Crítica de literatura contemporánea.

Wednesday, December 29, 2004

Por éktor henrique martínez









NAVARRO Y SU HOTELUCHO DE MARGAYATE









«Cuando yo me muera,
el universo lanzará un gran ¡uf!»
Mme. de Rémusat









EL ASESINO SABE MÁS DE AMOR QUE EL POETA





Entre las ingeniosas obras destinadas para teatro que consigna el libro I, «Dramaturgia» de la serie de «El margen reversible» (IMAC, 2003) encontramos un esketch titulado «Hotel de cristal», cuya autoría corresponde al superesteta tijuanense Gerardo Navarro.


Antes de seguir de oficio con la presente causa conocerán ustedes de qué manera la parafernalia ensancha las estrecheces de ciertos individuos dedicados a la «artisteada perfomancera». Lo cual sucede por como procreación de la vanidad: cuna de las apariencias (no importa ser sino parecer); o dicho en términos nietzscheanos: «El hombre quiere hacer creer que vale más de lo que le autorizan sus fuerzas verdaderas».


Y con la mayor presteza que puede tener la vanidad, hermana de la lisonja y sobrina del camelo, en la página 133 del citado libraco aparece la bienechora trayectoria culturosa del creador del texto escenográfico «Hotel de cristal»; sus méritos y virtudes se hallan acrisolados en una ficha que, más que escrita por la mano de un simple mortal, parece que fue trazada por la Providencia. Procuren no hacer de tripas corazón cuando lean lo que sigue:






«Gerardo Navarro. Nació en San Diego, California. Es percusionista, dramaturgo, performer y mago. Cursó estudios en la Universidad de California San Diego. Ha impartido talleres de performance y poesía oral en Panamá, Nicaragua, Texas y California. Está antologado en Vicios privados (1997) y en dos tomos de la serie Teatro del norte. Ha colaborado con David Ávalos, Michael Schorr, Guillermo Gómez-Peña, y los grupos Culture Clash y El Campo Ruse. En 1997 obtuvo el premio The Best of the Net por un proyecto de poesía animada en el ciberespacio».






Pocas caridades hace Dios con tanta perfección. Bálsamo para sanar los espíritus afligidos de aquellos incrédulos que ya no creen en la existencia de los «hombres orquesta». Consideren ustedes, estimados lectores, lo fácil que ha de ser para el tal Navarro escribir una magna obra de teatro dotada de gran excelsitud y virtudes más inexpugnables que la dureza de una roca a prueba de smart bombs.
Y a propósito de vanidades rastacueras, ¿qué edad tiene el batillo? Silencio total porque en su ficha debe prevalecer la «política del engreimiento» que caracteriza a las divas que se indignan cuando algún impertinente pregunta su edad (verbigracia la María Félix). Tampoco se informa que el bato es un tijuanaco clasemediero de doble nacionalidad. Regüeldo que a fin de cuentas sale sobrando. Que su club de fans lo indague.








¡NO ME LLAMES BÍNER, PINCHE GRINGO PUÑETERO!




-¡Ey!, ¡ey!, ¡momento, bato!
-¡Qué pedernal?
-Déjame decirte que, ahora y de un tiempo acá, el autor del «Hotel de cristal», ha dejado atrás sus posturas antimetafísicas, pues lo que hoy le preocupa es la es rescatar «esencia mítica y religiosa» del arte y cree firmemente en la sique humana y en sus poderes como medio de resistencia ante la aplastadora industria global.
-¿A poco? O sea que el güey se retachó al redil de la tradición.
-Neta que sí, ...digo... no sé.
-Pero si el Navarro es un pinchi yúnior. ¿Cómo puede ser posible tal afirmación?
-Pues ya ves. Con decirte que trae una nueva obra llamada «El Mnemónico». Guacha lo que dice el pápiro este.
-A ver, presta esa madre pa leerlo.
-«El Mnemónico». ¡Qué chingón!, ¿no?
-¿Y cómo se pronuncia la eme? ¿Igual que la p de sicología?





«El Mnemónico, representado por el artista Gerardo Navarro, II, (1963), inicia su carrera como mago a los 11 años de edad, estudiando los principios de la magia con el mago argentino Robillini (rip), pintura con Mani Farber, escultura con Italo Scanga (rip), performance con Elenor Antin, happening con Allan Kaprow, spokenword con Jerome Rothenberg, comunicaciones con Dee Dee Halleck, teatro con Jorge Huerta, y dramaturgia con el Dr. Hugo Salcedo. El artista es originario de "Tijuandiego" [¿¡!?]. Estudió en la Universidad de California, San Diego (UCSD). Así como en el Centro de Artes Escénicas del Noroeste (CAEN)».





-¡Qué perro! Nomás hay que ver si como ronca duerme. Por lo pronto, vamos a guachar si de algo le sirvieron los cursillos que el bato tomó con los chamanes Robillini, Mani Farber, Italo Scanga, Elenor Antin, Allan Kaprow, Jerome Rothenberg, Dee Dee Halleck, Jorge Huerta y Hugo Salcedo.




