Crítica de literatura contemporánea.

Wednesday, December 15, 2004


LA PIYAMA DE MADERA





Arrúgate la piel con los años
Rasta trasquilado por el sistema
Don't forget the history
Las ratas del barco son las últimas en ahogarse
Sacrificarse es parte de la alegría
Una tercera parte del mundo pasa hambre
Y a mí me gusta besar a las mujeres con mal aliento
El próximo prójimo algún día tendrá novecientas noviecitas
La poesía es de nadie
Así que no vengan con reclamos
¿Qué es peor, ser un mal amante o un buen poeta?
Bebo Coca-cola en vez de cicuta
Excítame vestida de monja (jajajá)
Orrauay! -Telmiguát.
Open-yurs-ais
Nadie sabe qué cosa es el comunismo


Tengan cuidado con las flores
místicas del capitalismo
Son labios que no dan besos
Toda panocha tiene un precio
La sangre es salsa de tomate
Aprendí a malvivir del cuento
¿Y mi propina?
Que te la dé el culo el fraile
-¡Chinga tu madre!
-¡Dímelo en la calle!
Primero haz fila en la lista de espera
Pues antes que tú
hay quinientos cabrones que me quieren madrear.


¡Ven a poblarme el culo de patadas!
Machácame el corazón con pendejadas
Que al cabo la primavera no tiene olor
Soy el primero en olvidarla
Luciendo los tatuajes que me han dejado los rayos del sol
Mi sombra no merece la luz del champú solar
Ni la muerte ya se acuerda de mí
¿Cómo huir de sus huesos
que me llenan de quicio cada vez que estoy solo?
Paisano plagiador, timorato crepuscular
¿Has estado alguna vez enamorado?
Mejor ni hablar de hablar de amores bastardos
Ya te los puedes imaginar


A tus ojos les sobran ojeras milongueras
Les escurren lágrimas milongueras
Lágrimas de cera rodando por paredes de plástico
Todas lloran con la misma emoción estereotipada
Todas huelen al mismo perfume
Y se dejan penetrar cuando cierran las cantinas
¡Qué injusto es el mundo!
Mañana fui tu peor latín lover
Tu pájaro sin dueño con las de betún
Tu quiquiriquí que a nadie despierta
Tu matasellos disfuncional
Alfiler que no pincha
Muerto antes de nacer


Sol frío que no eyacula calor
¿Acaso licor con hielo?
Cuando me hablan del destino cambio de conversación
Cada vez que me muero
Me gusta resucitar sin pasaporte
Cuando no hay dinero cualquier pocilga es un palacio
Muerto estrenaré un piyama de madera
Me voy pero mis gusanos se quedan.




CARNET DE NOTAS SEUDOAFORíSTICAS


Dicen
que el primer libro
que se escribió
no tenía palabras •




Yo también creo que las rayas
de los burros de la avenida Revolución
representan la escritura más poética que existe en Tijuana •




La personalidad de un ser humano
no es otra cosa que el refinamiento
en el obrar de una bestia •




Como el agua es para el pez;
así es para un intelectual
la solemnidad mamona •




La estupidez anda suelta
y la cultura al garete •



PLAGIO BENEDETIANO


Hay noches
en que muero
y cuando amanece
(como no creo en la resurreción)
no tengo más opción
que inventarme •





DIFERENTE PERO IGUAL

Roba un banco
y te llevarán a Almoloya
Funda un banco
(que es lo mismo que lo anterior)
y te invitarán a Los Pinos •


Si Dios no tuviera
tanto negocio
y encargos que cumplir
le pediría que me ayudara
a escribir mis poemas •


No hay de qué preocuparse
de los asuntos ontológicos
Tenemos todo lo que dura la vida
para morirnos •






Tengo
mucha
razón
cuando
digo
que
estoy
loco •






EL PERRITO




CAPÍTULO 31



¿DÓNDE CHINGADOS ESTÁ NOGALES?




