Crítica de literatura contemporánea.

Thursday, July 29, 2004

Vertedero de cretinadas

 

 
Por éktor henrique martínez

 

 
LA SILLA ELÉCTRICA DE MARTÍN ROMERO
 

Primera parte
 

(corregida y aumentada)
 
 
 
 
 

«Ven Satanás, ven acá, hijo de tu chingada madre.
Ven a ver cómo se escribe la historia mía, cabrón.
Pa que no te hagas pendejo»
 
Rubén Vizcaíno Valencia

 
 
 
 
 
LA  LITERATURA  FRONTERIZA EN SU JUGO
 
 

               «—Lo primero que tienes que hacer es ponerte dos guantes de plástico —le dice el chino Way Lee a Mario Rojas—; luego, de este frasco  de vaselina untas en las puntas de los dedos índice y mayor esta cantidad que pondrás  alrededor  y dentro de su ano; luego vuelves a untar, en los mismos dedos, la misma cantidad que usarás para limpiar  su recto; en seguida pones cuatro pedazos  de papel de baño  sobre este papel especial, que ayudará a que las sábanas  no se manchen de excremento». 

«—Aun así, en pleno martirio, el chino era un chingón en el  manejo de los dedos, que entraban en su culo y salían de éste una y otra vez (lo tenía del tamaño de una peseta)».
«—Cómo te sientes? —dijo Way Lee.
—Oh, siento que estoy en el paraíso —respondí.
—Mario, no seas sarcástico —dijo el señor Sampson—. Esto que has visto  lo tendrás que hacer uno de estos días.
—Pero, señor Sampson —dije muy seriesote—, es una sorpresa fenomenal lo que he visto y olido.
—Es una experiencia nueva. Es todo —dijo el señor Sampson.
—¡Qué experiencia! —dije.
—Me gusta que seas optimista, aun cuando tengas que meterme  dos dedos en el ano. Cómo respeto y estimo esos dos "dedos salvadores"; si no fuera por sus índices y sus mayores no sé qué sería de mí.

Guardé silencio por más de un minuto.

El señor Sampson, luego de bostezar, dijo:

—Mario, si logras pasar esta prueba  sobrevivirás  a cualquiera que la vida te ofrezca. ¿No es verdad, Way Lee?
—Sí, señor Sampson».
 
 

               Al siguiente día, Mario Rojas se despierta recordando unos versos de Quevedo:
 
 

La voz del ojo que llamamos pedo,
ruiseñor de los putos...
 
 

y mientras pasan por su chompa las imágenes en que Way Lee le clineaba el toliro al gabacho, le pregunta a su esposa:


«—Sara, ¿no se te pone la carne de gallina saber que un día  lo limpiaré?
—No.
—¿Porqué?
—Porque ustedes, los hombres, se asustan de todo, son muy cobardones.
—Óyeme, no creo que sea un privilegio limpiarle la cola a alguien por cinco dólares. ¡Ni las putas sufren como yo sufrí y sufriré!
¡Malíciala!
 

Sara siguió leyendo el periódico y dijo:
 

—Ya, escandaloso. Deberías visitar las salas de hospitales  donde  las mujeres dan a luz  para que dejes de chillar.
Mandé a Sara a la chingada (claro, en mi mente porque no era conveniente decírselo en su cara: ella ganaba  más dinero que yo y yo era quien iba irse a la chingada si le seguía haciendo al macho respondón).
"Mario, si logras pasar esta prueba sobrevivirás a cualquiera que la vida te ofrezca" — recordé las palabras del señor Sampson».
 


               Lo expuesto anteriormente son trozos del tejido narrativo de los capítulos VI y VII de la Silla eléctrica (1998); novela de Martín Romero, escritor norbajacaliforniano, que para los ojos de los lectores (de la buena literatura) y de los críticos (¿cuáles?) ha pasado desapercibida, por no decir que ha permanecido oculta. Y, en efecto, por angas o mangas, la obra no tiene la resonancia que merece; y no me refiero a las dificultades de difusión editorial, sino particularmente al desdén cáustico y el ninguneo gratuito hacia el autor, quien no es ningún diletante en el quehacer literario, ni tampoco un pájaro nalgón inflado con pedos  de gansos de hortelano por  razones de cuatachismo o apalabre mediático, como suelen figurar  conocidos chupapitos, apenas capaces de bosquejar  ologofrénicamente unos cuantos garabatos. ¿Nombres? El descerebrado de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal, la sebosa de Regina Swain, las seudopoetillas y chamacas bobas —made in Miquimaus— Teresa López Avedoy y Lorena Cienfuegos, el varón castrado de la Cristina Rivera Garza y sus virtuales hijas putativas de La Línea, entre otros engendros yepezianos y existirosos. (La única que se salva entre toda esa recua de putillas y lesbianas culturosas es mi musa la Paty Blake; así que ni me la toquen porque se las verán conmigo si algo gacho dicen de  ella, culeros).
 

