Crítica de literatura contemporánea.

Monday, December 13, 2004

Vertedero de cretinadas


PRESENTA

la

BLOGNOVELA




EL PERRITO DE PELUCHE

[EL DEFENSOR DE LAS FÉMINAS]


de



éktor henrique martínez











«....tiene como padre al diablo
y como madre a una santa canonizada;
ríe en los templos y llora en los burdeles»
Bonaventura










CAPÍTULO 1


¿ALGUIEN NO NACIÓ BICHI?




«Se oía aullar a los perros en todos los tonos»
M. Ogniov


Concierne lo que voy contar a una experiencia que viví cuando yo atrevazaba el sturm und drang de la adolescencia; edad en que cualquier mozalbete, peladamente sucumbe ante las tentaciones de la carne. Me imagino que ese arrojo hacia la concupiscencia se debe a que uno quiere reafirmar su virilidad; esa inquietud desconocida que poseemos como animales sexuales y nos transforma en bestias sin pezuñas. Aunque también podría ser un síntoma de la sinvergüenzada, un impío desacato a la moral y las buenas costumbres.
Señalo esta razón porque mi madre no supo cómo orientarme para que evitara la puja y no me perdiera en una vida licenciosa. Mi madre era una auténtica alcahueta. No supo corregirme cuando vio lo disoluto de mi obrar. Y, por el contrario, me encubría creyendo que me ayudaba a enmendar mis liviandades. Consentidora, solapadora y ultratolerante como suelen ser las mujeres que se toman muy en serio su papel de madres y que tarde, muy tarde, recogen del muladar de las feministas las consignas rancias que han tirado como chanclas rotas e inservibles a ese basurero.

—Señora Marrufo, usted que su madre... Procure que su hijo no haga tantos desmanes. Hable con él, aconséjelo. Cuide a ese chamaco; no lo consiente tanto. Acabará muy mal.... se lo aseguro. —Este tipo de comentarios disparaban las vecinas. A mi jefa le entraban por oido y le salían por el otro tales oráculos.


A esas agoreras yo les contestaba con un sonsonete de Bachman Turner Overdrive:

—Your haven't seen nothing yet [...y lo qué me falta hacer].

A veces creía que mi madre no había sido quien me trajo al mundo, sino que me había parido una vaca loca.

A los ocho años de edad comencé a seguir los pasos del Fabián Roca, alias el Canalla, el personaje más malilla de la Yolanda Vargas Dulche.


...en casa de Magdala las malas son las mejores


Agotado ese repertorio, cuando quebraron al Canalla, al despuntar la adolescencia conocí al Yoni Roten, un morro lumpen de ideas anarquistas, criado en los arrabales de cacos, maricas, putas, borrachos y mariguanos. Ya se imaginarán todo escuelón que agarré a los trece años acoplado con el mentado «Juanito el Podrido», que dicho sea de paso, el plebe era una loba para robar baicas, estéreos de carro y modulares de cantones (solamente apañaba biclas Chóper, que eran las perronas —copias de la Harley Davidsion en versión pedales; las Búfalo de cartero ni le llamaban la atención; y de aparatos de sonido, puro Pionner amacizaba de los ranflones y de los cantones solamente pegaba el gane si se trataba de Fisher, lo último y de lo mejor que rifaba en sonido).

El Yoni Roten era mi noi en la malandrinada; hijo de una maestra normalista formada en los avatares de la grilla sesentaiochera que luchaba por las causas perdidas y oriunda de la Nogalitos, la colonia más brava de Navojoa.

La jefa del Yoni, convencida de la necesidad de una revolución paralela a la rusa y cubana, y en aras de su misión histórica de propiciar la maduración de las «condiciones objetivas», decidió echar a su hijo en el regazo de la abuela y se ratachó a Chilangolandia dispuesta a dar batalla —en realidad, se trataba solamente de azuzar con saliva— la paranoia del bonapartismo echeverrista. La ruca, más guevarista que el Che y más estalinista que el mismo Stalin, desata su furia de infantilismo de izquierda y acaba con la cabeza zambutida en una tina de mierda en los zotanos del campo militar número uno, recibiendo esa extrema unción del Gutierréz Barrios, quien ordenó a sus gorilas que la cosieran a vergazos hasta que cantara su calidad de miembra de la Liga 23 de Septiembre.
La relación filiomaternal —parafraseando al Sabinón— duró lo que duran tres peces de hielo nandando en vaso de pisto •







CAPÍTULO 2


DE PRETENDIENTE A PRETENMUELA




«¡oh!, es vergonzoso cuando un perro no
sabe portarse bien en sociedad»
Lanza, Los dos hidalgos de Verona
Wlliam Shakespeare





Era mi novia una bella hechura de la naturaleza, una joven más pura que el cielo y de una inteligencia que abrumó el calostro de su madre; toda el alma la tenía transparente; visible que, a última instancia —como escribiera Válery—, descansa en lo invisible. Cursaba el tercer semestre de preparatoria cuando la conocí, e iniciado el embeleso de los envites amorosos le pedí un beso, y como era extremadamente mojigata, corrió a quejarse con padres, abuelos, tíos y hermanos que yo intentaba violarla.
Era una flor tierna que apenas se abría a la vida y a duras penas podía arrancarle un beso, y lo lograba, siempre y cuando cometiera yo el chanchuyo de usurpar el lugar de su osito de peluche.

Me atrevería a afirmar que el novio ideal que ella requería era un modelo equiparable a un eunuco. Aseguraba estar de mí enamorada pero no soltaba prenda. Qué desperante relación. Confieso que tuve que aplicar medidas drásticas para deshacerme de ella.

—¿Hasta cuándo habrá que esperar? —le recriminaba—. ¿Porqué le das tanta importancia a la virginidad?
—Te amo —decía ella—. Pero no me entregaré a ti entanto no nos casemos.
—No seas tonta, el amor sin sexo es como un pájaro sin alas; simplemente no es.
—A mí me educaron para que llegara casta al matrimonio.
—Pues tú te lo pierdes, porque no es lo mismo apalear un techo que techar un palo. Sigue empollando bajo tus piernas el tesorito de la madre Conchita. A su debido tiempo sabrás que la castidad que defiendes a pie juntillas, es una fábula, una gastada moneda que ha perdido su troquelao.

La chamaca me salió más papista que el Papa, reprimiendo su deseo de independencia sexual se negó a soltarme la pepa porque más le importaba el anhelo de seguridad conyugal; la pobre, víctima de sus propias confusiones ideológicas, ignoraba las tremendas contradicciones que habría de solventar: ser madre se opone a ser amada.

Si a mí los males crónicos del libertinaje me hacían proceder así; supurando la impudicia, la morra no andaba muy al tiro que digamos, por su falsos pejuicios, rolar el chocho le daba más miedo que el que siente una tortuga acostada con el pecho hacia arriba, sobre todo el miedo al que han llamado «demonio» (superhombre o perversión de los instintos), como escribiera el deschavetado autor de «Así habló Zaratustra». Nada más imagínense el porqué de la reticente postura de la chamaca, una vez agotados los recursos de persuasión que apliqué para que me soltara el quinto; en su nombre se deducía a priori la negación al desparpajo erótico, se llamaba Teresita del Niño Jesús, o sea que en la nomenclatura traía la marca de los fantasmas divinos.

Pobre morra, le pasó de noche la liberación sexual.

—De seguro has de ser de esas mojigatas que, una vez convertidas en señoras matrimoniadas, sus maridos les arriman golpizas y después se las cogen. Y todo como si nada.

