Crítica de literatura contemporánea.

Monday, November 22, 2004

Vertedero de cretinadas


Por éktor henrique martínez



EL CASTING METAFÍSICO DE UN TAL HYEPEZ



Sin embargo, muchas personas viven acomplejadas
por su nacionalidad, o carajo, su color de piel.
Ahí tenemos el caso de su enemigo, Heriberto Yépez.
El Beam



EL YÉPEZ, TAN RELEVANTE COMO EL CHUPACABRAS



ADVERTENCIA: En pro de una petición de clemencia que enviaron al Charquito algunas monjas samaritanas, capitaneadas por la doctora Rosa Meleño, solicitando que ya deje en paz al Yahír de la letras tijuanenses, so riesgo de que su capilla tertulera quede acéfala y sus seguidores, hundidos en la orfandad chamánica a falta de guía, he decidido abortar la empresa de chingarle la borrega a este oportunista eterno que —a pesar de la galopante crisis económica por la que atraviesa nuestro maravilloso país— se niega rotundamente a abandonar el apotegma del Tlacuache: que vivir fuera del presupuesto es un error. Aunque me cuesta creerlo, me han dicho que el bato está casi desfallecido por causa del carretón que le tira la perrada bloguera; que casi ni come, y en cuanto trata de ponerse en pie, el bato se desmaya. Afirman algunos que, en su caso, bien podría hablarse de un estado de enajenación mental que ya amerita estancia en en un centro siquiátrico. A raíz de lo anterior, el Yépez fue examinado por sendo grupo de especialistas en pedos de la guasiadez que manifestaron que el batillo tiene una personalidad insestable. Declararon los loqueros que, en su infancia, sufrió muchas privaciones materiales y afectivas, y que hoy, ya en edad peluda, de manera inconciente, efectuando mamaditas literarias, quiere ser el centro de la atención y sentirse admirado. En definitiva, una forma patológica de comunicación.





CLOSE UP

En las paredes del Pabellón Siquiátrico Muncipal de Tijuana hay infinidad de grafitis y mensajes escritos con clavos, corcholatas y puntas de vidrio. Me fijo en una donde se ha anotado esto:


«Yépez, regresa a tu cantón. Pero no se te olvide, Heriberto, tomarte tus rivotriles. Firmado: Tus amigos, el Chango y el Beam.

Luego que el Yépez abandona el changarro para recluir lorenzos y piratones, se sube a un taxi. Una ruquilla malencachada también sube a la misma ranfla. El Yépez, queriéndose hacer el caimebien, le pregunta a la ñasca.

—¿Para dónde vamos, tía?

La ruca, muy indignada por esa mamada del igualado, le responde lacónicamente:

—¡Usted, a la verga, y yo a tomar otro taxi!


COMPENDIO DE LA NEUROSIS


El gran personaje, creado por las naderías de su alter ego yepeziano, se levanta de su nido tertulero y salta al vacío. Sus estridentes chillidos me despiertan. Bate sus alas enzarzadas de estambre sacado de los hilachos de una bufanda que la Sari Bermúdez dejó olvidada durante una noche de peda en el chupadero el Turístico. Haciendo alarde de peroratas pueriles, glosando errores y desgaliñados apuntitos contradictorios, sustancia del sufrimiento que viene arrastrando desde la infancia, confunde la ridiculez con la virtud. Suma perfecta y a la vez grotesca de la desvergüenza y la pedantería. Denigra la labor de los verdaderos escribanos en la medida que indigesta el cerebro de quien lee su gorronería egocentrista. Narcisista que no se mueve sin viáticos cada vez que se explaya en extravíos y delirios de diva letrera, pero creo que guarda más similitud con la reina del peor pastiche. Se ha empecinado en ser escritor, pero... ¿se puede llamar escritor a alguien que escribe refritos y no llega a conseguir ni tres lectores? A veces él mismo se autosocorre comprando sus libros que se mosquean en las librerías. Todo lo que le publican termina en un hoyo negro, su palabrería cuajada en textos no es más que una oquedad; escritura como cerrazón de lo indecible. Debería revelarnos la fórmulita para no ser leído. Como dice el Beam, el bato, a parte que utiliza el cobarde sistema del cerrojo (tirar la piedra y esconder la mano) «no escribe por pasión. Escribe como accesorio. ¿En qué consiste eso? En que para él, la acción de aplastar tus dos nalgas frente a un teclado y teclear no es algo placentero o divertido».