—Pero volvamos a lo que te truje, Chencha.
—Simontaras en una burra.
 
 

               Pa los que no sepan, La silla eléctrica,  durante el zedillato fue galardonada por el CONACULTA con el Premio Estatal de Literatura 1998.  Y, díganme si el bato que la parió no está cabrón: ese mismo año —sin meter cuchupo— también se cuaja con otra presea (piojosa, pero presea al fin); por su libro de ensayos y crónicas, Comicópolis,  recibe el Premio Estatal de Literatura 1998, en lo que toca a periodismo cultural. Así que el batillo, como decía mi agüela, no necesita bulis pa nadar; el güey se la rifa solimán, sin andar langareando ni pidiéndole chichi a ningún hijo de puta. (Me están dando ganas de entrarle a esos pinchis concursitos cagados que oficia la ignorante de la Sari Bermúdez, ya de perdis pa levantar una leve mosca pa los chuchulucos y condones que no se rompan con el primer palo de tres yemas que uno le avienta a sus grupis blogueras).
 
 
 

               Bueno, basta de digregaciones y regresemos al birote inicial.

 


EL MECHUDO CANONISTA DE CHICALI
 
 

               Y ¿qué dice el canonista de la voz engolada acerca del Martín Romero en su menguado libraco Diccionario Biobibliográfico de Escritores de Baja California? El esteta mechudo solamente le dedica 4  renglones, diatiro cacicones. Guachen el pedo:


«Romero, Martín (Mexicali, B.C., 1965). Narrador y ensayista. Ha sido becario del FOECA en 1994. Ganó el premio estatal de literatura, en 1998, en novela y periodismo cultural. Autor de La silla eléctrica (novela, 1999) y Comicópolis (cronica, 1999)». 
 
 
 
 
NOTA: 
 
 
 Como al barbón cachanilla, igual le da meter en su lexiconcito literario mujeres de mala nota que especialistas en Borges o Lacan, dijera el Joaquín Sabina; remito a los lectores y lectoras a mi Vertedero de cretinadas (guardado en archivos del blog El Charquito) ribeteado con el cabezal «Gabriel Trujillo se desmelena», donde paso revista a los sesgos y omisiones de sus truculencias biográficas. Pero antes de entrarle a la machaca, métase un pomo entero de fenobarbital para que apacigüe la depre postrera, como lo hizo la niña Hemingway.
 
 

—¡He dicho. Caso cerrado!

 
 


BAJTÍN ME HACE LOS MANDADOS
 


               Se trata de una novela hecha por un escritor fronterizo, de acá de este laredo de Mexitlán de las tunas, pero su entorno geográfico no corresponde a este tafanario de San Diego, sino al país más poderoso del mundo. La silla eléctrica representa simbolicamente el encuentro —contrapunteándose la yuxtaposicion, choque y rechazo— de dos mundos: el de la supraindividualidad pragmática (oportunista, racista y explotadora) del gringo, por un extremo y, por el otro,  el del ser fronterizo, de cultura heterogénea, escindido en dos idiosincracias y consignado a recibir unas cuantas migajas del american dream a cambio de un putizón laboral.
               En la obra hay una profunda participacion biográfica; el nivel de coexistencia semántica de las iniciales MR parece así suponerlo. Pero no hay que irnos con la finta, pues Mario Rojas, personaje principal de la novela, no representa al Martín Romero, ni es una réplica monológica redondeada por el autor. Martín Romero al escribir  La silla eléctrica se convierte en mero espectador de las acciones y vivencias del Mario Rojas; es, por tanto, el anfitrión de sus personajes. Es verdad que Romero ha creado a Rojas, pero entre los dos hay distanciamiento, una ruptura de cordón umbilical que libera al personaje de su autor. A Mario Rojas actúa con una conciencia de sí mismo, que es una autoconciencia dominante en la estrutura literaria de la novela; se mueve en su propio mundo. Por eso el autor no habla de él, sino con él; o sea con su propio discurso. 