¿De qué se trata el birote?, ¿de crear arte o de hacer carrera? Pregunto porque nuestro invitado parece inclinarse más hacia el nefasto «rocstarismo», contrariamente a lo que Becket sostenía cuando afirmaba que el artista está condenado a transformarse en un «don nadie».








EN BUSCA DE LAS SIETE LLAVES DEL MISTERIO




Ahora bien, habiendo quedado medio persuadido el lector de que el personero de marras es un chinguetas, ¿a qué osado le podría caber duda en su juicio si nos dicen los editores de «El Margen reversible» que el susodicho poeta, dramaturgo, performero y mago es un abono de virtudes y que se habilita con la sapiencia y experiencia de puros batos chichos y catetudos con quienes se codea?




-¿Duda usted que la obrita a la que ha dado luz carece de lumbrera artística?
-Yo sólo me reservaré el reconocimiento, la admiración y, en su defecto, los elogios, para el bato que los ha de merecer. Acuérdese que hay mucho lépero, y, según cuenta Baudelaire, fueron las mentiras las que llevaron a Poe a la soledad. Por tanto, para cerciorarnos de qué lado masca la iguana, vamos a proceder a evacuar vista. ¿Estamos?
-Naturalmente.
-Bien, no se hable más. Si el tipo está cojo se irá de hocico al suelo cuando le falten las muletas. Quiénquita que le estén dando ocho por dos, y nos quieran llevar al baile con ese cuento. Trataré de seguir la consigna de Antonio Machado a efecto de no confundir la crítica con las «malas tripas». O sea que procuraré non abandonarme hacia el relativismo epistemológico.
-Usted haga lo que quiera; a mí me vale verga. Ahí le dejo los cigarros y la botella de pisto. Nomás le encargo mucho el libro, cuídelo; fue un regalo de los editores de «El margen reversible».
-No se preocupe, seré su fiel depositario. Adiós, hasta luego.




Mientras don Capuleto agarra camino, yo empiezo a afilar la garra decidido a castrar la mona teatrera que parido el Gerardo Navarro, cuya «prima ratio» son los trillados y maleables temas acerca mal y los desheredados del bienestar globalizador, su apología a la indiferencia de reconquistar el «edén perdido», resultado de la estrepitosa derrota de la esperanza utópica, donde el mal se arroga toda autoridad, poder anónimo, que se abre camino a través de la posesión satánica.








Y COMIENZA EL DESTRIPADERO



Y, en efecto, mi intuición no andaba muy errada; pues descubro que el mago-poeta-performer, a pesar tantos estudios, influencias y determinantes coyunturales que le enjaretan en el prontuario biográfico ya citado, el bato irrumpe en el terreno culturoso ofreciéndonos un esketchito titulado «Hotel de cristal», pieza corta para teatro que, una vez leída, muy lejos está de pensarse que, al escribirla, su autor escupió en ella todos sus sesos.





Dos personajes intervienen como protagonistas de la acción:



• EL GRINGO, «hispano, veterano de la invasión a Panamá», y
• EL MORRO, «tijuanense del Cañón del Pato».








ACOTACIÓN DEL HOTEL TLACOTERO



A manera de preámbulo aparece en el texto, ideado por el poeta, megamago y dramaturgo, la siguiente acotación.




NOTITA: mis comentarios los meteré entre corchetes; es imperativo que así sea, pues la sintaxis está estructurada como si la hubiera estampado una verdulera.



"En una luz de la ciudad que alumbra un cuartucho" [que alguna alma caritativa nos dé la pista; ¿quién alumbra?, ¿la luz, la ciudad o el cuartucho?] "donde se fermenta" [se escribe: fermentan] "el más duro silencio y olvido" [otra pregunta: ¿en qué lugar se fermentan ese olvido y ese silencio nada blando?; además ¿cómo se fermenta silencio, o el olvido?, según sea el caso; y a propósito, ¿hay silencios duros?]; "un par de sombras llegan apresuradas" [construcción sintáctica incorrecta; el adjetivo no puede ser determinador directo del verbo, a no ser que se le agregue el sufijo mente, «apresuradamente»; ya que es función del adverbio; Por tanto, corrijo: «un par de sombras apresuradas llegaron»] "escondiéndose de la policía" [yo diría que ni falta que hace esconderse de la chota; ¿quién puede arrestar a una sombra?]; "entran y ponen un garrote de" [como] "tranca a la puerta" [la preposición correcta es: en]. "Están alterados y dispuestos a prepararse algo para fumar" [¿quiénes están alterados?; si se refiere a las sombras, pues lo correcto sería escribir «alteradas» y «dispuestas»; y ¿para qué tanto pinche prejuicio?, ¿porqué no dice lo que van a fumar?]. "Hay en las paredes:" [¿de dónde?] "poemas escritos con navaja, dibujos del chupacabras en bolígrafos" [ese chupacabras debe llevar mayúscula en su primera letra, pues se trata de un nombre propio, aunque sea un animalejo inexistente que inventó el Neto Zedillo para desviar la atención del «error de diciembre»; y en cuanto a la preposición «en» que complementa a bolígrafo, lo correcto es: «con bolígrafo»]. "La única ventana" [¿de qué lugar?] "está cubierta de aluminio" [¿no serán los vidrios de la ventana los que están cubiertos con aluminio?] "y tiene algunos hoyos por donde entran ráfagas de luz" [¡ah, chingao!, pues ni que fuera metralleta]. "La iluminación es tétrica, como de prisión" [¿a poco así es la iluminación de una prisión?]; "el único foco encendido sube y baja de voltaje. Al fondo del cuarto hay una tina llena de orines con" [donde está, hay, etc] "un patito de plástico que flota y se desliza lentamente" [entonces es un mar, con olas para surfear]. "Uno de ellos" [¿a quién se refiere?, ¿a un patito o a una de las dos sombas?], "apresuradamente se prepara a" [preposición correcta: «para», porque indica finalidad, no destino] "fumar cristal: calienta con una vela un foco roto" [¿verdad que no es el foco que endenantes dijiste que era el único que estaba encendido y que subía y bajaba de voltaje?] "que usa de pipa; mientras, el otro se acerca a la tina para orinar" [¡ufff!, ¡por fin, acabamos!].





