Crítica de literatura contemporánea.

Wednesday, October 13, 2004

Vertedero de cretinadas


por éktor henrique martínez



UN TEATRITO DE MIERDA
DI NI A [LA GUERRA CONTRA] LAS DROGAS


«¡Pruebas de orina!», reniega William S. Burroughs; y agrega: «Nuestros ancestros se orinarían en sus tumbas al pensar en las pruebas de orina que se hacen para determinar si alguien es competente en su trabajo. La medida de la eficacia en un trabajo es la ejecución del mismo. Cuando a Lincoln se le dijo que el general Grant era un alcohólico, respondió: "investiguen qué marca de whiskey toma y distribúyanla entre mis generales." El doctor William Halsted ha sido denominado el padre de la cirugía estadunidense. Un practicante brillante e innovador, introdujo procedimientos antisépticos en una época en la que los cirujanos, lejos de usar guantes de plástico, apenas se lavaban las manos, y el índice de muertes por infecciones postoperatorias era del 80 %. El doctor Halsted era adicto -de-toda-la-vida a la morfina, pero podía manejarse bien y nunca perdió un paciente. En esos buenos viejos días los hábitos personales de un hombre eran personales, ahora hasta la sangre y la orina están sujetas a medidas y búsquedas arbitrarias» [Di no a la histeria de las drogas, 1992].

Razones políticas y morales, tan estúpidas como atentatorias a la libertad individual que sólo permiten definir una sociedad "sana" mediante la exclusión de los usuarios o adictos a algún tipo de estupefaciente. Consumir o no consumir drogas es una decisión puramente personal; simplemente hay quienes funcionan o no con los estimulantes. Y el mundo no se degrada ni se destruye por causa de las drogas. La mayoría de las cosas que se dicen al amparo del eslogan «Di no a la drogas» es pura mierda. Tratar de persuadir a los jóvenes para que no prueben drogas resulta ser un aliciente que despierta el morbo o la curiosidad e induce a hacer precisamente aquello que se prohibe. Es como si, indirectamente, se presionara a alguien para que las ingiera. Y el trasfondo mentiroso es aberrante: se afrma que las drogas son la principal causa de todos los males de la juventud. Subterfugio y distorsión de la realidad; la sociedad quiere ciudadanos bien adaptados, que obedezcan sus roles. Descalificado como un perturbado, como un enfermo, el que consume drogas es extrapolado del sistema. Es la vieja justicia acusatoria cuyos rigores llegan hoy hasta la escuela.

Qué podemos esperar de un gobierno que pretende convertir a sus ciudadanos en soplones: «Ponle el dedo al picadero». Se nos invita a poner en la sombra al prójimo con ese tipo de cagada publicitaria. Como si el problema se resolviera echándole la culpa a otros. Pero todo es una cínica mentira, inventada como estrategia para la vigilancia y el destierro para atenuar y sofocar a los desadaptados. Así, gracias a la "cultura de la legalidad", una variopinta fauna, después del nefasto diagnóstico de la doble moral, acaba metida en un solo costal donde no se aceptan las distinciones, todos con el mismo rasero: malechores, desviados, rebeldes contestarios, renegados, heteróclitos, criminales, lúmpenes, etc.
Unos cuantos son todos.



ANTIDOPING EN LA ESCUELA


¿Qué opinión cabría en un espíritu antiacademicista y opositor de los
consejos escolares como el de Baudelaire, si acaso leyera una nota como la siguiente?: «El tecnológico de Baja California (TBC) realizó un examen antidoping que arrojó resultados satisfactorios para los directivos, al detectar solamente una persona que utiliza sustancias prohibidas. • Su director, Jaime Bernal de la Parra, consideró que es la única institución a nivel estatal (¿?) considerada "libre de drogas" y anunció que continuarán con los operativos para los estudiantes. • Un total de 184 alumnos de nivel medio superior fueron examinados y se contó con la cooperación de los profesores, según explicaron. • Por su parte, Heriberto Lugo Gamboa, coordinador del progama antidoping y director de extensión cultural, dijo que el propósito es dar a conocer esta clase de programa. • "El TBC es una escuela con principios y valores fundamentales morales (¿?), dentro de sus proyectos es que sea una escuela que sea libre totalmente de drogas", señaló. • De manera continua se monitorea a estudiantes (¡!), dijo. • El encargado de aplicar las pruebas fue el químico Mario Walther García, quien explicó los parámetros y técnicas utilizadas» [El Vigia, Ensenada, publicado en Frontera, 6 de octubre de 2004].

Hay cabezas huecas, chatas y embadurnadas de estiércol que, creyendo en la bondad, pecan de malévolas. Con prejuicios quieren salvar al mundo. «Es imposible —dijo Baudelaire— recorrer una gaceta cualquiera, de no importa qué día, qué mes, o qué año, sin tropezar a cada línea con los signos de la perversidad humana más espantosa, al mismo tiempo que con las jactancias más sorprendentes de honradez, de bondad, de caridad y las más descaradas afirmaciones relativas al progreso y a la civilización».

En la supresión de los estimulantes y en la parca sobriedad radica, según esos melolengos, la limpidez moral y los buenos valores. Farolitos que vienen a iluminar el oscuro vicio de los estudiantes, son esos cabrones del Jaime Bernal de la Parra y su escudero el Heriberto Lugo Gamboa; apologetas de una moral de mostrador. Guardianes infames que meten las manos en los sueños ajenos y particulares como si se tratara de sus bolsillos. El poeta maldito tenía razón cuando afirmaba que una moral así propagada sólo puede mantenerse mediante la hipocresía, y creer que basta una moral superficial, de ese tipo de formas y convencionalismos para llegar a ser honrado es la peor engañifa. Esa sicología escolar apesta porque deriva de una práctica de rechazo que equivale a colocar a los escuelantes en condición similar a la de los leprosos: exclusión-clausura en manos del poder disciplinario. División binaria y marcación de doble juego: loco-no loco, peligroso-inofensivo, normal-anormal. Es una realidad confeccionada para sublimar los efectos negativos del poder: "excluye", "reprime", "rechaza", "censura", "abstrae", "disimula", "oculta". Todo queda petrificado en sus rituales de disciplina, y sólo hay de dos sopas en el espeso caldo de los registros neofascistas: contagio o castigo.

Para Michael Foucault, estas sutilezas y maneras de encauzar las conducta representan a fin de cuentas «humildes modalidades, procedimientos menores, si se comparan con los rituales majestuosos de la soberanía o con los grandes aparatos del estado. Y son ellos precisamente los que van a invadir poco a poco esas formas mayores, a modificar sus mecanismos y a imponer sus procedimientos. El éxito del poder disciplinario se debe sin duda al uso de instrumentos simples: la inspección jerárquica, la sanción normalizadora y su combinación en un prodcedimiento que le es específico: el examen».





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