Y todos los apologistas de su desmirriado club de culturosos (al que denominan «Crossfader Network» o «TJ Bloguita Front») andan por los mismos derroteros.





IMAGOS DEL YÉPEZ


La esencia del Yépez es la intervención estratégica de su mamadora sobre la ubre estatal del CONACULTA. A este personaje lo seduce la leche presupuestal porque remembrana musas por su esfínter. Para chupar la teta oficial, el Yépez heredó una trompa de hule no reciclable; «ingenio» para solucionar, vencer o fugarse momentáneamente de la piojez que lo atosiga. El Yépez —nacido como figura postmoderna en los años 70 en una colonia infestada de cholos, la que hoy él ha bautizado como Norteamérica— ataja con su máscara farsesca, tanto que dice ser al autor del Ulises, pero escrita en versión Chalino Sánchez. El Yépez proviene de la cultura narco-pollera, nieto de un viejo cerrajero de la Zona Norte apodado el Llavero Solitario. Es ese ruco quien nos ofrece una clave para desmitificar al Yépez, una suerte de Polifemo enano entre los pacheros y mafufos que le han dado el nombre de «Nadie»; o sea el Yépez haciéndose pasar por un escritor mediante artificios desgastados. Es la forma en que se involucra con los culturosos mamadores de becas, dándose baños de sabiondo falaz para alterar su identidad de arrabal. Pero el personaje Yépez, en su clandestinidad y nuevo cliché, es un odioso y pedante chupapollas. En él convergen el zampaboñigas y el cretino. Sin embargo, el Yépez es un personaje romántico. En su función de destrucción, sabotaje o robo del patrimonio presupuestal de los mexicanos cumple el rol ordeñador de partidas económicas que bien pudieran destinarse a mejores menesteres como dar de comer a unos cuantos indígenas desnutridos, o «prankster» o punkis de la tribu folk, como él les llama. (Duchamp no fue un Yépez, pero el Yépez quiere ser un Duchamp). El Yépez, cada vez que hay quebrada, asegura el rito de la transgresión becaria en la sociedad parasitaria; conserva así la certeza de que el capitalismo ha sembrado el germen de su propia destrucción y, por tanto, no hay razón para ponerse a trabajar, si, al final de cuentas, pues al mundo se lo va a cargar la chingada. El Yépez, enemigo de la de pala y el martillo, sin embargo, comparte con algunos albañiles los áureos ideologemas de clase macuarril; esa que sostiene al capitalismo: o sea el individualismo yepeziano, la metafísica de emprendedor de la güevonería, nadando contra la corriente de leche que mana de la chichi becaril, ingenuamente (o fingidamente, según sea el caso) afirma que así habrá de renovar al sistema.