«Hotel de cristal» se aproxima a un desmedro escenográfico de estructura despilfarrada y escrito con un lenguaje de gramática parda que presupone el modo particular de expresar las concepciones mentales y hábitos de los marginados, los sentimientos y emociones del populacho. Es un intento fallido de dramatizar una de las múltiples facetas del lumpendesarrollo de bajos fondos.








SÍNTESIS ARGUMENTAL
[O CUANDO LA AMARGURA NO ES TAN AMARGA]




Dos foquemones -el Gringo y el Morro- granujas que, además de tlacoteros son ratones, y que aparentemente la juegan de muy compas, después de aventarse un jambo de 500 lucas, llegan paniqueados a una pocilga (no se sabe de quién), donde se clavan para darse unos tanques de margayate (o sea de cristal, loquera también conocida con el apelativo caliche de tlacote, crico, chuqui, cricachú, fataché, cricrí, vidrio, cristo, cristóforo, cristina o crispín). La cantona donde se desarrolla la acción se ubica en el «cañón del Pato», una colonia popular de Tijuana. Mientras los batillos se pegan los flamazos de rigor, centran su cotorreo en conversaciones que se reducen a lo trivial, evocando desventuras y experiencias de la vida cotidiana donde lo más nítido que se revela en su parlar son los golpes de la pobreza y las debilidades de la conciencia que conlleva a las oscuras catacumbas del vicio, el delito, el lodo y la podredumbre.
Uno de los malandros, al que apodan el Gringo, sostiene el diálogo arrojándole a su interlocutor frases en español que combina con sintagmas del idioma inglés, una especie de simbiosis codificada en espanglés, elegancia mundana del pochoñol.



Así transcurre la acción lineal, los antihéroes del arrabal, fumando crico, se cuentan sus peripecias, entrecruzan preguntas, se escuchan y se profieren sus respectivos y tronantes tópicos. Acontecen entonces las sensaciones extremas y se abre la confrontación entre las partes, el choque de egos surge cuando el Morro turba al Gringo con asuntos lúgubres, apostando por Satanás, y se inicia clímax en el momento que el gabacho le dice «narcochamánico sexy», y destapándose de mayate le ajera al plebe pa que afloje el culo:




-«I really like you man, me gustas tanto moreno lindo... I'm horny for your ass. Morro... ¿Don't you like me, o sí?».



Herido en su orgullo de macho, es posible que el Morro se hubiera encrespado con la declaración erótica que le hace su enamorado, pero no se agüita porque previamente ha ideado un malévolo plan que le costará la vida al pervertido gabacho. ¿Porqué motivo quiere asesinarlo? Por venganza; porque siente un terrible complejo de inferioridad y por eso decide darle cuello («Mira Gringo, eres muy hocicón, me caga tu aire de superioridad...», le dice el acomplejado a su víctima).



El Diablo embarulló las cartas del juego de estos tramposos. El morro sabe perfectamente que no será él quien pierda; y el que sucumbirá ha de ser el Gringo; el cuchillo de carnicero lo acecha. El Morro lo tiene copado, lo ha inmovilizado con la droga. El gringo, pálido e incapaz de maniobrar su voluntad, está a punto de desmayarse. Lo que el Gringo ha «estado fumando no es cristal, es otra cosa que paraliza; es para embalsamar muertos», dice el autor del esketch en boca del personaje que cometerá el homicidio.




-«¿Qué me has dado, pinche mexican? -pregunta el Gringo-. ¡No me puedo mover! Con razón tienes los dientes afilados de esa manera... ¡Eres un canibal! (Contracciones faciales, chasquidos de lengua, gruñidos.)».

Luego que el chamaco martiriza a su víctima con una retahila de cacayacas, haciéndole saber el tremendo odio que le tiene y dándole noticias de la forma en que se lo habrá de refinar, el esketch concluye con -digámosle así- un poema que hace alusión a la narcoeconomía, al nihilismo y al ateísmo.