Un día que la morra me agarró mal puesto, y, yo, hastiado de tanto ajerarle, viendo que mis reclamos y chantajes sentimentales no funcionaban, le aventé unas recias cacayacas sin prevenir los efectos (su candor se manchó de amargura, y el supuesto el amor se disgregó). Y miren sino:

—Si no te vas a mochar conmigo, aquí muere la cosa! Por que, te voy decir la neta, si a mí una vieja me gusta, me la cojo. Te andas apretando. Mejores culos he reventado.

Y que me saco el pito de la bragueta; se lo pongo enfrente, luego lo zarandeo y comienzo a miar las macetas de tulipanes de quien a partir de ese momento dejaba de ser mi suegra. Después de eso ya no había otra opción que salir por pierna.

Cuánta razón tenía Aristóteles al decir que si el galán no es correspondido y no le cumplen lo que pide, tal vez sea que se ama al mal amado. Por esa razón los sofistas exigen el pago por adelantado. Pero ese no era mi caso, yo bufaba de impaciencia por probar mis armas y la cursilería era para mí algo que ya estaba podrido. Y en efecto, lo cursi —me parece que lo dijo Ortiz de Montellano— es la estética de los pobretones ambiciosos.
A la jainita, según me contaron años más tarde, le hicieron un chilpayate sin mediar casorio. Dicen que el bueno que le tronó el ejote fue guacho que, ni duda cabe, tuvo más labia que yo pa lograr que la Teresita del Niño Jesús le soltará el relingo. Ni pex, hay que saber perder.

Siendo tan osado, e inconciente de que la adolescencia es la única etapa «normal» de la vida, no tardé mucho en hacerme de otra noviecita. Y es que a finales de los años setenta, cuando yo era un adolescente, a causa del «travoltismo» (o sea de la jotería de la fiebre discotequera) a un guato de cabrones les empezó a gustar el arroz con popote y la Coca Cola hervida; así que rucas sobraban a lo baboso. En ese tiempo surgió aquella consigna que, según encuestas, a cada hombre le tocaban cinco mujeres, y un puto de pilón. Estudio, deporte, peda, cotorreo y cogedera, elementos de la quintaesencia juvenil de aquella época, consecuencia social, estética y sicológica de una sicodelia vaga, mística, confusa e idealista.

Poco después, como ya sabemos, los estertores setenteros se degradaron en la pornografía de los ochenta, y que hoy no es más una pinchi vieja ridícula de tristes nalgas flacas y caídas, incapaz de inmutar a una monja de cláusura, adoctrinada por los presuntos apóstoles de la castidad que, durante la mañana imponen severas sanciones contra el aborto y prohiben el uso de anticonceptivos y, por la noche, abren prostíbulos y cometen pedofilia •










CAPÍTULO 3


JUVENTUD, DIVINO TESORO




«Ha dicho que vuestro perro no era de raza
y que no valía la pena daros las gracias»
William Shakespeare




Apenas cumplidos los dieciseis abriles, conocí a Zairé, morrilla un año menor que yo que venía de Alamos; hija de un pinchi viejo robavacas muy influyente y cagapalos, apodado el Pataspochis. La ruca solamente tenía casi de mi camada, igual de cagazón que el jefe, mamón y presumido hasta no poder. Pepeluis le llamaban de cariño al pendejo ése; y digo pendejo porque se había arranado con una pirujilla fresona de nombre Michel, y que, por cierto, nomás al guacharla, cuando me la presentó la Zairé, me di tinta que su cuñada era una nalgasprontas que, en caliente, tiraba el braguetazo. Acabé enredado con ella, pues era la mensajera que entrega y recibía los recados cuando concertábamos una cita la Zairé y yo. Ningún güey de la familia me tragaba; los jefes no aceptaban la relación y el cuñado n me podía ver ni e papel china, dos tres veces intentó madrearme para que me desafanara de su carnala. Como le faltaban güevitos, mandaba a otros sayos pa que me partieran la madre. No pudieron cincharme porque le sacaban al parche ls culeros; sabían que yo traía un cuete fajado en la cintura. Tiro por viaje me la hacían de pedo. A mí nada me costaba buscarle trazas por lado, y dejarles la víbora chillando, pues uno tiene sus límites. Pero me aferré porque, nunca me había enamorado tanto de una morra como sucedió con la Zairé. Conforme se agudizaba la bronca con su familia, más me empelotaba yo de la jainita. Cuando no la veía o no me llegaban sus recados, sentía que el corazón se me arrugaba.

Como brevísimo resuello se truncó su bella existencia. Sólo la muerte es algo que siempre permanece, la vida apenas palpita y se apaga. La tristeza que me causa recordarla obliga a guardar silencio. Zairé ahora sólo es una luz en la memoria; hay veces que su peregrino fantasma me acompaña en mis humeantes y etéreos sueños •








CAPÍTULO 4


DESDE OLLANTAY AL PADRE AMARO, HASTA EL PATITO FEO




«La mujer en la cama parecía un perro muerto
al que era fácil darle de patadas»
Rubem Fonseca




Seguidamente iba yo a visitar unos compas al barrio El Cañajote (así lo bautizaron los saicos porque allí rolaban un churros de mostaza —también conocidos como zapelines— más chonchos que un habano). Un lugar cool donde se podía pistiar y loquear sin que los chivas la hicieran de pedo y los cagazones la pensarán dos veces antes de caer.

Una tarde cayó al barrio la Michel; y acercó su rostro a mi oreja y, con voz quedita, me dijo:

—Necesito hablar contigo, pero a la sorda. Se trata de la Zairé.

Al escuchar que pronunció ese nombre, enchinga me levante como si un resorte me hubiera impulsado. Yo tenía ya bastantes días sin noticias de mi jaina.

—No te vayas a agüitar porque vine hasta aquí a buscarte —dijo, justificando su presencia.
—No, ni te fijes en eso —le dije—. Al contrario, tú eres la única persona que me has hecho el paro y te lo agradezco, morra. Además, andas de a gratis metida en estos vericuetos, echándote broncas de barbas.

Más tarde comprendí porqué mi concuña me estaba prestando ayuda; andaba tras un cholazo y con astucia sutil preparaba el terreno. Cuando le pregunté cómo estaba la polla, me explicó con detalle la decisión que había tomado don Pataspochis con relación a la bronca que se le armó a la Zairé cuando desafió al ruco respecto de nuestro asunto amoroso.

—El repugnante suegro, tuyo y mío —dijo la jaina—, amenazó a la Zairé con mandarla a un internado en caso de que siguiera viéndote. La morra está muy triste, llorando, y me pidió que te avisara. Quiere salirse de casa, irse contigo. ¿Qué quieres que le diga de tu parte? ¿Qué sí?
—La que se va armar —le contesté. La morra estaba puesta y, además, yo sabía que era más fiel que los perros que pintó Velázquez en las Meninas. Sin pensarla mucho le aventé a la concuña el borregazo—: Dile que sí. Lo que tenga que pasar, pues que pase.
—Okey —murmuró, un poco pensativa e imaginándose el pedote en que me estaba metiendo.
—Gracias por estar de parte de nosotros —le dije cuando nos despedimos.

A la concuña la respeté hasta donde pude, se le olían las ganas que traía de aventarse conmigo un paliacate. Siempre que nos topábamos yo guachaba que ella no me quitaba los ojos de la bragueta. Me cae que sí. En realidad, cada vez que conversábamos parecía que hablaba con mis testículos, no miraba hacia otroa parte que no fuera ahí merengues.
Antes de despedir a la concuña le pedí un último favor: pusé en su mano un papel doblado; era recado que enviaba al culero de mi suegro en señal de despedida.