«¡Acércate, amigo! Mira este perro... ¿Es vuestro?»
Antón Chéjov




Completamente ruino llegué a Nogales. Traía una hambre espantosa; tenía casi dos días sin echarle al mono un refín. Me andaba cargando la jaria; ya no la aguantaba. Nomás me gruñían las tripas; sentía que el intestino grueso se comía al intestino delgado. Mugroso y apestoso, tanto que ni yo mismo me aguantaba la jediondez que cargaba. Lo único que me mantenía en pie era el puto orgullo y las ganas de llegar al cantón de don Mustafá pa que me hiciera una balona.
La curota que me van a agarrar las hijas del ruco cuando me vean llegar todo sarroso y valiendo madre, pero ni pedo.
No traía ni pa los chicles. Tanta firula que me mamé con la doctora; ni el talón me quedó del billetón que había cuajado. Decía yo —igual que el Pablillos de Quevedo—: «Malhaya quien se fía en hacienda mal ganada, que se va como se viene». Mucha lana tirada en menos de un añuco. Ni pa pagar el pasaje de Hermoso a Nogales. Me tuve que desafanar de raite con un trailero que se apiadó de mí y me tiró en el crucero donde está la carretera a Puerto Peñasco. De allí me la tuve que rifar a puro pincelazo hasta el centro de Nogales. Casi cincuenta cuadras a puro patín para aterrizar en la cantona de Mustafá. Taspaneándole por fin divisé el changarro de ruco.
Cuando guaché que no había carros en el estacionamiento del negocio comencé a presentir que algún pedo había ocurrido. Ah, cabrón, si a estas horas el parqueadero ya estaba hasta la madre de ranflas. Qué raro está el birote, ¿qué pasaría? Caminé hacia la parte de atrás pa ver si estaban los morros talacheros de la cocina. Cuando iba atravesando el patio, escuché que alguien me habló.


—¡Ey, bato! Caile para acá. —Era el Caracol, un saico que jalaba lavando carros.
—¡Quihubo, compa! —le dije, luego nos saludamos de baisa—. ¿No está el ruco en el changarro?
—Ni te acerques, carnal —me advirtió el batillo, volteando la cabeza pa un lado y pa otro, como queriendo darle color a algún güey—. Ta bien caliente aquí.
—Y ¿ese pedo? —le pregunté, sacado de onda.
—No'mbre, manito. Si te contara cómo estuvo el pedo.
—¿Qué pasó, bato? A ver, desembucha.
—Se armó un pedo; se le cayó el cantón a don Mustafá. Bien machín. Lo tronaron gacho al ruco.
—¿Cómo estuvo?
—No, pos... cayeron unos macizos, armados hasta el culo. Como diez ranflones de a cinco cabrones en cada una; bien encuetados se apearon de esas madres y, cortando cartucho, se tendieron sobre el ruco y lo tronaron. Yo no vi el pedo, pero don Polito, el bolero de enfrente, me contó cómo estuvo la acción. Él me dijo que guachó todo el pedo.
—Y ¿qué ondas?
—Lo quebraron... a tu patrón, men. Y de paso se llevaron las calacas de dos tres chalanes que jalaban con el ruco. Eran más de cuarenta güeyes los que cayeron. Gente del Chivo Ledesma; compró la plaza de Nogales y ahora él es el macizo.
—Oye, pero si don Mustafá estaba bien parado.
—Estaba... tú los has dicho.
—¡Qué culero! ¿Y que pasó con las morras, bato? —pregunté, intrigado.
—La jainita más morra fue la única que la libró, porque estaba (dice don Polito) que en la escuela, en la uni del otro saite. La otra jaina, la chonchita, la que le hacía el paro al ruca... también la reventaron.
—¡Puta, madre!
—Qué bueno que te vi, bato. El restaurante del ruco lo tienen vigilado; yo creo que pa ver quién cae. De chingaderas te divisé cuando venías. ¿Porqué andas todo mugroso, carnal?
—Si te contara lo que me pasó, compa. No me ibas a creer —le contesté, medio agüitadón, que hasta el hambre se me quitó.
—Vamos pal cantón, bróder, pa que te des un chágüer y te cambies de garra.
—Uuuuh, qué a toda madre, bato. Gracias por el parote. No me la acabo, jomi.
—Sí, güey, se te ve que andas bien jodido.
—Bien dicen que las desgracias no vienen solas —agregué, mientras me rascaba la chompa y seguía al bato rumbo a su cantón. Me quedé callado pensando en las hijas de don Mustafá •
















EL VOYER


Un chasquido de lengua.

—Bueno, sino tienes mucha imaginación, por lo menos con un eructo termina lo que has empezado —murmura preocupado, hablando consigo mismo.

Se muerde el labio inferior, y enseguida suelta un torrente de lágrimas. No es que sea un sentimental. No, la congoja le viene a causa de la última reprimenda que le dio don Germán, su padre.

Alguien se acerca. Es Valeria su hermana. Rápidamente cambia de actitud y finge buen humor. Seca las lágrimas con el puño de su camisa. Le da pena que lo vean llorar.


—Maldita soledad —murmura en silencio.


Es una de tantas ocasiones en que se siente abrumado, incomprendido, confundido. Ese estado emocional parece en él un hábito anacrónico. Prefiere automarginarse. Ha firmado un pacto consigo mismo para estar en soledad.
Piensa que de esa manera se forman los escritores.