Cañón del pato














LA CAJA NEGRA



Aquí la guaranga del matarile sintoniza con un pasaje de la novela de Dostoievski, «Crimen y castigo»; claro que sin el andamiaje sicológico y sin la profunda desgarradura emocional que logra con sus descripciones el epiléptico padre de la literatura dialógica. Y en efecto, viene a la memoria el momento en que Rodión Raskolnikov, «en un estado de sombría exaltación», le confiesa a Sonia que ha matado a la vieja prestamista, y explica las razones que lo indujeron a cometer crimen: «Comprendí de pronto, con repentina clarividencia, que nadie había osado tomar simplemente a ese monstruo por la cola y arrojarlo al demonio. ¡Yo..., yo lo haría! ¿era el diablo quien me tentaba? Sé muy bien que es el demonio el que me ha arrastrado. [...]el diablo me arrastró y luego me hizo comprender que yo no tenía derecho a hacer lo que hice, dado que soy un gusano como los demás. ¡El diablo se burló de mí! ¿Maté a esa veja infame? INo, me maté yo mismo, no a la vieja! ¡Me exterminé irremisiblemente! En cuanto a la vieja, la asesinó el demonio, y yo no...».




A diferencia de lo que sucede con el homicida del «Hotel de cricrí», donde a fin de cuentas no resuelve la acción, con el personaje de Dostoievski, sin comparar el nivel de la obra, sucede lo contrario: éste se regenera, salé del abismo para abrirse paso en una nueva vida, una nueva historia. «La historia de la lenta renovación de un hombre -dice Dostoievski al final de la novela-, de su regeneración progresiva».



En el libelo de Navarro lo que aflora es un degenerado romanticismo populachero en el que concurren lecturas del calado de «Los asesinos seriales más famosos de la historia», marejadas de «malditismo» decimonónico, aprovechamiento perezoso y paródico de truculencias estilo Goyo Cárdenas y Chinta Aznar. Plantea una visión irreverente de las cosas que se reduce a estupores de nota roja, percepción resemantizada del «ghost story», campechaneada con las travesuras del vampiro de Bram Stoker, Freddy Krugar y Chukie y lo que resta de la legión de freaks. Pura metáfora del miedo cuyo territorio de conflicto y disputa queda situado en la buhardilla del sistema donde malviven los elementos desclasados, sin más estímulos que la jediondez, el vicio y la promiscuidad, y que acaban en sobredosis de desgracias. Una versión aguada de maniqueísmo que mañosamente estigmatiza a los humildes como los detentadores de todo mal, ajenos a la belleza, bondad o fraternidad: los pobres son unos monstruos.








SIEMPRE CON GENTE TLACOTERA



En «Aeropagitica» escribió Milton que «el conocimiento y el estudio del vicio son en este mundo tan necesarios para la constitución de la virtud humana, y el análisis del error para la confirmación de la verdad». Por tanto, nos referiremos brevemente a la experiencia con la droga que, como es de observar, el colega de Beto el boticario suelta al respecto enfáticas trivialidades. El autor del «Hotel de cricachú» a través de sus personajes imaginarios encubre sus prejuicios e ignorancia bajo un ropaje de pretendidos conocimientos empíricos que saca a relucir del rincón de su abstraccionismo académico. Por ello pregunto: ¿a quién se le ocurre pensar que un locochón prendido del cristal no sabe la clase de margayate que se fleta? El vicio lo predispone a distinguir el tipo de mengambrea que consume. Cada drogadicto tiene su droga, cada personalidad adictiva registra las modalidades de la sustancia que consume y mide sus parámetros (calidad, precio, cantidad, lugar de conecta, riesgos, etc) de conformidad con el grado de conciencia que le permite saber que va en dirección prohibida.


El bato que está enviciado con el crico tiene el callo suficiente que le para deducir la calidad y la clase de producto que se deja caer pa ponerse pacheco. Por ejemplo, ningún cocodrilo, por más pendejo que sea, puede llegar a confundir el perico con una raya de harina o de talco al momento de testearlas. Por eso en el mundo hay hombres listos y bobos; somos nosotros quienes convertimos nuestras necesidades en adicciones. Acerca de esto escribe William Burroughs: «Ningún ser vivo tiene adicciones. Sólo el hombre. Los animales y las plantas tienen necesidades. El demiurgo que nos hizo -sea cual fuere- nos arrojó al universo de manera por completo distinta a los demás seres vivos: nos fabricó adictos». El mundo de la droga no discrimina a ningún cabrón, admite de tocho: enfermos de amor, tarados, tullidos, gordos, putas, chaparros, cantores, artistas, desahuciados, rabiosos, deudores, licenciados, albañiles, artistas. Todos, mas no el autor del «Hotel de fataché».




La tesis de la droga que el Navarro expone en voz de los protagonistas de su bodrio, es el gastado numerito que cacarean las ancianas «decentes» y que vengo escuchando desde que tengo uso de razón: «¡uy!, ¡un mariguano! ¡Es de la banda del Kun Fu! ¿Qué hace aquí? Mejor debería haberse muerto del mal de ombligo cuando lo parió su madre. ¿Cuándo dormiremos tranquilas?».




Como soy un alérgico a los desengaños, sé en pellejo propio de la variedad de cristal que rola entre la perrada: el peanut body (crema de cacaguate), el yodo, el corazón de mazapán, el cascarita de cebolla, el acaramelado, el vainilla, el amarillo del cañón de doña Petra, el speed de Los, el bonke de la Cagüila, etcétera.
Hay una enorme diferencia entre los ingredientes que contiene el crico y los elementos químicos de la sustancia para embalsamar muertos que alude el batillo en su trapicheo seudoliterario. Mercachifle culturoso del vacío total, dijera mi padrino el Joaquinais.