Al día siguiente, emputadísimo, el ruco leía la esta misiva:


Muy queridísmo suegro mío:

Me enterado, por voz de terceras personas, que usted pretende darme en la madre y que, también, le ha puesto precio a mi calaca. Esto me lo han dicho las mismas personas a quienes les encargó que hicieran jale. Tal vez sí me despachan al otro mundo, todo depende cuánto sea el precio que tengo por morirme. Ahora, si así fuere, hago valer mi derecho de manifestar unas palabras en calidad de sentenciado o condenado. Sé que respetará esta petición que le hago y, por tanto, respetuosamente únicamente le solicito que ¡vaya usted a chingar a su puta madre!

Atentamente

Su yerno agüevo, Éktor Marrufo.



El triste episodio que sobrevinó después de que mi jaina y yo pintamos venado, solamente lo abordaré de pasada. Es una sombra negra en la historia de mi vida, por tanto me limitaré únicamente a suministrar unas cuantas peripecias. No hay nada extraordinario, pues son como el pan nuestro de cada día; algo emparentado con las chocoaventuras de Abelardo y Eloísa, Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Tabaré, El pecado del padre Amaro, el Canalla, Ollantay, Valle de Lágrimas y El patito feo. En otras palabras pasión y patetismo de altos y bajos vuelos. Los puntos de mayor tensión pueden resumirse en la responsabilidad penal recaída sobre mis huesos, en lo que toca a los delitos de estupro, robo, allanamiento de morada, portación de arma prohibida, posesión de enervantes, aborto inducido y homicidio, con su correspondiente procesamiento y reclusión. Si a ello añadimos el despligue de nota roja enjaretándoseme la patente de verdugo de mis propias desgracias, los dolores del alma, el desprecio de uno por sí mismo y la soledad rapaz.


Desde que abandonó el sumiso bienestar que brinda el hogar, no hubo ya remisión para Zairé; estaba excomulgada; cosa que ni le importaba y la consideraba una bagatela, pues su alma estaba ya inmersa en la mía, en absoluto éxtasis. Y yo, locamente enamorado de sus afables encantos.


Apenas que estámos aprendiendo a convertir lo relativo en lo absoluto, a a valorar con grandeza lo poco significábamos para quienes no confiaban ni siquiera en su propia existencia, prorrumpiendo nuestra luna de miel cayó don Pataspochis a la covacha conyugal recién inaugurada; decidido a disfrutar la putiza marca chillarás que le ordenó a sus achichincles que me surtieran. Entre cuatro cabrones me traían lázaro a vergazos, echándome chingazos a diestra y sieniestra; ensangrentado y pateándome como si fuera un desvencijado muñeco de teatro guiñol. Mientras los fulanos que acompañaban al ojete del suegro me molían a golpes, el ruco, enloquecido de coraje, me gritaba:


—¡Jamás permitiré que mi hija se case con un bastardo como tú! ¡No, ella se casará con alguien de su clase!
—¡Váyase a la verga, pinchi viejo puto! —exclamé, recrudeciendo más la cólera, sacando yo fuerzas de no sé donde para desafiarlo. Estando la causa perdida, callar o responder daba lo mismo.

Una vecina, al darse color de lo que ocurría, llamó a la cuica y gracias a ello pude salir con vida de la tremenda recia que me estaban poniendo.
Cuando la placa llegó el servicio que prestaban los golpeadores tuvo que ser suspendido. Una interminable hilera de cargos penales me achacó el ruco; mentras me empapelaban estuve guardado en una cárcel de Tetanchopo, después me enviaron a la pinta de Obregón y, finalmente, fuí a parar a la grande de Hermoso.

Don Pataspochis, para subsanar el desprestigio y maquillar la supuesta deshonra, acordó con una vieja espantacigüeñas que le practicara a la Zairé un aborto; y en el instánte en que, quizá, discutían el monto de los honorarios, o, supongo, preparaban el desalojo del producto de nuestro pecado, se oyó un cañonazo de fusca. Zairé se había disparado un tiro en la sién al enterarse de lo que el viejo desgraciado intentaba hacer. El desesperado sufrimiento la condujo a tomar esa resolución extrema, puesto que las atrocidades del despiadado progenitor estaban al dos por uno.









CAPÍTULO 5


EL LICENCIADO DESPRECIADO




«Sus dedos retorcieron una oreja del perro, con tanta fuerza
que el pobre animal aulló, orgulloso, sin duda, pero dolorido»
Tomasi di Lampedusa





No duré más de una semana en la chirona de Hermoso porque el juez de distrito determinó que yo era inimputable en razón de minoría de edad, y, declarándose incompetente ordenó que me trasladaran a Obregón. La abogada de oficio, una tipa sagaz y con experiencia que estuvo a cargo de mi defensa en el fuero federal, se comunicó con el director de la preparatoria donde yo estudiaba pidiéndole que enviara mi acta de nacimiento, acreditando con tal documento que no existía delito sino infracción social debido a que los ilícitos cometidos por un menor de edad no configuran la categoría de hechos delictuosos.

Pendiente el proceso penal en materia común, en Obregón quedé a expensas de un juez corrupto, un ministerio público vendido, ambos feriados por don Pataspochis para que azotaran sobre mi calaca todo el mazo de la injusticia, además de un abogado pendejo que fingía bufonescamente como defensor de oficio. Resignado a recibir el toletazo de una sentencia condenatoria, cayó al pintón el licenciado Preciado (mejor conocido en el gremio de leguleyos como como el abogado Despreciado). Mis compas de la escul lo contrataron para que se encargara de pelear mi causa.

Cuando me entrevisté con él, en locutorio de la peni, me miró fijamente a los ojos y y me preguntó:

—Quiero que me cuentes todo lo que paso, sin mentiras. ¿Qué tanto estás involucrado en la comisión de los delitos que se te imputan?
—Nada tuve que ver en los pedos que me achacan. Me tronaron de puras barbas.

Le platiqué al abogado, con detalle de pi a pa, todo lo que había ocurrido.

—Y eso es todo, mi lic —concluí, una vez que le solté toda la sopa—. ¿Usted cree que la pueda librar?
—Si es verdad lo que me has contado.... hummm... puede que en tres o cuatro meses te dasafane de la bronca.
—Mire, lic, si usted me pone de patitas en la calle se cuaja; le pago sus honorarios con un cantón que me heredó mi jefita. La casa está en Huatabampo y cerca del tango, a tres cuadras; lo que le da mayor plusvalía al terreno. Y las escrituras están a mi nombre. ¿Cómo la ve?, ¿se la rifa?
—Hecho, ya está —dijo el abogado, cavilando que con tal motivación le echaría todos los kilos al asunto.

