
 

-Pero volvamos a lo que te truje, Chencha.
-Simontaras en una burra.
 

Pa los que no sepan, La silla electrica, durante el zedillato fue galardonada por el CONACULTA con el Premio Estatal de Literatura 1998. Y, díganme si el bato que la parió no está cabrón: ese mismo año -sin meter cuchupo- también se cuaja con otra presea (piojosa, pero presea al fin); por su libro Comicópolis, de ensayos y crónicas, recibe el Premio Estatal de Literatura 1998, en lo que toca periodismo cultural. Así que el batillo, como decía mi agüela, no necesita bulis pa nadar; el güey se la rifa solimán, sin andar langareando ni pidiéndole chichi a ningún hijo de puta. (Me están dando ganas de entrarle a esos pinchis concursitos cagados que oficia la ignorante de la Sari Bermúdez, ya de perdis pa levantar una leve mosca pa los chuchulucos y condones que no se rompan con el primer palo de tres yemas que uno le avienta a sus grupis blogueras).
Bueno, basta de digregaciones y regresemos al birote inicial.

 
 

EL MECHUDO CANONISTA DE CHICALI
 

Y ¿qué dice el canonista de la voz engolada acerca del Martín Romero en su menguado libraco Diccionario Bibliográfico de escritores de Baja California? El esteta mechudo solamente le dedica 4 caciques renglones. Guachen el pedo:
 

«Romero, Martín (Mexicali, B.C., 1965). Narrador y ensayista. ha sido becario del FOECA en 1994. Ganó el premio estatal de literatura, en 1998, en novela y periodismo cultural. Autor de La silla eléctrica (novela, 1999) y Comicópolis (cronica, 1999)».
 
 

NOTA: Como al barbón cachanilla, igual le da meter en su lexiconcito literario mujeres de mala nota que especialistas en Borges o Lacan, dijera el Jaoaquín Sabina; remito a los lectores y lectoras a mi Vertedero de cretinadas (guradado en archivos del blog El Charquito) ribeteado con el cabezal «Gabriel Trujillo se desmelena», donde paso revista a los sesgos y omisiones de sus truculencias biográficas. Pero antes de entrarle a la machaca, métase un pomo entero de fenobarbital para que apacigüe la depre postrera, como lo hizo la niña Hemingway.

-¡He dicho. Caso cerrado!
 
 


BAJTÍN ME HACE LOS MANDADOS
 

Se trata de una novela hecha por escritor fronterizo, de acá de este laredo de Mexitlán de las tunas, pero su entorno geografico no corresponde a este tafanario de san Diego, sino al país más poderoso del mundo. La silla eléctrica representa simbolicamente el encuentro -contrapunteándose la yuxtaposicion, choque y rechazo- de dos mundos: el de la supraindividualidad pragmática (oportunista, racista y explotadora) del gringo, por otro extremo y, por el otro, el del ser fronterizo, de cultura heterogénea, escindido por dos idiosincracias y consignado a recibir unas cuantas migajas del american dream a cambio de un putizón laboral.

En la obra hay una profunda participacion biográfica; el nivel de coexistencia semantica de las iniciales MR parece así suponerlo. Pero no hay que irnos con la finta, pues Mario Rojas, personaje principal de la novela, no representa al Martín Romero, ni es una réplica monológica redondeada por el autor. Martín Romero al escribir La silla electrica se convierte en mero espectador de las acciones y vivencias de Mario Rojas; y es, por tanto, el anfitrión de sus personajes. Puede verse en la novela que su autor no tomá posición o partido por ninguno de sus personajes; sencillamente, son ellos -el samaritano y culturoso Mario, el mandilón y cuadripléjico Sampson, la culerona e histérica Carly, la desconsiderada e insensible Sara, el tecolín Bruce, el tacataca Way Lee, el suato Sika, el mezquino Casey- quienes se encargan de lanzarse sus respectivas frustraciones. Sus manifestaciones e insinuaciones cargadas de matices peyorativos ponen en relieve tal afirmacion:
 

-Dime Carly, no me llames "señora Sampson".
"Que vieja más mamona" -pensé por un momento...» (p. 32).
 

«Al salir carly de la Casa, el señor Sampson dijo "puta" dos veces .
Volteé a verlo y observé que tenía carade fuchi» (p. 58).

«No; mi vida con Sara era otra cosa: adiós party. Recuerdo la última de sus amenazas: "Escúchame bien , Mario. Si no te alivianas este año te mando a la puta chingada. Piénsalo bien"». (p. 60).
 