Con su película, al parecer el Navarro quiere hacerles una broma de mal gusto a los batos tlacoteros. Pero es obvio que le saldrá el tiro por la culata.








SOLIPSISMO ESTÉTICO
[O LA VIDA PRIVADA DE FULANO DE TAL]




Se observa a simple vista que la tensión dramática que reporta es anémica; el final, lo que tiene de tormentoso lo tiene de ridículo y facilón. Desde la conciencia de los personajes, las ideas surgen sin orden; semejan algo parecido a una orquesta de músicos que tocan desafinados.



La visión descarnada de ese subsuelo social que presenta el autor por medio de sus personajes desprende un tufo a pedantismo e imposición de ideas falsas e inverosímiles. Asimismo, salta a la vista la incoherencia de la trama y el absurdo final, pésimamente impostado. No hay auténtica dramaticidad, los parlamentos carecen de fundamentación estética, en los personajes no hay ni un ápice de complejidad síquica; de la violencia verbal y el ensañamiento agresivo, que deben propalar la fuerza literaria y la eficacia conmovedora en el lector-espectador, apenas vemos sus pequeños barruntos. Y en cuanto a la calidad de la escritura, el autor no cumple con tal exigencia de primer orden.



Desde el punto de vista estético, cuando no degenera en una simple metáfora, su visión del mundo se reduce al solipsismo.


Desde el punto de vista filosófico, es decir como concepción del mundo, «Hotel de cristal» da lugar a formas de irracionalismo y arbitrariedad que intentan extinguir los males del mundo con otras calamidades. En otras palabras, se trata de elevar la ideología a categoría de sistema filosófico sirviéndose para ello de una metodología pragmática derivada de una política de inmediatez que no mide las consecuencias y no le importa descuartizar al mundo, porque su fin ulterior es, precisamente, fragmentar la realidad, a la que únicamente se le otorga valor instrumental.



Citaré un ejemplo gramsciano para hacer entendible el dato.







A VECES GANA EL QUE PIERDE




Le preguntan a un chilpayate:



-Mira, cabrón, tú tienes una caguama, pero le das la mitad a tu carnalito. Ahora dime: ¿cuántas caguamas te vas a chingar? -El buki responde-:
-Pos, una caguama.
-¡Pero cómo chingados te vas a fletar una caguama? ¿Qué no le diste a tu hermano media caguama?
-Pero yo no se la di.





Desde la perspectiva hegeliana podría ejemplificarse así:



-Queremos que todos los hombres, mujeres y niños despierten, que abran los ojos al mundo. Pero que permanezcan en sus camas y en sus cunas.




«Hotel de cristal» no representa el contorno de alguien que ha vivido en los arrabales, sino de otro aguien que mira o accede desde afuera. Y esté fenómeno de hipocresía estilística no sólo se advierte en el caso de nuestro invitado sino que es patente en la mayoría de escritoretes de esta región que producen libelos teatrales, y vale decir que las cosas han empeorado en vez de mejorar.




Hete ahí la falta de originalidad que provoca la fiebre de pueblo y el «gusto» por el arrabal: el lenguaje con que se construyen los diálogos y parlamentos discursivos resulta espeluznantemente artificial, los personajes adoptan registros verbales postizos que dan la idea de que fueron construidos apriorísticamente desde un cubículo de academia.


Hay una ausencia del protagonismo verdaderamente lumpen en las acciones de los personajes, no hay eclosión del auténtico submundo que habitan los parias y los desarraigados sociales. Un submundo de miseria, explotación, desolación, vicio y crimen que no conoce el autor del esketch por la sencilla razón de que él es un pequeñoburgués -detesto usar este vocablo pero es el apropiado- atrapado en sus propias contradicciones de clase; clase opuesta y antagónica a la que pone en escena y enchancleta a su clientela teatrera, sin correspondencia con la realidad. Se apasiona falsamente con la situación de una clase social que no es la suya, que no habla su lenguaje ni asume por convicción propia su pensamiento e idiosincrasia.


Lo que el Gerardo Navarro sabe de la clase baja y de los paupérrimos que la integran lo ha aprendido en los libros, y ni siquiera por auténticos especialistas que se han introducido en esos recovecos del desamparo y la desigualdad. Su doble formación, burguesa y académica, explica los síntomas de su «voluntarismo» de sentirse gente de pueblo; afán de querencia por sentirse bajuno, pero una cosa son las palabras y otra los hechos. El bato, si bien es cierto, lo único que tiene de pobre es su miseria moral. Su elevada virtud de «hombre-orquesta» y chinguetas en asuntos culturales, así como la pedantería, el cinismo esnob y el vedetismo mamón que se perfilan en su megalomaníaca propaganda curricular, son prueba irrefutable de que el bato no comparte las necesidades, aspiraciones y preocupaciones de la canalla; su actividad «intelectual» se haya desvinculada -en todos los niveles- de los estratos más rudos e incultos de la sociedad. No hay modo de evadir la condición sicológica y la férula ideológica que lo identifican en la escala social del pequeñoburgués.