Libre del encierro y ya con la sangre fría, una vez acabado el asunto carcelario y liquidado el trabajo que hizo mi defensor para desafanarme, me tendí a talonear unos parientes de un ruco con quien compartía la carraca, le decían el Pavidonavido. Era una ñor que me encargó que avisara a sus familiares dos tres pedos que había que tratar fuera de la chirona. Y así fue la nachaca, llegué sus parientes, con unos batos de Cajeme que meneaban mota pal otro, y los cotorrié y pa luego es tarde que me ofrecieron chamba. Pero antes de que suecediera esto que les cuento, abordaré lo referente a la relación habida entre mi concuña y yo •



CAPÍTULO 6


EL AMOR ES UN MOCO DE GUAJOLOTE





«A este perro lo crié desde cachorro, lo salve
de ahogarse cuando echaron al agua a tres
o cuatro de sus hermanos y hermanas»
Lanza, Los dos hidalgos de Verona
Wlliam Shakespeare




Al terminar de desayunar, bueno si se le puede llamar desayuno a un pan duro remojado en caldo de oso (alas de pollo con arroz), me retaché a la carraca que compartía con unas batillos de Guaymas que marcaban por delitos contra la salud; los había torcido la marina cuidando un barco camaronero cargado hasta el culo de mota. Era domingo y el patio de la pinta estaba atestado de vistas. No quise engentarme y preferí encarracarme, leyendo unos fanis del Chanoc y otras revistillas de balazos que había un cajón. De lo mejorcito que encontré para leer era un libro de Jalil Gibrán y el bodrio «Pregúntale a Alicia», que, por cierto ya le había dado como veinte vueltas. Casi me lo sabía de memoria. Ah, pero, entre todo el chacharero de papales, hallé un libro de poemas que al leerlo lo sentí como pócima espiritual. Se trataba de «La rosa de nadie» de Paul Celan.


...el amor regresa a los lechos,
el pelo de las mujeres
crece otra vez,
el capullo de sus pechos,
que maduró hacia adentro,
vuelve a brotar; las líneas
de la vida,
que subieron desde las caderas
se despiertan en la palma de tu mano •


—¡Marrufo, ai te buscan! ¡Tienes visita! —escuché que anunció un celador.

Me puse los tenis y salí disparado hacia el locutorio.

—¡Por ahí no, güey! Por este pasillo —me previno el custodio—. ¡Por la reja donde entran las visitas familiares!

Al oírlo me saqué de onda —¿visitas familiares?—. Me imagine que podría ser el abogado Despreciado. Cuando ví quien estaba detras de la puerta esperando entrar la patio, sentí una mezcla de emoción y leve tristeza.

—¡Por las brujas de Zagarramurdi! —exclamé, entusiasmado— ¡Michel! ¡¿Cómo una bellísima mujer viene a dar a este abominable muladar?!
—¡Qué gusto verte! —fue lo que ambos dijimos al mismo tiempo. Y nos reímos de la coincidencia de frases. Extendí la mano para saludarla y ella, con gracia y hábil destreza, me abrazó y me estampó un beso tronador en el cachete.

—¿Hice mal en venir a verte? —me preguntó, seguramente por que me miraba, de cierta manera, atónito con su inesperada visita.
—No, al contrario. Tenía ganas de verte.
—Yo también. Te echaba de menos. Me enteré que estabas aquí y pensé: "Voy a ir a visitarlo". Me imaginé muchas veces que ya no te volvería a ver.

Platicamos largamente sobre asuntos privados, vivencias metafísicas y cuestiones banales. Las personas importan los mismo dondequiera que estén. Somos los mismos bichos aun nos encontremos en un palacio o en una pocilga. Claro que esto es en teoría. Pues como preguntaba Quevedo: ¿Quién hace al tuerto galán y prudente al sin consejo?: el dinero.

Supuse que la Michel arribó al penal movida, sino por un gesto benevolencia o prodigalidad, tal vez por mero afán de saciar alguna mórbida curiosidad, pero mi especulación andaba errada; tal conjetura no correspondía a la verdad de las cosas. Cada domingo, durante un mes y cacho, ella se apersonó al reclusorio bajo la apariencia de familar muy cercano al procesado número 02ET0009, quizá ostentándose en calidad de hermana o cónyuge. Y era de suponer que de mi parte había aquiescencia tácita. Ni modos de rechazarla y botarla de una patada en el culo (porque yo sabía adónde quería ella llegar). Detrás de su misantropía era obivio que ocultaba un anhelo romántico que respondía a una disimulada exigencia sexual. Parecía no tener otros deberes que ocuparse de mí. Me causó sorpresa que también asistiera los días martes, reservados a las visitas conyugales.



si tú no hubieras venido a mi cama
¿quién desprecia ventura tan alta?




Una guapa muchacha a mi lado, deseosa de enzarzar su cuerpo en mi cuerpo; un corazón golpeado por la tristeza y que se agita de melancolía, Me hice amante de ella por agradecimiento. La exigua carraca donde estaba enjaulado se convierte en capilla de nuestras pasiones venéreas, en un templo de amor. La Michel resulto una bomba de sexo, un dispositivo pasional ingobernable. Cogíamos encima de un catrecito, despreocupados y con una ferocidad de perros callejeros en brama. Poco faltaba para que la frenética máquina folladora se desvielara •








CAPÍTULO 7


NO SOMOS NADA




«Me gustaría, como se dijéramos, que un perro se propusiera
a ser deveras un perro, un perro en todas las cosas»
Lanza, Los dos hidalgos de Verona
Wlliam Shakespeare




Qué locura de vieja; pedirme que la golpeara para alcanzar el orgasmo...







CAPÍTULO 8


LA DOCTORA Y EL ALTER EGO




«perro eres
y en perro te convertirás»
Ricardo Solís





Mientras esperaba que la doctora me atendiera comencé a ojear las revistas que estaban en la mesita de centro de la sala de espera de su consultorio. Interviú, Vanidades, Geomundo, Sabías que...












CAPÍTULO 9


CON FIRULA BAILA EL FIRULAIS




«Puede ser un perro de precio»
Antón Chéjov





La doctora era una siquiatra acreditada que gracias a una beca estudió en una universidad de Londres...
















CAPÍTULO 10


LAS HIJAS DE MUSTAFÁ




«para ladrar has nacido
en este mundo
de pulgas caprichosas»
Ricardo Solís

Cuando caí con la doctora yo andaba cuajado de lana porque durante las vacaciones de verano había estado chambeando con unos mañosos meneando mota de Tepic a Nogales, me dejaba caer dos viajes por sema.










CAPÍTULO 11


LOS BISNIETOS DE MUSTAFÁ




«El perro es un animal delicado»
Antón Chéjov




Mientras iba enfierrado por la carretera en el picucho cargado de pura mota pelirroja, pensaba chingadera y media, los planes que traía en la chompeta. La edad me servía de parote en los retenes de revisión; la troca me daba la fintón de robavacas, había menos pedo. Ah, pero... ¿un cabrón camuflado de chero escuchando al Jimi Hendrix? Como que desentona con la mengambrea. Mejor apago el chillón o meto un teip de los Cadetes...




CAPÍTULO 12


LA SECRE




«Cuando un criado se porta con su amo como un perro, todo va mal»
Lanza, Los dos hidalgos de Verona
William Shakespeare




No entendía porqué la doctora tenía tanta necesidad de dinero; parné que entraba a su bolsillo le partía la madre. Todo el tiempo endeudada y taloneando el villano. ¿Qué hará con la mosca que aperinga?, me preguntaba ...








CAPÍTULO 13


CASCABELEÁNDOLA Y JUGÁNDOLA AL MAGARRE



«¡Ay, miserable perro!; si te hubiera ofrecido un paquete de excrementos
lo habrías olfateado con deleite y quizá devorado»
Charles Baudelaire





Decía que, gracias a la morlaca que le chillé, la secre de la doc me atendía estupendamente; me traía cafecito, corría a alcanzarme cuando alguna cháchara se me olvidaba, me ofrecía algún libro o revista para leer, prendía la telera preguntándome qué programa me gustaría guachar. En fin, la ruca casi me chupaba el pito...