               Puede verse en la novela que su autor no tomá posición o partido por ninguno de sus personajes; sencillamente, son ellos —el samaritano y culturoso Mario, el mandilón y cuadripléjico Sampson, la culerona e histérica Carly, la desconsiderada e insensible Sara, el tecolín Bruce,  el tacataca Way Lee, el suato Sika, el mezquino Casey— quienes se encargan de lanzarse sus respectivas frustraciones, sus manifestaciones e insinuaciones, sus descargas morales, sus  matices peyorativos  que ponen en relieve tal afirmacion:
 


—Dime Carly, no me llames "señora Sampson".
"Que vieja más mamona" —pensé por un momento...» (p. 32).


«Al salir Carly de la casa, el señor Sampson dijo "puta"  dos veces .
Volteé a verlo y  observé que tenía carade fuchi» (p. 58).


«No; mi vida con Sara era otra cosa: adiós party. Recuerdo la última  de sus amenazas: "Escúchame bien, Mario. Si no te alivianas este año te mando a la puta chingada. Piénsalo bien"». (p. 60).
 


               Y lo mismo ocurre al vislumbrar la lucha de voces ideológicas que resalta en los momentos de interacción sicológica de los personajes:
 


«—Mario,  a mí me gusta proteger a mis  animales. Tengo un perro chihuahueño. ¿Estás dispuesto a quererlo?
—Darle de comer sí, pero quererlo... no sé.
—¿Porqué no sabes?

Saqué el pecho y dije en tono severo:

—Porque la palabra querer es una abstraccion verbal. No confío  mucho  en quienes dicen "te quiero" cuando el querendón  hace todo lo contrario. Ahora bien, yo guardo en mi memoria  los actos buenos que he ido registrando  al paso de los años y que me dan más seguridad para hacer las cosas. En pocas palabras, estar en armonía con mis semejantes. Espero que me comprenda, señora Sampson» (p. 32).

 
 
 

FROM BEGINNING
 
 

               La función del narrador es desarrollada por el personaje y se haya predeterminada, aparentemente, por el discurso biográfico. Pero esta es la forma en que Romero engaña al lector, lo cual le permite ahondar en campos más abiertos de posibilidades verbales. El tono y el estilo con los cuales estructura la obra son amenos, directos y sin ambages metafísicos para no sobrevaluar la palabra ni desgastarla en mamadas ridiculescas. Romero se tira a escribir al chile pinto y sin reservas, salpicando de caló sus enunciados. La lectura del texto jala; contiene un gancho sicológico que no permite al leyedor abandonar la mengambrea. (Tan perrón así está el pinchi Romeritos pa fraguar historias prendedoras, que mi ruca, en un lapso de tres orejas, se dejó caimán la novela; ¡verdad de Dios!; y me dejo  mamar la riata si es mentira lo que digo).
 

               Y así comienza el menjurje narrativo:
 

«Luego de trabajar  por más de cinco años como consejero de menores abusados física, sexual y emocionalmente, a mediados de 1995, me quedé sin chamba. ¿La razón? Debido a una pesadilla siniestra. Soñé el rostro  fijo y baboso del exlíder multivitalicio de la Confederación de Trabajadores de México: Fidel Velázquez. Tuve que ir a un hospital  para ser atendido de emergencia porque esa noche se me bajó la presión  como nunca antes.
Ese monstruo, aunque  lo nieguen los racionalistas de la república, pertenece al inconsciente colectivo mexicano (tuve que pagar dos mil dólares a la ambulancia  que me llevo a ese hospital de Chula Vista).

Y como los gringos la hacen mucho de tos y son muy estrictos  para aplicar las leyes cuando les conviene, el Departamento de Vehículos Motorizados (Departament of Motors Vehicles —DMV) revocó mi licencia de manejar por un año. (sic).

Y no sólo tuve  problemas  con el DMV, sino que hasta perdí mi empleo [en el Centro Juvenil de Imperial Beach]. (sic).

Luego de recoger mis pertenencias de un ropero y ponerlas en varias bolsas de plástico, salí de prisa de allí. (sic).

in embargo, consideré injusto el despido, ya que aguanté  bastante carrilla. (sic). También soporté insultos, gritos, mentadas de madre, intentos de golpes, pero tuve la suerte de nunca recibir uno. (sic).