A través del personaje del Yépez, tótem putañero y todavía amateur de la baquetonada, el imaginario del entorno culturoso crea un hombre (joven, tenaz, pero megagüevonsísimo) que no puede vencer las ganas de no camellar como Dios manda o cuando menos infiltrarse en las relaciones de producción, de plusvalía (el Yépez es el espermatoize que no logró penetrar en el óvulo donde surgieron los batos chambeadores). El Yépez es un contrapeso a esos personajes, le encanta la negociación lumpen y es afecto a drenar la ganacia ajena. El Yépez, como muñequita de sololoy, quiere mantener finitas las palmas de sus baisas, salvaguardar la tersura como si fueran nalgas de princesita Lilí Ledí, sin importarle qué tanto el prójimo se parte la madre para medio sobrevivir; que avance el pendejo —dice él— habrá siempre suatos que se dejen cabulear por un agente capaz de echar cuanto chorizo se le ocurra para decodificarle el salario mínimo cuando la malilla lo ponga en decúbito supino. El Yépez es un personaje que pertenece al mismo juego de emociones truculentas entre el progresista de cartón y el clon ultrarreaccionario. El Yépez es una de las fantasías de equilibrio entre esas dos entidades. Habrá qué ver cuál de ellos lo revienta, crackeándole su sistema cagarrutano, o lo restablece, devolviéndole la gilipollez tremebunda. Su función literaria, además, ha quedado claramente definida por la gama de estulticias e incoherencias que se ha dedicado a cultivar desde este culo de San Diego. El Yépez es un personaje analgésico a los lectores. El Yépez calma miedos de analfabetos funcionales. Nos asegura que el hombre puede intervenir en la cultura o reconducir el desarrollo culturoso llevando una montaña de ignorancia sobre la espalda —especialmente si es algún cuatacho suyo —; impedir que las personas gusten del rollo cultural parece ser una de sus tareas que le ha encomendado el CONACULTA; esclavizar en la estupidez que sea lo apropiado. Además, el Yépez calma la inquietud por tirar firula en la compra de inútiles libros que nadie (o casi nadie) leerá; motivo central: el apagón de la Razón. Por eso, precisamente debemos darle gracias a su connotada culerada de geek o nerd egoísta, es un personaje del irracionalismo al que solamente unos cuantos tienen derecho a usufructuar. El Yépez reinstaura la desconfianza en la Razón. El Yépez es un Supermamón de la baja e ínfima inteligencia. El IQ de un burro, como prueba de que la Razón no sirve ni para chingadas madres (aliada a la mediatización, peor tantito) no permitirá que el mundo caiga en manos de la lucidez y de la claridad mental. ¡No os preocupéis! Cada vez que el mundo esté a punto de ceder a las fuerzas de lo racional, este güey del Yépez reaparecerá. Un Yépez —disfrazado de chico underground, compuesto de otros yepezitos variopintos— emergerá entre las ruinas y salvará al elitismo panochero. Esa es una de sus principales tesis morales fundamentales; está convenientemente autoconvencido que no se puede equivocar porque al final todo regresará a su buen cauce de desigualdad social. En este sentido, eso le da tranquilidad. Pivote de la insensatez que —como si todo lo anterior fuera poco— representa la mariconería oportunísima del credo «at the right moment at the right time»; desde el sector predilecto de la cultura mierdera que representa este joven o avejentado teenager de la charlatanería. El Yépez es the ultimate Frijolero héroe cretino. El valor del esfuerzo individual que no conoce lo que es el auténtico esfuerzo. La función diarreica del intelctual de postín; el triunfalista chuipapollas fronterizo; el espíritu empañador de mentes limpias. Dentro de la fantasía putañeril, el Yépez interpreta —si lo observamos muy de cerca— un rol conservador. Es el superhéroe estercolero que intenta salvar al mundo (¡conectadísimo con la hipocresía más ruin!) por medio de puras puñetas mentales. Esta es la causa de que tan fácilmente el imaginario de melolengos en torno al Yépez se vuelva insoportablemente tan estúpido, tan kitsch de cagada, idiota o infantiloide, en espera que le llenen el cráneo de materia fecal.

La parafernalia del Yépez —desde su vocabulario cursi e incongruente hasta sus tartamudeos metafísicos— se caracteriza porque, rápidamente, envejece. Y es que su personaje específico pertenece a una negociación de lúmpenes alimentados con sobras importadas del intestino grueso y demás órganos cagarrutanos. De esta forma se trazan los rasgos propios de su calaña, y no está de más decir que comparten las mismas características antiaxiológicas pelafustanes doble cara como el tal Reyna y el Chamuco, entre otros arribistas sin escrúpulos, engendros de la crisis de la cultura posmoderna; variantes de un mismo númen; imagos de sus propias desfiguraciones que no son más que caricaturas hipócritas de la duplicidad ética de la aldea global, estúpida esquizofrenia social, tediosamente contemplada por los iconos académicos que no aprendieron a trabajar sino a vegetar como parásitos, merced a su contacto con la cultura.

Esta es la heroicidad contradictoria del Yépez que apenas nace como pergeñador de pasmosas notitas literarias; compulsiva obsesión de mirarse en el espejo y, acto seguido, negar su existencia, despreciándose así mismo bajo el impulso de su pedante temor, ambivalencia, incertidumbre y sentimiento de culpa.




RIVALIZANDO CON FREUD


El Centro Batiano de Desprogramación y Desmitificación de Culturosos se complace en presentar otra de las innumerables facetas de un escritorcillo que, cada vez que garrapatea sus esputos seudoliterarios, tal parece que hace una invitación para que jamás lo lean. Debido a la mendacidad filosófica groseramente fragmentada en sus papeletas editoriales pro ICBC, su instinto de rebeldía desmontable —según la ocasión— ahora se transfigura en piedad narcisista y catexia parafrénica que se revitaliza en el umbral de la sicología de mostrador acicalada por el Cuauhtémoc Sánchez y en acicates de quejumbroso froidismo de tercera base.