—Empezar a escribir desde el final o desde el principio, da igual para este relato. De todas formas tengo que concluirlo esta noche. Debo escribir... necesariamente.
Pero... ¿porqué debo ser yo el que escriba este relato? En fin, más vale que lo empiece a escribir. Pero ¿quién carajos me pide que lo haga?

Otra vez la interrogante:

—¿Porqué yo...?

Los ojos de un intruso atisban por la hendidura que tiene la pared contigua al cuarto de huespedes que alquila doña Julia, la madre del incipiente escritor.


—Ahí está ese pendejo, otra vez escribiendo sus naderías. Vamos a ver qué pinches mentiras suelta ahora. Debería de dejarse de mamadas y ponerse a trabajar como Dios manda, en serio. Agarrarle sabor a la vida de otra manera que no sea la estúpida actividad holgazana de embadurnar hojas con mentiras.

[Me caga en la puta madre ser cursi, pero al voltear la vista hacia la calle veo dos perros, mejor dicho un perro y una perra, pretendidamente dispuestos a hacerse el amor. El perro le huele el culo a la puta perra. Al cabo de unos cuantos minutos terminarán ensartados y, seguramente, la perra, que es de mayor tamaño que el can varón, acabará arrastrándolo por la banqueta; después cada animal agarrará su respectivo rumbo —ni modo que vivan juntos—; así sucede siempre que la mujer gorda, la esposa del talabartero, les grite a los chuchos calientes (como si los pinchis perros entendieran nuestro lenguaje), y les espante el apabullante ligue carnal, y nada abstracto, aventándoles la moralina incidental de siempre: «¡perros cochinos! ¡Fúchilas!»].

Volvamos a lo de las mentiras que este cabrón se imagina que son verdades.

Ahí está el pobre pendejete, con su mirada de loco, con sus ojotes clavados en el infinito, le revolotean las puplilas como si estuviera sufriendo ataques de epilepsia. Tose como un fumador, pero yo nunca lo he visto con un cigarro en la geta. ¡Qué revolvedero de papeles! Por cierto, ni me había fijado en ese detalle, qué pinchis orejoatas de diablo se carga el infeliz, y flaco está, como si se hubiera tragado un sapo. ¡Ay, güey!, ¡ahora se jalonea los pelos! Qué saico está el bato. Se rasca un cachete.... Suelta la pluma... la agarra de nuevo y quiere escribir algo. Pero... parece que no puede vaciar la idea —la mentirijilla— al papel. Está bloqueado, sin inspiración. ¿Se le fueron las musas? Qué frustrante ha de ser esa chingadera que le sucede. Parece increíble qe alguien se pase más de dos horas mirando como estúpido una méndia hoja de papel; murmurando incoherencias y escupiendo soliloquios como deschavetado. Qué aguante de cabrón. A mí ya me hubieran salido almorranas.


—¡Tres horas con cuarenta minutos! ¡Puta madre!, y no ha escrito nada, ni una puta línea. ¡Eh!, ahora se mete el dedo meñique en un pozuelo de la nariz. Sigue con esos pinchis ojos de tecolote desvelado clavados sobre el papel. Está como petrificado el güey. Sino fuera por esas muecas tan horripilantes que hace, y que lo delatan como sustancia viviente, cualquiera daría por sentado que es un maniquí. Qué cuadro tan patético recibe hoy mi voyerismo. ¿Será acaso ese mutismo un ejercicio de previo calentamiento para que fluya la escritura? Yo lo dudo. ¿Así se la pasarán los escritores? Tanto tiempo en el silencio y en la inactividad. Qué manera de morir en vida.

¿Qué es eso que se mueve encima de los papeles? Parece un bicho. ¡Es una cucaracha! ¿Qué está haciendo con ella? ¡Está jugando con el animalejo! ¡Sí!
Le da una voltereta, la tiene acorralada entre sus manos. Ahora la voltea con la punta del bolígrafo. A la cucaracha le falta una pata.


¡Miren!, ya ha comenzado a garabatear algunas palabras; pero no deja de observar a la cucaracha; se ríe de ella. Nunca lo había visto sonreír. Dejó ya de escribir, parece que hizo más bien una pausa para mirar con rigor a la cucaracha. No alcanzo a leer lo que escribe. ¿Qué estará anotando el cabrón?

Doña Julia grita desde la cocina:


—¡Franz, ven a comer, ya está lista la cena! ¡Y, por favor, no molestes a Gregorio! ¡Luego porqué se enoja tu padre! •


















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