Y lo mismo ocurre al vislumbrar la lucha de voces ideologicas que resalta en los momentos de interaccion sicologica de los personajes:
 

«-Mario, a mí me gusta proteger a mis animales. Tengo un perro chihuahueño. ¿Estás dispuesto a quererlo?
-Darle de comer sí, pero quererlo... no sé.
-¿Porqué no sabes?

Saqué el pecho y dije en tono severo:

-Porque la palabra querer es una abstraccion verbal. No confío mucho en quienes dicen "te quiero" cuando el querendón hace todo lo contrario. Ahora bien, yo guardo en mi memoria los actos buenos que he ido registrando al paso de los añosy que me dan más seguridad para hacer las cosas. En pocas palabras, estar en armonía con mis semejantes. Espero que me comprenda, señora Sampson» (p. 32).
 
 
 

FROM BEGINNING

La función del narrador es desarrollada por el personaje y se haya predeterminada, aparentemente, por el discurso biográfico. Pero esta es la forma en que Romero engaña al lector, lo cual le permite ahondar en campos más abiertos de posibilidades verbales. El tono y el estilo con los cuales estructura la obra son amenos, directos y sin ambages metafísicos para no sobrevaluar la palabra ni desgastarla en mamadas ridiculescas. Romero se tira a escribir al chile pinto y sin reservas, salpicando de caló sus enunciados. La lectura del texto jala; contiene un gancho sicológico que no permite al leyedor abandonar la mengambrea. (Tan perrón así está el pinchi Romeritos pa fraguar historias prendedoras, que mi ruca, en un lapso de tres orejas, se dejó caimán la novela; ¡verdad de Dios!; y me dejo mamar la riata sino es cierto).

Y así comienza el menjurje narrativo:

«Luego de trabajar por más de cinco años como consejero de menores abusados física, sexual y emocionalmente, a mediados de 1995, me quedé sin chamba. ¿La razón? Debido a una pesadilla siniestra. Soñé el rostro fijo y baboso del exlíder multivitalicio de la Confederación de Trabajadores de México: Fidel Velázquez. Tuve que ir a un hospital para ser atendido de emergencia porque esa noche se me bajó la presión como nunca antes.
Ese monstruo, aunque lo nieguen los racionalistas de la república, pertenece al inconsciente colectivo mexicano (tuve que pagar dos mil dólares a la ambulancia que me llevo a ese hospital de Chula Vista).

Y como los gringos la hacen mucho de tos y son muy estrictos para aplicar las leyes cuando les conviene, el Departamento de Vehículos Motorizados (Departament of Motors Vehicles -DMV) revocó mi licencia de manejar por un año. (sic).

Y no sólo tuve problemas con el DMV, sino que hasta perdí mi empleo [en el Centro Juvenil de Imperial Beach]. (sic).

Luego de recoger mis pertenencias de un ropero y ponerlas en varias bolsas de plástico, salí de prisa de allí. (sic).

in embargo, consideré injusto el despido, ya que aguanté bastante carrilla. (sic). También soporté insultos, gritos, mentadas de madre, intentos de golpes, pero tuve la suerte de nunca recibir uno. (sic).

Por fin llegué a la parada del autobús que me llevaría a la estación del tren rojo (o trolley), que me dejaría en casa. (sic).

Al subirme al autobús sentí un sabor amargo; imaginé que me llevaría la chingada si no conseguía chamba lo más pronto posible. Me dio coraje pagardos dólares por utilizar un transporte caro; pero preferí dejar mi carro en casa para evitar así que la mala suerte apareciera de nuevo al manejar sin licencia y recibir, de un policía de caminos, un multón. (sic). [...] dentro de la unidad de transporte ocurre el espectáculo de todos los días: esquizofrénicos de distintos temperamentos molestando a los pasajeros, neuróticos en busca de pleitos, libidinosos que esperan el momento oportuno para dar el agarrón a quien se deje, menores de dieciocho años que se parten la madre a golpes y con armas, etcétera. Este show de sicópatas lo he visto por años. (sic).

Me sentí un paria: de un día a otro me quedé sin trabajo y con la licencia de conducir revocada. (sic).

Luego de que su esposa le pegá a Mario sendas giñadotas marca chillarás, tildandolo de talegas, el border boy ilustrado consigue una nueva chamba con un ruco macanas y racista, que a lado de su guaifa Carly, mujer vanidosa, culeis y manipuladora, es un pobre babiecas incapaz de pelar un chango a nalgadas. El carácter mezquino y visceral de la fulana arrastra a la mayoría de los personajes romerianos.
 

Pero basta, consíganse la noveluca de Romero. Este es sólo un hornazo.

 

www.elcharquito.blogspot.com
cretinadas@yahoo.com

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