Me refiero a un ebanista del camelo y la pirueta mental, adicto al prevaricato culturoso, rehén de la chichi presupuestal, que responde al nombre y apellidos de Heriberto Martínez Yépez (nomás que el bato —quizá por la autocontención al complejo de Edipo, o por el odio de bastardía que le tiene a su papirrín— únicamente se arrima, como primerizo, el apellido materno, omitiendo el el del padre-castrador que le ha exigido al niño que renuncie a desear a su madre.

Su superyó, representando la pulsión de muerte en la personalidad postedípica, condena a no se sabe quién (¿ambigüedad latente en el autodistanciamiento?; ¿acaso se referirá miguel, al Chango, a Julio el Sueco o al Beam?; la imprecisión cobarde —misterio del encanto— sólo en figuras maginarias que inventa por conjura de su superyó que se ha convertido en su propio espejo). Y es que los deseos reprimidos y las torturas síquicas pugnan por ser expresados como fenomeología de un deseo inconciente.

El pobrecito del Yépez, incapaz de establecer un intercambio consigo mismo, se sustrae de la dialéctica en la cual solamente llega a representar el papel de esclavo ante el amo, yuxtapone su pellejo en la calaca de otro, mientras, a duras penas, se traga la amarga saliva de su desdicha. ¿A quién dirige su despliegue de indeterminaciones abstractas, su discurso autogenerativo?

He aquí su aportación al mundo del sicoanalisis. Escuchemos pues el dictamen pericial del ahora especialista en asuntos que superan las teorías de Lacan, Jung y Freud. Estúpido prejuicio pequeñoburgués que opta por acusar chifladuras del coco.


«Ya se te botó la canica. Ya estás delirando bien cabrón. Nada más observa la estructura de tu propio texto, es un espejo de la descomposición de tu personalidad».

¿No les parece que el bato se recrimina así mismo? No puede soportar que lo desenmascaren y le digan sus verdades. Pobre cabrón, se comporta como quinceañera mancillada y reacciona como si fuera jarrito de Tlatepaque (corriente y muy sentido el güey).

Luego, desmesuradamente hincha el buchi y suelta esto:


«No he tenido mucho tiempo últimamente para invertirle al blog, pero he aprendido mucho en este periodo. Me di cuenta, por ejemplo, cómo podemos estimular la neurosis de otros sencillamente por escribir un post que aluda a crisis internas, y ¡pum!, se les bota la canica. Arman un mini-desmadre por puras tonterías. No los invitan a un festival y se emputan y critican todo, como a un niño que se le cae la paleta. Sienten que el mundo no los estima y que los que avanzan, no lo merecen, en fin, se descomponen, cumplen un cuadro clásico de neurosis cabroncísima, letal. Pero es bueno esto, porque en una crisis neurótica es importante explotar, pum, que salga lo peor de ti, todo, revienta cabrón, te conviene, neta, te lo digo en buena onda, saca toda la mierda que tienes, exponla, caga todo lo que traes adentro, este periodo de catarsis por el cual estás atravesando te puede dar una oportunidad para sacar toda la porquería que has ido consumiendo, todos tus fantasmas, a mí no me afectan tus ataques, yo soy un escritor y una de las funciones que socialmente articula el escritor en nuestras sociedades es, precisamente, despertar los fantasmas, provocar crisis existenciales en otros, pero no pierdas de vista algo, sálvate. No te vayas a quedar en el viaje de tu desvario. Estás en un mal viaje, por eso te has convertido en una caricatura y no soportas a nadie, revientas. Es claro que al atacar a todos los que atacas (y observa: atacas a todos) estás atacando partes de tu personalidad que esas personas, sitios, obras, representan como símbolos probablemente inconscientes o semiconscientes de figuras familiares, sociales o partes internas tuyas que te están atormentando. Una vez que explotes, y lo estás haciendo, modifica tu vida y una clave, recuérdalo, es encontrarte a ti mismo, dejar de victimizarte, bajarle a tu paranoia, abandonar tus miedos de fracaso, no denigres al lenguaje, sálvate, camarada, de verdad que sería chingón que pasará el tiempo y un día, veas la calle, a los otros, y estés feliz. De mí di todo lo que quieras. Yo me rió de todo, no me asusta nada, estoy más allá del bien y del mal y ahora, te lo digo en confianza, estoy pasando uno de los periodos más chingones de mi vida. Estoy contento, me preocupa lo que está pasando en el mundo, pero tengo un montón de amigos, el dinero está fluyendo bien, publico en muchas partes, viajo a cada rato, me encanta la mayoría de las caras que veo y te voy a confesar algo más, si te hablo de neurosis es porque yo la conozco súper bien y sé lo que significa, así que, sin ironía, vas bien, estás explotando, pronto vendrá una posibilidad de calma. Vas a mejorar, don't worry».