CAPÍTULO 14


POR QUIEN DOBLAN LOS CONDONES




«¡Os voy a enseñar a no dejar perros sueltos!»
Antón Chéjov




La doc ostentaba el "récord" de haberse fletado aproximadamente unos mil ochocientos chichicuilotes por el hachazo del Diablo, sin siquiera haber contraido ni un mugroso papiloma, chancro, purgación o gonorrea. Presumía de una resistencia erótica superior a la de Mesalina. La mayoría de los paliacates se los había aventado a puro rin pelón, es decir sin que los matadores usaran gorrito protector. Bueno, es que eran tiempos en que el sida todavía no rifaba machín como ahora, poquito después que la Lolita de Vladmir Nabokov escandalizó a la moralina de los años cincuenta.

La ruca, desde sus primeros ajetreos putariles, mostró desdén por el enmascarado de látex. Pudiera pensarse que tal osadía enrolaba actitudes cuasiprimitivas o irresponsables, mas sin embargo, se trataba de un asunto de consagración para obtener el máximo placer en la hora de repegar la guácima.

Ella era de la opinión qué coger con condorito era como coger con la ropa encima; y asumía, además, la creencia que una mujer con panocha infuncional representaba una derrota andando. Cochar, para ella, constituía una innata disciplina, a veces corregida y otras veces aumentada.

Leyó Raquel en un periódico una nota escrita a propósito de una de las tantas visitas del Papa a México; lo cual motivó la fabricación de una infinidad de chucherías comerciales que aludían a la persona del ruco, representante de Dios en la Tierra, apareciendo su imagen —por milagro de la mercadotecnia— en estampitas, envases de caguama, bolsas de chicharrones y papitas, etcétera. Pero lo que más le emputó a la doc, fue el hecho de saber que en varias casas de masajes rolaban condones que traían impreso el siguiente anuncio: «Este preservativo incluye bendición papal», y en la parte inferior de los gorritos de marras estaba plasmado el rostro del papiux vaticanae.

Cuando la relativa liberación sexual desbordó sus consecuencias mortíferas nuestra heroína, sacándole al parche —por el riesgo que implica contagiarse de sida— ya no compartió la opinión de que el cochar con gorrito era como coger con las pantaletas puestas. Aunque el Pontifex Maximus y sus apólogos no aceptaron al malvado guante frenador de embarazos y premios de Gomorra •








CAPÍTULO 15


DON CAPULETO, MARCIAL MACIEL Y LA POLICÍA CIBERNÉTICA




«¡Pero no es más que una mezcla de perro callejero y de cerdo!»
Antón Chéjov




Tendría Raquel unos trece o catorce años de edad cuando por vez primera aflojó el cacharro (¡no se asusten, culebras de los cucufatos; para su consuelo señalan las estadísticas que el 30 por ciento de las niñas gabachas —güeras— a los ocho años ya desarrollan sus senos y el vello púbico; las negras de igual edad, y que ya están en edad de merecer, representan el 50%).

—¿A poco a usted, alguna vez, no se le ha antojado el tamalito de una menor edad? —le pregunta don Casmurro a don Capuleto.
—¡Qué paso!, ¡no ofenda! —respinga el ruco como un zorrocloco tragasantos.
—¡Ah, lo niega, cabrón! —le replica su patrón a don Capuleto—. Ha de ser usted puñal; solamente los jotos y los mayates no han fantaseado que se ponchan a una chamaquita. ¡No sea pendejo!, precisamente son las menores las primeras que reciben toletazos, y a quienes más fácilmente se les engaña. ¿Qué no se acuerda del Sergio Andrade? Al pinchi pedófilo, sátiro ése, solamente le gustaba tronar esfínteres nuevos.
— ¿Abusó de esas pobres niñas el desgraciado?
—¡Quéééé si abusóóóó!, a cada una le hizo un chilpayate.
—Por eso yo he decidido enviar a mi hija Raquel a un internado para señoritas.
—¡Uuuuuuu!, pues qué maje está usted, don. La va a poner en las fauces del lobo. Buen regalo le va mandar. Los mentores religiosos son los primeros que le dan cran a las jainitas. Y todavía los cabrones le bajan a usted una feria por cogerse a su hija. ¡Ande, mándela, cabrón! Al cabo las niñas más tranquilas e imaginativas son las más propensas a rendirse a la lujuría de los saturninos. Y que lo diga Lewis Carroll, el autor de Alicia en e país de las maravillas.
—Ahora comprendo porqué un poeta a menudo repetía que el cielo y el infierno los hacemos nosotros aquí mismo, en esta sucursal del paraíso, y con nuestros actos.

Un impalpable ejemplo de la doble moral, creencia filistea que ve en la posición del 69 la marca de la bestia, sirviéndose de los sabuesos on line cobrándole cheque a la decadente moral de la sociedad moderna, amparados en un mojigato discurso retorcido.


Apareció publicado en el imprimátur del gobierno neopanista tricolor este atrabiliario mensaje, pintarrajeado con los misma brocha que antaño usó la inquisicion:



¿QUÉ SERÍAS HOY
SI TE HUBIERAN
RAPTADO Y
PROSTITUIDO
A LOS 7 AÑOS?



Esta es la amenaza que viven muchos niños en nuestro país
y no vamos a permitirlo.
Por eso hemos creado la nueva Policía Cibernética
para prevenir el tráfico de menores, la pornografía
infantil, la explotación y abuso de niños.
LOS NIÑOS MERECEN LA MEJOR POLICÍA DEL MUNDO


SECRETARÍA DE SEGURIDAD PÚBLICA POLICÍA FEDERAL PREVENTIVA







Para todo hay consuelo, siempre que sean promesas que no se cumplan. La internet como lugar de perdición, delito y pecado. El pornófilo y voyerista cibernético, engendros de la relación marital entre una madre jipi y un padre yupi, encarnan las fuerzas del mal.

El desgobierno nos habla como una madre compasiva; pero ¿en verdad la ultraderecha y los conservadores creen y profesan lo que proclaman?
Detrás de esta publicidad, atalayita para embaucar el superyó de la masa política clientelar, se trasluce la propaganda de la Legión, del Yunque, del sinarquismo, de los Tecos, del Muro, de Provida y de otros remanentes cristeros. Fuera de esa parafernalia de circo mediático no hay nada. Simplemente es un espot publicitario de maniqueísmo barato e igual de asqueroso que las acciones pederastas contra las que cacarea, y que transita por las mismas vías que utiliza la mercachiflería de los anuncios de cheve, cigarros, espectáculos frívolos y estupidizantes, cuyo gancho sicológico que utiliza para vender sus productos es precisamente el tema de la sexualidad.

Y el enemigo a vencer, obviamente, es impersonal, porque si al asunto se le raspara en serio el primer sátiro que saldría a relucir sería el padrino de la señora que conforma la pareja presidencial, o sea el padrecito Marcial Maciel.
Antes de proseguir con las peripecias de la Raquel, no está de más apuntalar que el repugnante Maciel, meneador de los Legionarios de Cristo y rompedor de culos infantiles, violó a cuanto chamaco se ponía enfrente.