Por fin llegué a la parada del autobús que me llevaría a la estación del tren rojo (o trolley), que me dejaría en casa. (sic).

Al subirme al autobús sentí un sabor amargo; imaginé que me llevaría la chingada si no conseguía chamba lo más pronto posible. Me dio coraje  pagardos dólares  por utilizar un transporte caro; pero preferí dejar  mi carro en casa para evitar  así que la mala suerte apareciera de nuevo  al manejar sin licencia y recibir, de un policía de caminos, un multón. (sic).
 
 [...] dentro de la unidad de transporte  ocurre el espectáculo  de todos los días: esquizofrénicos de distintos temperamentos molestando  a los pasajeros, neuróticos en busca de pleitos, libidinosos que esperan el momento oportuno para dar el agarrón a quien se deje, menores de dieciocho años que se parten la madre a golpes y con armas, etcétera. Este show de sicópatas lo he visto por años. (sic).

Me sentí un paria: de un día a otro me quedé sin trabajo y con la licencia de conducir revocada. (sic).

 
 
 
 

¿MAMAS O TE QUITO EL PECHO?
 
 

               Luego de que su esposa le arrima al Mario sendas giñadotas marca chillarás; tildándolo de talegas, el border boy ilustrado consigue una nueva chamba con un ruco tullido, macanas y racista, que a lado de su guaifa Carly, mujer vanidosa, culeis y manipuladora, es un pobre babiecas incapaz de pelar un chango a nalgadas.  El carácter mezquino y visceral de la fulana arrastra a la mayoría de los personajes romerianos hacia el encomio, la reprobación y la sumisión;  los envuelve en una capa de desprecio y procura siempre humillarlos. La ruca invierte a su favor la sicología del esclavo; pero no la aplica al esposa, no es necesario, el ruco ya está frito, pasivamente cinchado en su carreola.
 

                He aquí  un fragmento  apuntala  tremolina agobiante que vive el patrón de Mario Rojas:


«Volví a comprender  que la neurosis de Carly y su control sobre su esposo eran de dar miedo.
—Disculpa, Mario. Todos lo días pienso que soy una mierda. La maldita paralisis, la cabrona inmovilidad sigue matándome. Las putas horas pasan y sigo  esclavizado  a esta silla eléctrica».


               Antes de apearse de la burra que lo traslada a su cantón, Mario Rojas recoge un pápiro; es Latín Power, "una publicación  reconocida localmente por el número criminal de erratas, además de ser el portavoz del mitote caliente  en esta región de California". En la última página del citado péiper, el protagonista se topa con la sección de empleos; la clava porque le interesó un jale consistente en chalanearle a un ruco jándicap. Y en cuanto  aterriza en su chante, el MR avienta un foneto pa preguntar si todavía está vacante el camello que ofrecen. Cuando el bato marca el fon no hay güey que le reciba la llamada y deja su mensaje en la máquina contestadora. Luego de zamparse dos tanates cocidos —de gallina, of cors— se avienta una geteadita sobre un sofá.
 
Al ratón, lo depierta el ring-ring de teléfono y, medio emputado,  contesta.


«—¿Bueno!  —dije enojado.
—Bueno —respondió la voz a través de la línea.
—¿Qué deseas?
—¿Se encuentra  Mario Rojas?
—Con él hablas.
—¡Qué tal, Mario. Me llamo Michael Sampson. Recibí tu mensaje.
—¡Qué tal, señor Sampson....!

Fue directo.

—Déjame decirte en qué consiste el empleo. Tengo una discapacidad física: estoy paralizado de los brazos y las piernas. También soy gerente de un centro de ayuda  a personas  con discapacidades físicas a quienes les conseguimos empleos, habitación, ayuda médica, entre otras cosas. El trabajo de un asistente personal, en mi casa, consiste en levantarme a las  seis y media de la mañana y acostarme a las diez de la noche de lunes a viernes (durante los fines de semana varía el horario), vestirme, prepararme el desayuno, la comida,  y aveces la cena, así como bañarme, rasurarme, darme masaje en elcuerpo, etcétera.  Respecto al dinero que pago.... es muy poco: cinco dólares por hora, salario que ganarías por un año. Si decides trabajar más meses conmigo te aumentaría un poco más, todo depende de tu entrega al trabajo. Debo advertirte que cansa. Si estás interesado dame ahora mismo los nombres de dos personas que te conozcan y sus números telefónicos para pedirles referencias sobre ti. No creas que soy del Servicio de Inmigración y Naturalización, pero así se manejan estas cosas. ¿Te interesa el empleo?
Sentí que el señor Sampson  pedía mucho y pagaba poco.
—Claro que sí. Perdone, ¿dónde vive?
—En Lemon Grove.