En al anterior pathos yepeziano, se vislumbra la bestia negra de la congoja, que se actualiza en alma lacerada como presencia abstracta de su conciencia escindida y polimórfica. Rebelde frustrado que —confundiendo el síntoma con la causa— en el afán de endosar a otros su neurosis para protegerse de realidad desagradable (disfraz de sus inhibiciones) termina convirtiéndose en un conservador partidario del darvinismo social. Esos reparos sólo pueden nacer de la estupidez o la ingenuidad; la felicidad se revierte en sufrida pena. Y....


—¡Aguanten la riata! Vamos a unos comerciales.



EL LIBRO DE LA SEMANA


Se encuentra ya en librerías de prestigio y tiendas de autoservicio el nuevo best séler del Yépez, titulado «El rebozo de la Sarí Bermúdez y yo también le quisiera ensalivar el anillo al Papa.



MEA CULPA

Ahora, ante los altos costos de las terapias de sicoanálisis, aprovechemos las grandes lecciones que nos da el señorito Yépez. Vaciemos el cocido sicologista que hoy nos ofrece. No se vayan a quemar el ego, pues el caldo está al punto de ebullición.

Cuando el Yépez se mira en su espejo, me alegra saber que está de acuerdo conmigo con respecto a lo que yo digo de él. Arroja por la borda toda vacilación o reticencia y así se abre de capa:


«Ya se te botó la canica. Ya estás delirando bien cabrón. Nada más observa la estructura de tu propio texto, es un espejo de la descomposición de tu personalidad».


Acto seguido lanza una perorata de desenfrenado individualismo hip hop, producto de una domesticación de Nietzsche: «No he tenido mucho tiempo últimamente para invertirle al blog, pero he aprendido mucho en este periodo».
En cambio, parafraseando a Sócrates, yo sólo sé que no sé nada.

Modestilla musa: «Me di cuenta, por ejemplo, cómo podemos estimular la neurosis de otros sencillamente por escribir un post que aluda a crisis internas, y ¡pum!, se les bota la canica. Arman un mini-desmadre por puras tonterías. No los invitan a un festival y se emputan y critican todo, como a un niño que se le cae la paleta».
Esos son unos maricas sin escrúpulos.

Trastueca como intrusa en el campo del prejuicio con meras afirmaciones, amalgama de errores y supersticiones: «Sienten que el mundo no los estima y que los que avanzan, no lo merecen, en fin, se descomponen, cumplen un cuadro clásico de neurosis cabroncísima, letal. Pero es bueno esto, porque en una crisis neurótica es importante explotar, pum, que salga lo peor de ti, todo, revienta cabrón, te conviene, neta, te lo digo en buena onda, saca toda la mierda que tienes, exponla, caga todo lo que traes adentro, este periodo de catarsis por el cual estás atravesando te puede dar una oportunidad para sacar toda la porquería que has ido consumiendo, todos tus fantasmas...».
Semejante fantasía me llena de emoción. Sino fueras un necio fanfarrón te la creería, men.

Alarde de supremacía: «...a mí no me afectan tus ataques...».
Ah, entonces ¿porqué escupes gruesos pedazos de coraje? La sórdida rabia te sube de las patrullas a la chompeta. ¿No te has dado cuenta que el coraje huele a una mezcla de culo y guasaina? Piensa en mi verga metida en tu culo y todo se aclarará.