He aquí el testimonio de un exlegionario, requeteviolado sexualmente por el cochino viejo morfinómano:

«"No hables de mi 'enfermedad' ni con el padre Rafael Arumí ni con el padre Antonio Lagoa" (únicos sacerdotes residentes), me dijo Maciel después de manipular por primera vez la sacralidad de cuerpo adolescente. Era ya la primavera romana y, no lejos de la enfermería a obscuras (recinto mayor del daño individualizado, pero general y continuado), contra el más limpio cielo azul empezaba a florecer un almendro. Luego lo comprendimos: al maren de Nietzsche, en un nuevo retorno, Dionisos quería ocultar su irrefrenada lascivia tas la perfecta normatividad apolinia de la espiritualidad colectiva. ¿Para qué forzarse por ser virtuoso de veras, si con simular serlo —todo "como si"—, en este mundo de apariencias, con técnicas ventajosas de sometimiento, dadas ciertas yuxtaposiciones bien escogidas, y bajo un poderoso sistema de encubrimiento, pueden lograrse creíbles resultados espectaculares, sobre todo a sabiendas de que "no hay museo para las malas acciones"? (¡Cuánto tendría que decir aquí Vladimir Jankélévitch [La mala conciencia],si lo invitáramos!). Indudablemente Marcial Maciel tampoco imaginó nunca que un día lo analizaríamos con pensamiento propio y también a la luz de ciertas interpretaciones de Henri Baruk» [José Barba Martín, Las razones del silencio, La Jornada Semanal, # 495, 29 de agosto de 2004].

Escribió Naief Yehya, refiriéndose a la corporación de chotas y censores de la era digital, empeñados en restaurar tradición represiva, cuyos alarifes en cuanto se espantan si acaso algún osado cibernauta se encuera, se zangolotea los tanates, se rasca una chichi o confiesa sus pasiones lúbricas, de volada le avientan a la «policía del pensamiento», a la «legión de censores» que «se dedica hoy a perseguir el deseo enarbolando su nueva causa célebre: la lucha contra la pornogafía infantil y la pedofilia. Si bien éstos son crímenes reales que deben ser perseguidos, la nueva cruzada de los cyberpolicías del eros está llevando a la red una nueva era victoriana de represión, paranoia y humillaciones públicas».



¿Porqué no me hablas de tu infancia?
mi pebeta
acuérdate que este viejo
alguna vez fue un niño como tú
en eso nos parecemos,
¡ven acercate!
quiero que seas para mí
una hija putativa
niña-amante-nieta •
Los versos del capitán pedófilo, Canto XXIV



Lo que ignoraba el pobre de don Capuleto es que el cuerpo de su hija Raquel ya era un campo de batalla de cogelones y gamberros. El ruco, o se hacía el maje, o se pasaba de ingenuo.








CAPÍTULO 16


LA PRIMERA COMUNIÓN



«¿Qué fisionomista adivina un carácter tan rápidamente
como un perro sabe si un desconocido le es favorable o adverso?»
Honorato de Balzac




¡Ah!, decíamos que el bueno que le tronó el ejote a la Raquel fue un batillo de su colonia al que le apodaban el Tintán; cinco años mayor que la ruca. Camellaba de mecánico el güey. Bueno, ni tan güey, pues el gandaya la jugaba al lidercillo de la col; y no está de más decir que el bato se chacalió a la bravota con la jaina. Punto locochón, le tronó el ejote a güevo; la subió a una ranfla y se la llevó a terreno para darle kíler.

—Sino quieres que te ponga unos madrazos me vas a aflojar esa madre —le dijo a Raquel, mientras ella gritaba que no le hiciera daño.
—¿Cuál madre? —Contestó Raquel, toda sacada de onda. Y que el bato suelta entonces una carcajada:
—¡Jajajá! —Sin aclararle a qué se refería comenzó a meterle mano a la morra.
—¡Ay, babosa! qué buen culo tienes. Desde la primera vez que te guaché no pude quitarme el antojo. Es que estás bien buenota, pendeja.

Raquel, impresionada y sin saber qué hacer, sólo alcanzó a decir:
—¡No, por favor, no me hagas nada! —Y el cínico todavía le responde, burlándose de la súplica—:
—Sí, mamacita. No te voy a hacer nada... pero en el hueso —le respondió de cura, soltando otra carcajada, al tiempo que procedió a desvestirla.
—¡Ay, güey, qué nalgotas te cargas, cabrona! Ahora sí me voy a dar las tres contigo.

La recuesta en el asiento del carro, una vez que le quita la ropa.

—¡Acomódate, te voy meter la verga!
—¡Por favor, no lo haga! ¡Soy virgen, nuca he estado con nadie!
—Pues ya se te apareció Juan Diego, mamacita. Y siendo que eres cherry, pues menos te me escapas. Te la vas a comer toda. Es más, antes de metértela te voy mamar la pepa pa que esté mojadita y no te duela. Veras qué sabrosa chupada de culo te voy dar.

El Tintán se tumba la camiseta y, en chinga, se baja los tramados y los chones, enseguida hace lo mismo con Raquel, la tira bruscamente en el asiento trasero de la tartana, le abre las piernas y hunde su rostro en en el bajo vientre de de chamaca. Empieza a mover la lengua como víbora enloquecida y, jadeando de placer lujurioso, le arrima y le arrima sendos lengüetazos como si la estuviera barnizando a brochazos violentos; le lambió, le restrego y le chupeteó cada centímetro de la entrepierna; las babas del güey se resbalaban en la piel del pimpollito.
Una vez que terminó de explorar la cuquita de la jaina, que ya ni sabía ni qué hacer ni podía emitir palabra alguna, el Tintan guacha el relingo que se va a dejar cayetano; andaba ya con la verdolaga bien parada, la traía tiesa como quijada de difunto; pues viendo a la morra bichi se dió tinta de que estaba más buenera de lo que él se la había imaginado; inocentemente sensual, de cinturita estrecha, dotada de un precioso busto y con unas nalgas aterciopeladas.

El batillo se hinca y se coloca en medio de las piernas de Raquel, desperado está por metérsela; ella intenta quitárselo de encima, pero él le pega una cachetada guajolotera para bajarle lo rejega.

Con el putazo la ruca ya no opone resistencia ni hace intentos por zafarse •








CAPÍTULO 17


EL ÁNGEL SE CONVIERTE EN DEMONIO




«Son iguales, pensé. Dos perros»
Los jefes, Mario Vargas Llosa




El Tintan se tumba sobre su víctima, sujetándola de las muñecas. Entre llantos, dolor y gritos se la deja irineo, queda nomás los güevos afuera de la pucha. El palo duro como viente minutos. El matarife notó que la pollita también la estaba gozando de lo lindo; se movía al ritmo del ejecutador.

—Y tú que no te la querías tragar —le dijo, entre risas, a la morra.

La jaina no dijo nada, estaba retociéndose de placer, tenía los ojitos en blanco y muecas de satisfacción se le dibujaban en el rostro. Pero sucedió lo inevitable, la verga del Tintan comenzó a escupir esperma.

Cuando el cabrón acabó de vaciarse, le dijo a Raquel:

—Ahora sí, ya eres toda una putita.

Hipostasiada por el placer que acaba de descubrir, el miedo y la resignación pasiva se convierten en tensiones orgásmicas que le provocan descargas eléctricas-sexuales que la sacuden como si la invadieran ataques epilépticos. Estaba ya supeditada a la voluntad de los deseos sexuales y reclamaba ahora su derecho a disfrutar aquella aventura sexual aprisionando la reata del Tintan con su bizcocho recien estrenado.

Esa noche que el rudo malandrín le clavó la pinga, la morra se hacía adicta al sexo. La lujuriosa faena sólo fue el preámbulo de lo que continuaría. El Tintan, además de exhausto, estaba sorprendido, pues nunca espero que Raquel reaccionaría de la manera en que lo hizo.

Y así fue como en sus años de chamaquez, la doc quedó sometida a la las visicitudes coyunturales de la pirujez que le fue inculcada (o develada) por el mentado Tintan, quien por cierto, se sacó la lotería con el jamón que le aflojó la chamaca. Se relamía de gusto los bigotes de perro atolero cada vez que recordaba los momentos en que ponía a Raquel de a perrito.