"En la madre —pensé—. La pinche puta ciudad donde viven los racistas  más antimexicanos de California"».
 
 

               En las últimas líneas del discurso, aunque Mario hable para sí mismo y no exista un tercero oyente, el monólogo cobra el significado de un diálogo; pues el personaje habla con el fenómeno que se le presenta en su sesera. El diálogo consigo mismo adquiere el matiz de una orientacion ideológica; es la voz del mundo la que entra en la conciencia de Mario, la cual genera el diálogo interno.  La peculiaridad de estilo verbal es el «yo» del personaje que se desdobla en un «tú». Dicho de otra manera: el personaje es el mismo discurso. No es necesario citar algún ejemplo al respecto, con lo que ya he transcrito creo que bastan.
 
 
 


 
NI CHICANO NI POCHOÑOL
 
 

               La silla eléctrica es una buena novela fronteriza, estructurada en un rango estético muy superior al  determinismo chicano que apesta a cholismo fatalista. Y es que a Romero le caga de a madres repetir las mismas formulitas pendejas de un Bruce Novoa que pervierte la literatura en anecdotarios pasatistas, panfletos huecos, abstractos y chovinistas. El autor de La silla eléctrica no se rebaja a tales demagogias. Y tampoco rinde pletesía al misticismo guadalupano  que caracteriza a la literatura pochoñola (sencillamente porque Romero sabe que Dios es gringo).
 
 Esas concepciones son ajenas al personaje, quien se define como un tijuanense:
 

«—Oh, como me da  gusta tener a un chicano valiente a mi lado.
—Tijuanense, señor Sampson, tijuanense.
—Bueno, yo sólo quería decir que los chicanos son...».
 

               Aunque la vida —vaya la rebuznancia— que vive Mario es relativamente perriada,  tercermundista, su alma no se haya desvirtuada por la desdicha y las limitaciones locales del rodino acomplejado o del atípico mexican greaser que al llegar a Tijuana se incrusta  en la clase media, chillona y vulgarizada.

               El discurso narrativo, si bien es cierto, proviene de la necesidad concreta de un fronterizo que através de su autoconciencia junta tres mundos —el gabacho, el mexicano  y el asiático—; mundos que  en la realidad no se pueden unir. En el plano literario los personajes llegan a conformar un sistema unitario de ideas; los pensamientos, voces y puntos vista de Mario Rojas, Michael Sampson, Way Lee, Carly, Sika y Bruce Anderson organizan el contenido temático de la obra. Sus vivencias, actitudes, intereses, valores, posturas, confrontaciones, etc, constituyen la unidad orgánica de la novela, es decir, conforman la composición y la arumentación literarias. Todos participan en los acontecimientos y en el mismo círculo de relaciones.
 


 

NOTA
 

CONTINUARÁ EN PRÓXIMOS VERTEDEROS, DONDE SE HABRÁ DE DILUCIDAR LA CUESTIÓN DEL GÉNERO DE LA MENIPEA, Y, ASIMISMO, LA MACUINCHEPA EN LA CUAL EL PANISMO DE LA BRAGUETA PERSIGNADA METE MANO NEGRA A LA NOVELA DE ROMERO, DEBIDO A SU CONTENIDO ESCATOLÓGICO (NATURALISMO DE BAJOS FONDOS, PARA USAR UNA FRASE DE MIJAÍL M. BAJTÍN) Y A LA PORTADA DEL LIBRACO (DONDE APARECE RETRATADA UNA MORRA JIRUTA, BIEN BUENOTA, QUE SE ANTOJA PA UN MASTUERZO DE DOS YEMAS).
 
 

 • Ah, JIRUTA significa bichicori, encuerada.

 • Mastuerzo: masturbación, puñeta, cuata, chaquira o chaqueta.

• Menipea: pues esto pregúnteselo al Asno de oro del señor Apuleyo, que yo no soy académico ostión.
 

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