En el fondo podrá tener aspiraciones democráticas y mostrar simpatía por los misérrimos, pero tal disposición será similar a la idea que tiene una muchacha pobretona cuando piensa que la belleza le permite la entrada a la clase alta. Este tipo de actitud mezquina y prejuiciada (por no decir pequeñoburguesa) podrá ser -señala Gramsci- «una benevolencia condescendiente, pero no una identificación humana». Así que ¿cuál origen proletario puede tener este men? Ninguno. Pero ahora, gracias a su pinchurriento esketch, pretende ser un anfibio: ni burgués ni proletario (sino todo lo contrario, ¡ja!).




Y de ese modo guisa su palabra de teatrero-perfomancero-poeta-mago-iluminado-miniprofeta y no sé qué chingados más títulos y condecoraciones ostenta (le brota con esas mamelucadas el espíritu de rancia aristocracia; delata su charlatanería esponjosa y nauseabunda que sólo sirve para atarantar majes).



El bato, ingenuamente, cree que basta con simpatizar con los elementos de los bajos estratos, atribuyéndoles la categoría de antihéroes, para brillar mesiánicamente en la selva oscura de la historia. Su concepción burguesa únicamente permite que los traslade a la literatura como objetos de motivación folclórica, como sujetos raros, curiosos, o sea, simple y llanamente como representantes pintorescos, maquetas. Dicho de otra manera, se ocupa de ellos del modo en que lo haría un burgués que arroja unas cuantas monedas al menesteroso.




«Hotel de cristal» no es más que un figurín retórico de un estilo de teatro de forma esnob, diseñado para abrir mercado literario, aprovechando -por gusto puramente «estético»- la vida de los segmentos sociales miserables, «panorama» que le interesa por la intriga, por su visaje grotesco, conveniente para la diversión de carácter mecanicista.








¡SE VE, SE SIENTE; EL PUEBLO ESTÁ PRESENTE!



El lenguaje que parlan los personajes creados por el señor magazo («el Gringo, hispano, veterano de la invasión a Panamá, y el Morro, tijuanense del Cañón del Pato»), atufado de pochoñol, aunque coincide, relativamente, con las expresiones que emplea la clase baja, se aparta de su filiación ideológica, toda vez que está construido artificiosamente, sin espontaneidad y no muestra los relieves de la sinceridad. Y, en ocasiones, ni siquiera se sostiene desde su vertiente estrictamente gramatical. Está muy alejado de la vulgaridad corriente de la perrada lumpenesca, no marca la originalidad ni individualidad de los sujetos protagónicos. Las expresiones verbales se apartan de su verdadero sentido etimológico que históricamente refleja el inconformismo social y la oposición de clase, no enuncian la sabiduría ingenua, instintiva del pueblo.



Lo que el Gerardo Navarro establece como código de comunicación entre sus personajes es el reducto de su propio conformismo «racional» exaltado y tendenciosamente dirigido a confundir imbéciles. Ya lo dijo Antonio Gramsci: «Es demasiado fácil ser original haciendo lo contrario de lo que hacen los demás; es algo mecánico. Es demasiado fácil hablar de modo distinto a los demás sin hacer acrobacias. Pero hoy se busca una originalidad y una personalidad a bajo precio. Las cárceles y los manicomios están llenas de hombres originales y de fuerte personalidad. Lo realmente difícil y arduo es poner el acento en la disciplina, en la sociabilidad, y aspirar, sin embargo, a la sinceridad, a la espontaneidad, a la originalidad, a la personalidad» [Cultura y literatura, p. 284].











HACIENDO TEATRO ANTE EL ESPEJO





La realidad que pinta el mago-dramaturgo a través de la acción y diálogos de sus personajes es una realidad prefabricada, fetichizada, sumergida en el estereotipo, y sin conexión sustancial con las concepciones de la gente humilde. Obsérvese que los protagonistas de «Hotel de cristal» son representados como individuos mezquinos, tracaleros, maleantes, viciosos, putos y traidores, temblequeando al margen de toda normatividad jurídica y moral.



El perfomancero los introduce -teóricamente- a escena como seres despreciables y repugnantes; los coloca en la más putrefacta inmoralidad donde reina el caos y lo inefable.



La idea nietzscheana del mal como solución manifiesta en el principio diabólico. Es el mal lo que permite la conservación de la especie, escribe Nietzsche en la «Gaya Ciencia». Y en torno a esta doctrina el Navarro desarrolla el desiderátum filosófico de su esketch.





Y a esto nos conduce su oferta:



«Lo nuevo, no obstante es el mal, porque quiere conquistar, derribar fronteras, abatir las antiguas caridades; ¡sólo lo viejo es el bien! Los hombres de bien de todas las épocas son los que implantan profundamente las viejas ideas para hacerlas fructificar, son los cultivadores del espíritu. Pero todo termina por agotarse, y siempre es necesario que el carro del mal vierta en él estiércol» [Gaya Ciencia].