La curiosa coincidencia en el asunto fue que el batillo antes de chingarse a la jaina, jamás de los jamases había probado una chutama femenina. Su niñez y casi toda su adolescencia las vivió en un rancho, cerca de Sahuaripa, Sonora; por su aislamiento e ignorancia, viendo fornicar animales en la sierra, cuando se le calentó la hormona, harto de tanta chaqueta, sin saber qué jodidos hacer con su primigenia excitación sexual, no tuvo más remedio que consolarse con las gallinas, chivas y burras de sus abuelos. Así que después de esas aventuras y maniacadas zoofílicas, la primera morra a la que pasó por sus armas fue la (des)afortunada Raquel; a quien le estuvo rajando leña hasta que ella y su familia se fueron a cantonear a una colonia nais •








CAPÍTULO 18


CUANDO SE ARRUGA PANCHO



«La voz del Can
hace cosquillas
eriza la epidermis»
Ricardo Solís




A los 23 años de edad, recién egresada de la prestigiosa universidad donde estudió la carrera de siquiatría, Raquel contrajó matrimonio con uno de sus colegas. Nada le dijo a su marido acerca de los chorrocientos amantes que había tenido. Para qué, prefirió guardarse el secreto; puesto que el esposo era un supermacho sin la mínima educación en cuestiones de sexualidad, además de un patético eyaculador prematuro que no perdía el tiempo en cachondeos.

—Somos un matrimonio perfecto —decía a sus amigos el pobre babosete—. A mí vieja la hago venirse hasta cuatro veces todos los días.

La verdad era otra; cada que el marido de Raquel se disponía a playarla, apenas en cuanto se despopjaba de los choninos empezaba a soltar la leche. La ruca, mejor ni protestaba; nada ganaría con pegar de gritos. Prefería desfogar los ardores con una varipinta fauna de amantes que tenía registrados en su nómina cachondera. Muchos matadores desfilaron por sus carnes. Cuando el marido se dio color que la doc le tupía duro con cuanto cabrón le ajeraba, el resultado fue el divorcio. Ardido el exmarido la empezó a chotear de vieja fofa.

—Está bien guanga la cabrona, por eso la dejé —gritaba el güey a los cuatro vientos—. No sentía nada cuando se la metía; pinche vieja, tiene la panocha bien aguada.

Además, el bato recriminaba el hecho de que su exmujer casi no tenía pelos en la panocha; decía que se le habían caído de tanto cochar con otros güeyes.

—Cuando la conocí tenía el pubis tupido de vellos la cabrona. Hasta le dije que la maliciara poniéndose pelambrera artificial.

Acongojada y enciscada por tales vituperios, Raquel le escribe una carta a una amiga, pidiéndole algún consejo al respecto.

—Ni que los putos huevos de ese cabrón fueran dos pepitas de oro —le contestó la amiga—. Lo que debes hacer es olvidarte de ese pendejo, amiga. Ya llegará a tu corral un gallo al que sí le gusten la vaginas fofas.

Ahora, de lo que me comentas en tu carta que cuanto hombre se te insinúa te olvidas de tu esposo y acabas te vas a la cama con el fulano que te pide las nalgas, si eso te hace feliz no te mortifiques ni te compliques la existencia, gorda. Dale vuelo a la hilacha que solamente se vive una vez. ¿Qué culpa tienes tú que tu marido sea un sempiterno pendejo de huevitos tibios y tú, una fogosa? Yo siempre te dije que no eres mujer para un sólo hombre; tu esposo ya lo sabía y lo aceptó, ¿porqué hasta ahora salió con esos estúpidos reparos? Lo único que yo puedo aconsejarte para bien tuyo es que lo mandes mucho a chingar a su madre. Ojalá que pronto encuentres a alguien que te desfleme como lo mereces.

Años más tarde, Raquel se casa con un ruquito madurito al que se andaba calentado el animalito. Un inocente y despistado viejillo, cargado de marmaja, que le tripleteaba la edad •









CAPÍTULO 19


ATRAPADO EN LA TELARAÑA



«¿qué puede uno hacer cuando
una perra en celo aplasta su
coño contra uno»
Henry Miller




Concertada la cita, la doctora y yo acordamos la hora que nos veríamos en el Bloqui Oh. Con la puntualidad de un británico, a las diez en punto de la larache nos topamos en la entrada de la discoteca. Le dije a la doctora que antes de tomar algo primero cenáramos. Una vez en el antro comenzamos a beber y llegó el momento en que las copas se excedieron; las horas pasaron sin que nos diéramos cuenta. Ya medios sarazones y como a eso de las tres de la baraña decidimos abandonar el tugurio. Ella me dijo que me llevaría al hotel...












CAPÍTULO 20



LA MEJOR ESPOSA ES LA AJENA




«A mi puerta te arrastrabas,
me ladrabas y me aullabas
para lograr mi querer»
Paquita la del Barrio





Muy pronto la doctora comenzó a desatender no solamente al marido sino también su consultorio. Se entendió bien conmigo; parecíamos pichoncitos rebosando de amor. Era una esponja para chuparse mi dinero, se estaba dando las tres con mi firula. Yo había rentado una caja de seguridad en el aeropuerto y allí metí el parné. Únicamente dispuse de diez mil bolas, el resto lo clavé. Yo fui muy obsequioso con la ruca, jamás le caciquié un peni; ella hasta las lagañas me quitaba al despertar por las mañanas. De mi siquiatra pasó a ser la sirvienta; creo también la chacha mejor pagada.

















CAPÍTULO 21


PIRUJEANDO EN LA TiJUANITA DE HERMOSO



«A menudo los perros recorren en vano los bosques y montañas»
Ovidio




Agotado el último cuero de rana que llevaba en mi maleta, la doc apuesta en las cartas y en la ruleta, casa, consultorio y carro. Se mudará a un cuchitril ubicado en la calle No Reelección, que funciona como casa de huéspedes para universitarios pobres. No habrá colegas que se interesen por echarle la mano. La imponente y avasalladora fémina ingresará al ejercito de pirujas que alquilan sus vulvas en el parque Juárez. Primero lo hará en secreto y luego se destapará como daifa ribasalsera...













CAPÍTULO 22


UNA RELACIÓN KLEENEX




«Fuiste perro traicionero,
pues mordiste aquella mano
que te daba de comer»
Paquita la del Barrio






Todavía guardo en mi mente la imagen de su rostro seductor, su belleza desnuda; ese cuerpo maduro y divino, la cintura de avispa, senos grandes y parados, torneadas piernas y nalgas extraordinarias. Todo un arsenal casi divino, expuesto a la intemperie de los ojos de un mozalbete de 17 años. Al entrar en contacto mi piel con su piel, la sangre se encendía; fuego que hervía en las venas. Pero el embeleso no iba durar mucho...

















CAPÍTULO 23


UNOS ALIPUSES EN EL CECUT CHIQUITO





«que me perdone tu perro
por compararlo contigo»
Paquita la del Barrio





En la placa externa del local se anuncia el nombre «Aguas de Neptuno»; es la denominación comercial de una cantina a la que solíamos ir, mínimo una vez cada mes, algunos compas y yo, a soplarnos unos alipuses. Aterrizábamos al chupadero de marras regularmente a las siete de la tarde, y a eso de las doce de la noche, cuando la sobriedad ya estorbaba, revolviéndose entre burócratas, morraleros, yupis y borrachines comunes, arribaban al lugar algunas pequeñas glorias literarias de la frontera norte. Por ello, me acuerdo que a ese bar lo habían bautizado con el mote del «Cecut chiquito». Una foto de la Doña, o sea la María Félix, pegada en la puerta de un baño, indicaba a los clientes el mingitorio para las madmuaselas; en el de hombres colgaba la imagen del Jim Morrison. Qué contraste.