Luego confundes la actividad de escritor con las labores propias de los serenos y velardos, además de hacerla de espantasuegras o de viejo cucú: «...yo soy un escritor y una de las funciones que socialmente articula el escritor en nuestras sociedades es, precisamente, despertar los fantasmas, provocar crisis existenciales en otros...».
¿Y cómo se exorcizan los fantasmas?; ¿con epítetos?

Imitando el estólido aire marcial de tícher: «...pero no pierdas de vista algo, sálvate». No te vayas a quedar en el viaje de tu desvario».

Con el dedo metido en el diofun, malparodias a Bob Esponja: «Estás en un mal viaje, por eso te has convertido en una caricatura y no soportas a nadie, revientas».
Y, en efecto, como decía Mailer: una enfermedad insípida requiere un purgante violento; por ejemplo: eyacular en los retretes.

Caes en posturas conservadoras: «Es claro que al atacar a todos los que atacas (y observa: atacas a todos) estás atacando partes de tu personalidad que esas personas, sitios, obras, representan como símbolos probablemente inconscientes o semiconscientes de figuras familiares, sociales o partes internas tuyas que te están atormentando».
Aconséjanos, entonces, el onanismo. La culpabilidad —dixit Mailer— suele revestir cualidades afrodisiacas.

Basta cumplir con esta estimulación suplementaria y cualquier cabrón, gracias a tu existencialismo casero, será otro: «Una vez que explotes, y lo estás haciendo, modifica tu vida y una clave, recuérdalo, es encontrarte a ti mismo, dejar de victimizarte, bajarle a tu paranoia...».
Por ejemplo, graduarse de violador o buscar el santo Grial.

Para ser un chinguetas hay que seguir al pie de la letra este didactismo melindroso: «...abandonar tus miedos de fracaso, no denigres al lenguaje, sálvate, camarada, de verdad que sería chingón que pasará el tiempo y un día, veas la calle, a los otros, y estés feliz».
Oh, amable señor, qué galante y bondadoso sois. Sí, venid a mí, dulce cucaracha para que os dé en toditita la puta madre. Porque el amor es dialéctico, de ida y vuelta, odio y dulzura, que al final se convierte en una traída y llevada putería.

Qué ominosas palabras las tuyas: «De mí di todo lo que quieras.»
Faltaba más, mi buen. El desprecio envuelve al mundo.

La costumbre de darse cachetadas en las nalgas mientras escuchas aquella vieja rola del Roberto Carlos, bailando en la cuerda floja de un gastado maniqueísmo: «Yo me rió de todo, no me asusta nada, estoy más allá del bien y del mal y ahora, te lo digo en confianza, estoy pasando uno de los periodos más chingones de mi vida. Estoy contento, me preocupa lo que está pasando en el mundo, pero tengo un montón de amigos...».
¿Porqué no te haces joto y pones un alto a todo ese sufrimiento que te cargas? Acuérdate del personaje de Albertina en la obra de Proust.

Has dejado atrás tu pasado de paria (pero recuerda que ser sodomizado entraña una humillación irreparable): «...el dinero está fluyendo bien, publico en muchas partes, viajo a cada rato...».
¿Y todavía tienes la absurda osadía de declarar eso? Qué poca madre.

De los pocos adictos al amor platónico: «...me encanta la mayoría de las caras que veo...».
Espero que no te vayas a topar con la feis de la Lyn May.

Como un renacuajo sometido a un proceso de mutación: «...y te voy a confesar algo más, si te hablo de neurosis es porque yo la conozco súper bien y sé lo que significa, así que, sin ironía, vas bien, estás explotando, pronto vendrá una posibilidad de calma. Vas a mejorar, don't worry».
Ta bien, pero da la casualidad de que yo no soy un bastardo; que es tu vertiginosa vergüenza.
Pero no hay pedo, para consolarte, dilo como Louis Culafroy, nacido como Jean Genet en un pueblo francés: "Me doy cuenta, por algún cambio indefinible e imperceptible, de que es un estremeciento de amor: punzante y delicioso al mismo tiempo, debido, tal vez al recuerdo de la palabra vergüenza que iba unido a él en un principio." [El milagro de la rosa, p. 76].

Pero qué cabrona es la opresión; origina en sus víctimas una sicología muy peculiar. Ya lo dice el putete de Genet: "Tras la careta de cualquier hombre blanco de la calle se esconde un pobre negro amedrentado."





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