EL GAMBERRISMO Y LOS BREBAJES DE LA CRÍTICA
[ESA GENTE A LA QUE LE GUSTAN LAS MIGAJAS]





Lo que debe entender el palurdo autor del «Hotelucho de cricrí», es que el mundo del lumpen se extiende más allá de la comarca territorial que delimita al «Cañón del pato». Y ante ese juego de equívocos los publicistas de pacotilla que se las nalguean de «críticos literarios» en los suplementos y periódicos dizque culturales se tragan entera y sin decir ni siquiera pío, y engolfando de paso a los lectores.


Y porqué no ha de ser así, si los «críticos» de este tafanario fronterizo no son más que unos pinchis chupapollas que merecen que les pateen el trasero por arrastrados, ignorantes, pendejos y güevones. Son incapaces de endurecer la mierda aguada que cagan porque se encuentran sumidos hasta el cuello en el fangoso pantano de las sutilezas y los halagos desmedidos, y a petición de parte. Además, estos «críticos» oportunistas y mamarrachos que actúan como los siervos dispuestos a complacer al amo, serviles hasta el extremo de la ridiculez, son tan confiados que creen que las palabras significan exactamente lo que dicen, y no lo que la gente se empeña que digan. Mediocres que se quejan porque los batos más cabrones que ellos no están de acuerdo con sus excrecencias caligráficas. En la vida no tienen más licencia para sobrevivir que su abominable estupidez. Su mejor trabajo lo cumplen en el momento en que alguno de sus benefactores o mecenas entra al escusado y lo esperan a calzón quitado y tendidos en veinte uñas.


Solamente han sido expulsados del útero materno para que el destino les haga este tipo de jugadas: zamparse la estupidez de las reglas y valores de la sociedad, admitir sin chistar la insensatez de las jerarquías y autoengañarse con la falsedad de la retórica rimbombante. Es común en ellos, en los «temerarios críticos» la práctica consuetudinaria de rendir culto y lisonja a perfecto ineptos y pendejetes de siete suelas.




Y así seguirán nuestros «críticos», peregrinando en busca de la carroña oficial, oliéndoles los pedos a los de arriba, mientras éstos fingen respetar las formas; y para llevar agua a su molino escriben una «crítica» impresionista, ramplona, adormecida, cómplice de la banalidad y de fingida neutralidad.



Y a todo esto, ¿quiénes son esos güeyes? No hace falta sacarlos a balcón; abra la página de alguno de los tres o cuatro suplementos o revistas que rolan por estos lares y fíjese en los nombres de los responsables y colaboradores de tales ediciones y sabrán sus nombres. Y a mí no me importan sus acciones cotidianas (cómo le hacen pa tragar y a quién le sueltan el culo); me importa la retórica que vomitan, pues, como lo dijo el yerno de Unamuno: las coces se pueden soportar pero no los relinchos conque las explican y justifican.




Los publicistas del Gerardo Navarro, o sea quienes se hacen llamar «críticos», podrán decir que la obra del bato es muy respetable, pero yo les responderé que fuera de eso no tiene una envergadura intelectual ni consistencia estética suficientes; sus cualidades, si acaso las tiene, son endebles. Y esto lo sabe cualquier monaguillo recién incursionado en el campo de la dramaturgia.
Ahora, no me cabe la menor duda que lo este men desea compartir con los lectores y espectadores del voyerismo escenográfico son los frustrados intentos de no poder trazar paralelos entre sus creaciones performanceras y la vida de esos seres hacinados en la parte más baja del edificio social, «los hombres de los sótanos», para usar una expresión dostoyeskiana. Y las razones están implícitas en las memorables palabras con las que Marx y Engels, en 1848, pusieron a parir triates a los aterrados burgueses: «La historia de todas las sociedades que han existido hasta ahora es la historia de la lucha de clases. La sociedad, en su conjunto, se ha ido dividiendo cada vez más en dos grandes campos hostiles».









CUANDO EL GERARDO NAVARRO ERA PINTOR




Hace 14 años que vi al Gerardo Navarro; recuerdo que era un sábado de abril de 1990. El bato cantoneaba donde ahora está ubicado el «Lugar del congal» (hoy «Lugar del juglar»), en callejón del Tapado (hoy 5 de Mayo). Ya lo había tripiado antes en el CREA, una vez que el poeta Panchito Mendoza (ahijado de LHC) y yo merengues de gamesa cotorreábamos al Malaquías Montoya, pintor chicano que se estaba dejando caer un mural alusivo a la «mécsican revolufia» en vísperas del festival de la Raza. El Navarro, por cierto, le chalaneaba al ruco.



El depa donde el bato cantoneaba pertenecía al Felipe Almada, un ruco que como pintor y poeta era una verdadera calamidad, las malas lenguas culturosas decían que le había dado gane, con dos tres cuadros, al Benjamín Serrano. El Navarro, además de inquilino también era compa del Felipe, y pintaba en el mismo estudio, una especie de galería morrita. Allí me tocó guachar un jale del hoy magazo-perfomancero. En honor a la verdura debo decir que el batillo se dejaba caer la greña pa la pinceleada; pintaba chingonamente.