—Una jaina que quise un chinguero, era del mismo pueblucho donde nació la María Félix. La morrilla, por anecdotas que su abuela le contaba, le sabía dos tres pedos muy escabrosos a su paisana.
—¿A poco? —inquiere el «Cara el pistolita», un batillo mecánico que riborió el motor de mi ranfla, y que convidé unas birrias al terminar su jale.
—Neta, carnal. Pedos gruesos de la Doña; no creas que pendejaditas como las que escribió el jotete del Carlos Monsváis, o el otro.... —el bato me interrumpe—:
—¡Ese pinche joto me cae en la punta de la macana!
—¡Ah!, ¿lo tripeas al güey?
—¡Como ño! Tiro por viaje aparece en la telera diciendo puras mamadas, en el programa del López Dóriga. ¡Oh!, perdón, bato, te corte la onda. ¿En qué ibas?
—Ummm... Que igual al otro güey, el putete sobrino del Avila Camacho. Dice este lépero farandulero que la María Félix, de chamaca, le ponía Jorge al niño con su carnal.
—¡Uuuuy!, ¡qué pesada la ruca! Se playaba a su bróder.
—Sí, y que... por andar de incestuosa, su jefe le dio flais del cantón.
—¡Por maniacona!
—Este churro lo soltó uno de esos güeyes chapuceros; no pasan de confidencias o enjabonaditas que se dan por encimita; murmuraciones de sirvientas para entretener ocios. La morra que fue mi novia era oriunda de Alamos y me platicaba unas historias que no te imaginas... crónicas de primera mano acerca de la Doña.

El Cara de pistolita, bajo la influencia de la aguas etílicas, escuchaba atento el discurso de su interlocutor, y como tiene fama de parrandero y aficionado a la jarra, pues en la cantina se siente como pez en la guara. Guardando silencio la mayor parte del tiempo, más dispuesto a contemplar personajes y tópicos del lugar que, como en la mayoría de las tabernas, se olfateaba el olor a aserrín y Pinol.

—Guacha, compa —le dice su informante al mecánico, mientras saca un librito de una de las bolsas de su chamarra y comienza a hojerlo, tratando de localizar una página en específico—. Aquí está. Te voy a leer este dato que el autor de este libro —Museo Nacional de horrores, de Nikito Nipongo— escribió con relación a la María Félix.
—A ver, escupe, Lupe.
—Narra el autor del libro que un tal Mario Méndez le platicó lo que a éste le contó un fulano de nombre Joselito Rodríguez. Escucha lo que dijo el tal Méndez:

«Acompañó —el Joselito Rodríguez— una vez en su coche a Pedro Infante. Llegaron a la casa de la Félix cuando de ella salía Jorge Negrete, en auto con chofer. "Voy a cogerme a María", le anunció Pedro Infante a su compañero cuando se apaeaba. Joselito se escandalizó: "¡Oye, espera!". Pedro Infante no le hizo caso, entró en la casa, permaneció ahí un buen rato... y que regresa el auto con chofer y con Jorge Negrete adentro. Bajó, se metió en la casa por una puerta y por otra se dejó ver Pedro Infante, que muy tranqulo se dirigió al coche de Joselito. "Listo", afirmó, "ya podemos irnos". Y se fueron».

—¡Qué cabrones! ¡Quién lo hubiera dicho que así se las gastaba Pepe el Toro, y con la ruca esa! —impresionado, acota el «Cara de pistolita».

Un ruco de pelo canoso en abundancia, dotado de un cierto carisma de animador bohemio, retozando jovialidad, pese a que ya ronda arribita de los 60 abriles, jala un banquillo de la barra y lo coloca en el centro del area, cuyo derredor se encuentran sitiadas las mesas que ocupan los libadores, depredadores de pomos que, entre charla, barullo y risas, también se beben la vida; alegría, nostalgia, coraje, penas, ensoñaciones, esperanzas y demás estados del alma y de la existencia.
La raza asidua a este lugar, ya lo tiene plaqueado como el orador oficial. Le apodan el Majo, por que en ocasiones le dar sesear como los gachupas o los nacos mamones que, después de una estancia de veinte días en los madriles, andan tirando caada de europeos, hablando con acento ibérico (un caso patético puede localizarse en la tozudez cretina del pendejo ese futbolista, el Hugo Sánchez).
El majo es el superestar del CECUTITO, y el atributo se lo ha ganado a pulso. Chequen porqué se vale como el más macizo en cuestiones de la disertación arrabalera o de purismo estético.

Escuchemos enseguida sus divagaciones perrunas.











CAPÍTULO 24


EL BAILE DEL PERRITO



«Es de perros cambiar de opinión»
Ricardo Solís




El Majo, acomodado en el centro del tabernáculo, afinando cuerdas vocales o bucales (según sea el caso), descarga sobre sus receptores el discurso que la medianía de su ingenio le permite. No sabe ni cómo ni de dónde le viene.

—Más de uno preguntará ¿qué es un perrito?, ¿en qué consiste? Muchos alegarán: "Yo sí que es el perrito." Pero estoy seguro que la mayoría tiene una concepción errónea; y es que regularmente lo confunden con la posición sexual también conocida con ese nombre. Aclaremos que el aludido, nada tiene que ver con la posición sexual mencionada, conocida como doggy style. Son dos cosas distintas identificadas con un mismo nombre, mas no se corresponden, pero sí se complementan.
El perrito, del cual hago mención, cuando uno lo descubre puede representar un peligro. ¿Qué quiero decir con esto? Sencillamente que si equis varón realiza el acto sexual con una mujer que tenga perrito, el men experimentará un deleite soberbio y un placer ennoblecedor que no se conoce en el universo. Y no es guasa lo que afirmo, encontrarse en el catre con una mujer dueña de un perrito, es una entelequia caída del cielo, una verdadera magnificencia; sientes que vuelas del placer. Al terminar quedas en un estado de relajamiento sensacional y satisfacción de bienestar sin parangón alguno. Y a causa de ello, uno se engolosina con el sexo; y, ay de aquel pobre individuo que carezca de control en sus instintos, pues se convertirá en un explorador de nalgas, en un vicioso del culo; lo que podría traerle consecuencias patológicas por su adicción a las panochas (príapismo).
Pero, ¿dónde está el perro? ¿En qué lugar tiene su guarida? El perrito en sí, mora en la vagina. Pero no se crea que reviste la fisonomía del canino que conocemos; el perrito se presenta en las cavidades de la vagina; es el músculo y la elasticidad de sus paredes, anterior y posterior; y que son tan flexibles que pueden llegar a tener contacto cuando el conducto vaginal no está ocupado, es decir no hay introducción del pene.
La mujer que desarrolla la aptitud de ejercitar el músculo de las paredes mediante contracciones, al ser penetrada suele ser capaz no solamente sacar hasta la última gota de esperma de las bolas de un hombre sino chuparle hasta tuétano.
Durante el acto sexual, el trabajo del perro consiste en ceñir y estrujar el pene como si lo estuviera mordiendo.

El finaliza con estas palabras:

—Creo haber dicho los suficiente, pero si alguno de ustedes tiene dudas u objeciones que interponer, que hable; yo le responderé.

Nadie revira. Aplausos.

—¿Que te pareció, bato?
—De aquellas, canal. Se la sacó ruco. Chido; se discutió •



CONTINUARÁ






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