Es lamentable -al menos pa miguel- que el Navarro haya tirado a la taza del escusado una actividad estética que dominaba y en la que destacaba con una omnipotencia cabrona. Pero se alejó de los brochazos para incursionar en las mamelucadas del performance.



Desde aquella fecha no le he vuelto a ver. Guaché una foto suya en el suplemento del Mexicuin, a propósito de una entrevista que le hizo el profe Jorge Andrés Fernández, no recuerdo cuándo fue ese birote. Me sorprendió su aspecto; parecía como si los años se le hubiesen venido encima de un tirón; lo vi muy catorceado al bato; flaco, semicalvo, con la cara chupada, con los ojos dilatados; miraba al suelo como un animal en busca de comida; vestido de forma desaliñada, incluso su vestimenta me causó pena ajena. Verlo así me conmovió como la muerte de un amigo; sentí en el paladar un sabor pastoso, metálico.


Ahora sé que sigue vivo, y me niego me creer que el «Hotel de cristal» refleja el verdadero nivel de inteligencia del bato. Él puede hacer lo que le venga en gana, faltaba más, pero no hay que pasar de largo la cita Raymond Carver cuando afirmaba que «muy a menudo, la "experimentación" no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta, se limita a describir una desierta tierra de nadie». Derroche de exhibicionismo de chamán mundano supeditando el hecho literario (ingenio, mérito y talento) a la prestidigitación y a la sicomagia como productos de moda mediatizables y de bajo perfil que identifica al arte como entretenimiento (hedonismo mezclado con cinismo nihilista).



¿Valdrá la pena rumiar de esto? Eduardo Liendo contestaría en boca de unos de sus personajes: «No te quejes inventándote supuestas inferioridades, recuerda que Homero era ciego, Demóstenes tartamudo, Beethoven sordo, Nietzsche sifilítico, Dostoievski epiléptico. ¿Qué más puedes pedir con esa inmejorable salud?» [El alumbrado, De Cabeza de cabra y otros relatos, Caracas, 19993].









NI MENOS LARGA QUE LA DE CUALQUIERA



Si yo fuera una gallina, verdad de Dios que pondría huevos. Pero no soy una gallina, sino más bien ego sum qui sum. Y nada más.




-¡Ah!, ¡pero si te dieran a escoger, hijo de la chingada! -irrumpe mis lucubraciones don Capuleto, cayéndole a mi chante de fantasmazo.
-¡Qué pasó, pinchi ruco! ¿Viene por su libro?
-Sí, pero te advierto que mi trasero no es bodega del IMAC.
-¿Porqué dice eso, rucailo?
-Porque de seguro, y conociéndote cómo eres de grosero, cuando me entregues el libro vas de decirme: «¡Ai ta su puto libro, métaselo por el culo!».







y hubo tanto ruido que al final llegó el final •










POSDATA:
PÍDELE UN CONSEJO AL SEÑOR BUKOWSKY




Nadie lo puede negar: un cabrón que escribe muy jodidamente es como un suicida incómodo, y pocos se animarán a leerlo. Un escritor no es cualquier chucho. A fin de que no le anden rayando la madre cuando usted se jacte de literato, y al pedirle prueba de su talento no da muestras de su ingenio o sensibilidad estéticas. Acuérdese que la ridiculez castra el ego y la perrada espera siempre que un escritor enseñe su dentadura literaria como si fuera perro bravo a punto de morderle las nalgas a las musas, le recomiendo seguir al pie de la letra el siguiente consejo que da el borrachales de míster Bukowsky.









COMO SER UN GRAN ESCRITOR




Tienes que cogerte a un chingo de viejas
rucas buenotas
y escribir unos cuantos poemas cursis y decentes
no te fijes en la edad
ni en los nuevos talentos
Chíngate una cerveza, luego otra y otra.
Ve al hipódromo siquiera una vez cada semana
intenta ganar.
Aunque está cabrón aprender a ganar
Cualquier pendejo puede ser un perdedor.
Y no olvides tu Brahms
tu Bach
y tu cheve.
No seas exigente contigo mismo
y duerme la mona hasta el medio día
No uses tarjetas de crédito
ni pidas fiado.
Recuerda que en este mundo
no hay pedazo de culo
que valga más de 50 dólares
(en 1977)
Si eres capaz de amar
primeramente ámate a ti mismo
pero date cuenta que puedes valer madre
por una buena o mala jugada
Saborear temprano la muerte
no es algo malo
No te acerques a las iglesias, a las cantinas
y a los museos
Ten la paciencia de una araña
el tiempo todo lo crucifica
Incluyendo
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura
Sácale provecho a la borrachera
la cerveza es sangre que perdura
Una amante insaciable
Coge una máquina de escribir
mientras unos van y otros vienen
lejos de tu ventana
échale chingazo a esa madre
dale duro
Convierte el jale en una dura pelea
Hazle como el toro en el primer embate
No olvides que los perros viejos
también se la rifaron
Si crees que Hemingway,
Celin, Dostoievski, Hamrun
no se volvían locos en sus cuartuchos
tan pequeños
como tú estás ahora
sin rucas
sin refín
sin esperanzas...
entonces no estás preparado
sigue chupando cheve
que hay tiempo
y sino hay
de todas formas
la cosa va bien •




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Tijuana La UglY

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